Transitar desde el Paseo de las Delicias al de La Palmera es siempre una experiencia exclusiva, por su longitud y dimensiones, más propias de las de las macrourbes; por encontrarse ante una de las millas de oro de Sevilla, con algunas de sus viviendas más caras y, sobre todo, por poder impregnarse del legado de la Exposición Iberoamericana.

Sin embargo, y a este respecto, parece como si existiera un límite no oficial a la altura de la avenida de Moliní, como si fueran los de Colombia y México los últimos pabellones aún en pie de la herencia de primeros de siglo.

En cambio, si se continúa la marcha, y a una distancia equiparable a la del citado cruce y el Pabellón de Argentina, pero en dirección Sur, se puede encontrar otro vistoso pabellón de estilo neocolonial: el de Cuba.

Semioculto entre la exuberante vegetación del Paseo, como si de una casa particular se tratase, se alza este edificio obra de los prestigiosos arquitectos Evelio Govantes y Félix Cabarrocas, del que enseguida llama la atención el majestuoso balcón con tejaroz y columnas salomónicas en madera de caoba.

Ese es el elemento definitorio de esta construcción, que cede la función de sujeción en la fachada a la piedra (de Jaimanita), pero que se encuentra en multitud de estancias del interior, ya sea en forma de artesonado (en la zona mirador) o en el propio material de la escalera que conecta las plantas.

A decir verdad, ya en la Exposición Iberoamericana el Pabellón de Cuba, junto al «contiguo» de Santo Domingo (que aún se conserva) y el Palacio de la Agricultura o Pabellón del Aceite marcaban el final de los contenidos expositivos en la avenida, entonces de la Reina Victoria. Tan sólo faltaba el estadio, y en torno a Reina Mercedes, la Plaza de Los Conquistadores con los pabellones regionales.

Semioculto entre la vegetación del Paseo de La Palmera se encuentra el Pabellón de Cuba de 1929 / Fran Piñero

Semioculto entre la vegetación del Paseo de La Palmera se encuentra el Pabellón de Cuba de 1929 / Fran Piñero

Tampoco confirmó la nación su presencia con demasiada celeridad (septiembre de 1926), del mismo modo que el presupuesto era limitado, con 160.000 pesos. El fantasma del 98 se mantenía.

Salvando las distancias y los valores de cotización con casi un siglo de diferencia, ese presupuesto se traduciría en 24.292 pesetas, de seguir existiendo hoy en día.

Lo cual no impidió gestar un pabellón de mérito, que en su momento contó con un auditorio y dependencias dedicadas a los productos de la tierra, como los perfumes y jabones, el tabaco y el ron de caña.

En la zona superior, además, había arena de la playa de Porto Santo, lugar del primer desembarco de Cristóbal Colón y donde tuvo una casa. Todo según la tradición.

Los grandes conocedores de la arquitectura cubana situarán en la antigua Casa de Gobierno de La Habana el referente del acceso principal, porticado y con varios arcos de medio punto. Por su parte, El sentido común establecerá conexiones con el estilo ornamental canario, del que beben muchos edificios de Cuba, incluso vínculos con las casas palacio hispalenses.

El declive y renacer

Al igual que sucediera con la otra gran muestra internacional sevillana, a la que el país latino concurrió con una sede de estilo bien distinto, la mayoría de los pabellones del 29 no fueron creados para un largo recorrido, a pesar de la solidez aparente.

Por ejemplo el caso que nos ocupa, que tras décadas siendo propiedad del Consulado cubano y posteriormente cedido al Ayuntamiento de Sevilla, precisó de una intensa puesta a punto dada su continuada falta de mantenimiento.

Porche del Pabellón cubano, inspirado en la Casa del Gobierno de La Habana y realizado en piedra Jaimanita / Fran Piñero

Porche del Pabellón cubano, inspirado en la Casa del Gobierno de La Habana y realizado en piedra Jaimanita / Fran Piñero

Así, en 1983, el arquitecto sevillano Francisco Torres Martínez remodeló y amplió el Pabellón, configurado ya como sede del Patronato Municipal de Vivienda, luego Emvisesa. Lo amplió recuperando el desaparecido edificio auxiliar que se encontraba en la trasera durante la exposición, demolido poco después. Dos bloques ahora conectados por pasarela.

90 millones de pesetas se destinaron a tal fin, de los que veinticinco sufragaron la reparación de las emblemáticas maderas, de caoba y también cedro del Líbano y pino de Flandes, en menor medida.

El artífice de la obra ya explicó al diario ABC que el pabellón «obedece a un esquema clásico de villa, con precedentes en la tipología palladiana y ejemplos similares en muchos edificios, como el central del conjunto de la Casita del Príncipe en El Escorial», como muestra de su profundo análisis de la construcción.

El Pabellón de Cuba en la Exposición

El Pabellón de Cuba en la Exposición

Tanto fue así que, de cara a la Expo 92, este trabajo de reforma y ampliación fue considerado como uno de los 120 más representativos y completos que se habían realizado en España entre 1980 y 1990.

La elección fue deliberada por la máxima «autoridad» en la materia, el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos del país, que incluyó diez proyectos sevillanos en el total.

También con motivo de la Exposición Universal de fin de siglo, el Pabellón de Cuba fue uno de los protagonistas de una peculiar exposición filatélica, «Rumbo al 92», en la que los edificios más emblemáticos ilustraban sellos-valores de correo terrestre y aéreo.

El pabellón en cuestión tenía un valor de 40 céntimos, al igual que el de México, mientras que el de Portugal era de 4 pesetas, o 5 céntimos el de Venezuela. Se trataban de los bocetos originales no adoptados en la serie Pro Unión Iberoamericana, de 1930, recopilados por el filatélico José Cartelle.

Mientras se preparaba la Expo, el Pabellón de Cuba cambiaba de dueño, pasando a ser la Delegación de Gobernación la nueva dueña en junio de 1990.

Actualmente es la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo de la Junta de Andalucía la que dispone del desconocido edificio, que parece lucir en un entorno tan apacible como el estilo de vida del trópico.