Una vez celebrado el centenario del Parque de María Luisa, ya como espacio público de Sevilla y, más concretamente, como zona verde de la Exposición de 1929, y poco tiempo después de cumplirse los 85 años de la clausura del evento, cabe recordar otras infraestructuras que, igualmente «creadas» ex profeso, hoy gozan del más absoluto olvido. Es el caso del puente de Alfonso XIII.

La Exposición Iberoamericana fue un acontecimiento que impulsó el crecimiento de Sevilla. De esta forma, no sólo se levantaron multitud de valiosos pabellones y se urbanizó una amplia zona del sector Sur, en los barrios de La Palmera y Heliópolis, también generó la construcción de puentes que comunicasen ambas márgenes del Guadalquivir, no sólo para el desplazamiento de peatones y automóviles, sino también para ferrocarriles, permitiendo siempre el acceso fluvial de grandes buques.

Proceso de obras del Puente de Alfonso XIII en 1920

Proceso de obras del Puente de Alfonso XIII en 1920

De esta forma surge el puente que, más conocido como el «de Hierro», recibió el nombre oficial de Alfonso XIII. Realmente, el tramo de aguas que salvaba era conocido como Canal de Alfonso XIII, creado en 1918 para evitar las habituales inundaciones del Guadalquivir.

Un gran homenaje a un monarca que se mostró muy implicado en la obra fluvial de la Corta de Tablada y en el desarrollo de la propia Exposición Iberoamericana.

Precisamente fue el Rey el encargado de inaugurar, el 26 de abril de 1926, esta importante obra de ingeniería realizada por la metalúrgica barcelonesa Maquinista Terrestre y Marítima (MTM), bajo diseño de José Delgado Brackembury.  Fue el primer puente móvil, abatible, de la ciudad de Sevilla.

Boceto para portada de Feria / Asoc. Planuente

Boceto para portada de Feria / Asoc. Planuente

Curiosamente, si la Exposición Iberoamericana fue el germen de este puente, otra exposición, la del 92, supondría su fin. O al menos el inicio del mismo. Tras quedar obsoleto por las nuevas necesidades de la ciudad, la infraestructura quedó inutilizada, cerrada. Paradójicamente, siempre abierta. Es la última imagen que se recuerda del puente sobre el Guadalquivir, hasta que fue retirado en 1997.

Paralelamente al aciago destino del puente surge una asociación, «Planuente», que intenta por todos los medios mantener la presencia de la estructura y darle funcionalidad, ya fuese en su enclave original o en otro igualmente oportuno. Por ejemplo en San Jerónimo, donde se planteó emplearlo como pasarela peatonal.

Su interés por dignificar la historia de esta construcción se aprecia en el boceto de portada de Feria que presentaron en repetidas ocasiones con el puente de Alfonso XIII como motivo central.

Aunque curiosa, la relación no es descabellada, pues desde que el Real se trasladase a Los Remedios, en 1973, el puente de Alfonso XIII se convirtió en tradicional acceso peatonal al recinto ferial.

Las cigüeñas anidan en el Puente de Alfonso XIII

Las cigüeñas anidan en el Puente de Alfonso XIII

Finalmente, tras casi una década despiezado en el muelle de las delicias, y sin concretarse el proyecto de San Jerónimo, el puente de Alfonso XIII se colocó a la espalda de la avenida de la Raza, en el tramo del Puerto de Sevilla conocido como muelle de Batán, donde «yace» desde agosto de 2003.

El esplendor de antaño ya no se atisba. El clásico puente móvil es hoy estable nido de cigüeñas. En multitud de culturas, este ave simboliza un futuro prometedor, un buen augurio. San Isidoro de Sevilla hablaba de ellas como «heraldo de primavera». Cuesta creer que sea para este puente.

Observando en la lejanía, el «Alfonso XIII» se entremezcla con las estibadoras y los contenedores del puerto, conformando una imagen que se asemeja a la de un colorido parque de atracciones.

Sin duda, la metáfora de la montaña rusa es la que mejor define a esta construcción, vital hasta hace unas décadas, hoy museo del pasado de Sevilla.