«Los veranos, averse de tener en Sevilla y los inviernos en Burgos». Con esta frase, casi lema, el monarca Fernando V dio validez real a la implícita «condena» del que habita la Sevilla estival.

Con las temperaturas extremas que se están registrando en los termómetros hispalenses durante las últimas jornadas las posibilidades personales, la inventiva y el pragmatismo se convierten en los principales aliados contra la canícula.

Aunque la propia ciudad ofrece, desde hace décadas y hasta siglos, una serie de «soluciones» con las que mitigar el implacable verano del sur, pues no hay que olvidar que en el siglo XIX llegaron a superarse los 50º en Sevilla, una cifra que no quedó debidamente cotejada debido a los «obsoletos» sistemas de medición de la época.

Un oasis de lona y angostura

La propia planificación urbanística del Casco Antiguo, con la herencia árabe de callejuelas estrechas y propensas a la sombra, es una ayuda de base. Sin embargo también existen los espacios más abiertos y las vías de mayor anchura, en las que el refugio se encuentra gracias a los toldos… desde al menos el siglo XVI.

Los avances la técnica han facilitado sobremanera su instalación. En los años 30, por ejemplo, era fácil ver a personas tejiendo las mallas, en cuclillas, en plena calle donde fuesen a izarse.

La Plaza de San Francisco, entoldada para el Corpus Christi / Pepe Ortega

La Plaza de San Francisco, entoldada para el Corpus Christi / Pepe Ortega

Como explicaba J. Muñoz San Román, los toldos consistían en «fuertes telas de algodón, tratadas a mano e impermeables al agua. Setenta y cinco céntimos el metro». Cinco pesetas con la mano de obra incluida.

El trabajo se realizaba sin andamios, con las llamadas «guindolas», a no ser que por la calle circulase un tranvía, lo que obligaría a usar «largas escaleras alquiladas».

Los toldos dispuestos en el interior de las casas se conocían como «velas», lo cual lleva al siguiente punto: los patios.

«Hasta 20 grados de diferencia», aseguraban algunos sevillanos que podrían darse entre la temperatura del exterior de las fincas y la registrada en el patio central, donde no solía escatimarse en vegetación. El mármol de las columnas de apoyo y la presencia de fuentes también ayudaban a reducir el calor.

De nuevo surge el legado, concretamente el de la Hispania romana y el de Al-Ándalus, materializado en los grandes inmuebles del centro histórico sevillano, y que puede contemplarse, por citar solo un ejemplo, en la Casa de los Pinelo.

Refrigerio frutal

No siempre estuvo la economía para permitirse el lujo de una parada en el bar. Probablemente tampoco estuvo siempre el bar tan a la mano (6.000 establecimientos hosteleros entre restaurantes y bares en 2013 en Sevilla).

Vendedor ambulante de higos chumbos en la Plaza de la Encarnación, en una instantánea de 1999

Vendedor ambulante de higos chumbos en la Plaza de la Encarnación, en una instantánea de 1999

Por ello, era más factible refrescar el organismo con frutas de la época. Aunque aún es posible encontrarlos en los barrios, el Casco antiguo era parada habitual de los vendedores ambulantes de higos chumbos, con sus pequeños puestecitos perfectamente entoldados, o aquellos que ofrecían melones por tajada, transportados por un dócil burro.

«Melones dulces, a calas los doy», recordaba Muñoz San Román sobre el grito de pregón del comerciante, análogo a los que se pueden escuchar en el siglo XXI, salvo porque éstos a menudo los reproduce un altavoz.

Completaba la tríada el vital búcaro, hasta hace no mucho tiempo presente en la mayoría de establecimientos hosteleros, en venta callejera a comienzos del siglo XX. O mejor dicho, en venta el trago, servicio que ofrecía «el tallerito», que podía encontrarse en los alrededores de la Plaza Nueva.

El prohibido y «playero» Guadalquivir

El río Guadalquivir, tan ligado a la historia de Sevilla y a su propia representación podría ser el mejor refresco posible para sus habitantes. De no estar prohibido su baño. Curiosamente no hay tal impedimento a su paso por Córdoba (al menos no hasta septiembre de 2014), pero sí en la capital hispalense.

¿Cuál es el premio, la bandera o el remojón? / Felipe Guzmán

¿Cuál es el premio real de la cucaña, la bandera o el remojón? / Felipe Guzmán

Salvo en una fecha: finales de julio. La Velá de Santa Ana pone al alcance del sevillano la posibilidad de descargar adrenalina y vivir el escurridizo reto de la cucaña, o lo que es lo mismo, de darse un chapuzón en el río de la calle Betis.

La atracción no surgió en Sevilla, sino en Nápoles, que en el siglo XVI era una extensión de España, y se trataba de una escalada más vertical que horizontal. Y no con el agua como colchón.

Fue a raíz del nacimiento de la Infanta Cristina de Orleans en 1852 cuando se le dio el formato que ha llegado hasta nuestros días.

Una larga historia en la que se cuentan no pocos ahogamientos en el río, que han llevado a esa prohibición. Excepto entre las décadas de los 20 a los 50 del pasado siglo.

Fue el tiempo en que Sevilla tuvo playa. Con su propia zona de arena. Por María Trifulca se conocía a este lugar de ocio situado donde hoy se alza el Puente del Quinto Centenario.

María Trifulca, la playa de Sevilla entre los años 20 y 50, se situaba en la Punta del Verde

María Trifulca, la playa de Sevilla entre los años 20 y 50, se situaba en la Punta del Verde

Ya el título daba que pensar en que no era todo lo relajante que pudiera esperarse de una playa. Ni segura, con grandes socavones y resaltos en esa arena de acceso al agua. Dulce, por supuesto. Aunque se debía al nombre de una conocida ventera del lugar.

Reiteradas muertes hicieron que este ribereño trampantojo tuviese cada vez menos visitas hasta quedar en el resignado olvido del que, como advertía Fernando el Católico, permanece en Sevilla en verano.

 

Expo 92

Parte de la cualidad ensoñadora que tenía la Expo 92 era esa temperatura notablemente más baja que la concentrada al otro lado del río. El motivo, un sistema de microclima distribuido por prácticamente todo el recinto y que, para orgullo patrio, fue diseñado en Sevilla por el profesor Servando Álvarez (entre otros)

La muestra no sólo permitía conocer otras culturas y tradiciones del mundo, sino que además mitigaba, a base de plantas trepadoras que soportaban la acción solar y agua pulverizada, ese calor sofocante tan propio de junio a septiembre.