«¡Váleme, Señora, que si te dignas hacerlo, en este lugar te labraré una capilla, en la que a tus pies depositaré como ofrenda, el pendón que a los enemigos de España y de nuestra Santa Fe conquiste!» imploró Fernando III ante las dificultades que encontraría al tomar la capital hispalense. Dieciséis meses después, el rey San Fernando entraría victorioso en Sevilla y, como fruto de su compromiso, en el Cerro del Cuarto construiría una ermita de estilo mudéjar en la que colocaría la imagen de una Virgen que en recuerdo a su plegaria denominaría «de Valme».

Así comienza la historia de uno de los símbolos del barrio de Bellavista. Un monumento que sería donado a la ciudad de Sevilla por el mismísimo rey pero que luego pasarían a manos de Leonor de Stúñiga quien se lo vendería a Juan Ponce de León. En 1434 el juez Rodríguez Ayllón declararía este territorio abierto y de pasto común. A partir de entonces la ermita quedó al cuidado de los labradores de los alrededores pero, como era de preveer, poco a poco fue cayendo en la ruína.

Sería entonces la publicación en 1836 de la novela «la familia Alvareda» de Fernán Caballero, cuyas primeras páginas están ambientadas en el lugar donde se encontraban las ruinas de la ermita de Valme, la que incitaría a los duques de Montpensier a interesarse por la rehabilitación de la misma.

Una placa conmemorativa confirma el interés de los Montpensier y el compromiso con la restauración de la misma: «en este lugar edificó el rey Fernando III una capilla a la Virgen que, con la voz de Valme invocó en la toma de Sevilla el año 1248. Destruida por el tiempo ha sido reedificada para gloria del país y honra de sus egregios ascendientes por sus Altezas Reales los Serenísimos Señores Infantes Doña Luisa Fernanda de Borbón y Don Antonio María de Orleans, en 1859». Según parece el arquitecto de la restauración sería Balbino Marrón, quien ya había trabajado para los duques de Montpensier.

Desde este momento la actividad de la zona se relanzaría y poco a poco irían creándose núcleos poblacionales que con los años y cargados de circunstancias que no se pueden ignorar, acabarían formando lo que hoy conocemos como Bellavista o, como se llamaba cuando Fernando III llegó: Buenavista.

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