Todos la conocen y hablan maravillas de ella. Miles de recuerdos, de imágenes del barrio de Heliópolis guarda Gracita en su memoria. Desde que era muy pequeña, allá por el año 39, ha residido en la misma casa en la plaza de Los Andes o, como la conocen todos en el barrio, la plaza de Avelino.

Terminada la Guerra Civil, los padres de Engracia se fueron a vivir a Heliópolis «entonces el barrio era una isla». En aquel momento Gracita sería tan solo un bebé, pero esta sería su primera y última mudanza. Hace 73 años de aquello, sus ojos han visto crecer a un barrio que era una «isla» hasta lo que es hoy, una zona residencial bien comunicada con el centro de la ciudad.

«Esto era un pueblo, no salíamos de la plaza, había muchos niños. Para ir a Sevilla, atravesábamos el campo del Betis y cogíamos el tranvía en Guadaíra. Entonces nada más que existía Heliópolis, casas baratas y casas municipales». Gracita recuerda perfectamente cómo era su barrio cuando ella llegó, «en el monte había una granja, con unos tubos muy grandes donde vivía gente».

Fueron tiempos muy difíciles en los que Avelino, su padre, fue una pieza clave en el desarrollo del barrio, «ayudaba a muchas familias, era muy hablador todo el mundo quería a Avelino» cuenta Gracita. Tan famoso el padre como el bar, la gente de la zona no vive en una calle y otra, viven «a dos manzanas de Avelino, en la que cruza a Avelino, las referencias se dan con este bar».

La plaza de los Andes está presidida por el bar Avelino donde jóvenes y mayores se reúnen para tomar algo, a cualquier hora, vengan de donde vengan. En el mismo local donde se encuentra el bar, a la derecha, una pequeña puerta da paso a la casa de Gracita, «cuando llegamos aquí esto no era nada, mis padres empezaron de cero, lo reformaron todo, tenían ganas de luchar y lo convirtieron en un bar de tapas que se hizo muy famoso». «Cuando jugaba el Betis las familias se venían aquí, tomaban sus tapas, los maridos se iban al campo y las mujeres los esperaban aquí».

El bar de Gracita

Una época dorada que en el 80 perdió uno de sus grandes pilares, Avelino y dos años después su mujer también falleció. Gracita se quedó sola para regentar el bar, sin experiencia pero con mucha valentía, «ahora me doy miedo con todo lo que tuve que hacer y mover, pero entonces yo no miraba atrás, hacia delante y si tropezaba empezaba de nuevo». Gracita había «trabajado desde los 12 años en el bar, haciendo la comida con su madre» pero nunca había tenido experiencia con la parte gestora, aunque no se notó porque hizo resurgir el bar, manteniendo la esencia y la fama de entonces, «el bar es lo único que tenía, no me quedaba otra que sacarlo adelante».

«Fue muy duro, no sabía que había que hacer y me vi pidiendo ayuda a unos y otros. Además, el cine de al lado se quemó y desapareció, fue un duro golpe que también tuve que superar sola». Con muchas ganas de sacar el negocio de la familia hacia adelante, con «constancia» y «lucha, mucha lucha». En el 88 Gracita contactó con Julio Moreno un hombre de negocios con el que se asoció, «yo tenía ya ganas de descansar, desde los 12 trabajando y depués tirando sola del bar y de la casa, necesitaba ayuda, así que entre los dos, desde entonces, estamos llevando el bar».

Y si para Gracita fue una ayuda, para Julio fue un orgullo «trabajar en un bar precioso del año 39, una alegría de bar, se sale de lo normal» juntos dinamizaron el bar «ampliando el horario y abriéndolo a las copas», pero a pesar de los cambios el bar Avelino «sigue siendo aquel bar de barrio y de fuera» y, por supuesto, «las pechugas a la bechamel siguen siendo la estrella de la carta».

Por haber sido un hombre que lo dio todo a sus vecinos, por ser un bar que une a la gente de la zona, un lugar de reunión único con una propietaria única, la plaza de los Andes quieren que se llame de Avelino, si no lo entienden vuelvan arriba y comiencen a leer la historia de Gracita.