Como pueden comprobar en el vídeo, arranca a la primera. Más intentos se precisan para empezar a narrar la historia de Juan López Iglesias, más conocido como «er Botica», que a sus 72 años es todo un ejemplo de energía y de consagración a la pasión de su vida: las motocicletas. Primero como corredor y, desde su jubilación, con un interesante museo de motos antiguas en su domicilio de Bellavista.

«Mi primera carrera fue en una velá de Triana, con una Mosquito 511. Tenía yo 14 años y mucha afición. Después vendrían las de velocidad, las de motocross, las de todoterreno, el trial…». Así de preciso se muestra «er Botica» al recordar sus muchas vivencias, que le han llevado a organizar en la actualidad concentraciones internacionales en Sevilla y ser el presidente de un club motero al que da nombre y que integra ya a cincuenta socios.

Lambretta Primera Serie, de 1959

Lambretta Primera Serie, 150 cc, de 1959

No le viene de nuevo. Como homenaje al «Negri», un afamado piloto fallecido, organizó un campeonato en Torrequinto, además de competiciones nacionales de Moto Ossa en los aparcamientos de lo que hoy es el hipermercado de la carretera de Utrera.

Siempre en paralelo a su faceta de corredor. «Recuerdo cuando participaba en los Campeonatos de Europa en Guadarrama, con nieve y agua, o cuando corrí con una Derbi Gran Premio de ocho marchas, réplica de la de Ángel Nieto», rememora.

Los años pasan, y obligan a Juan a dejar de correr, «a bajarse de la moto», aunque de vez en cuando se quita la «espinita» organizando carreras de veteranos, como la que fraguó junto a Eduardo Castro y a Allen Peeters, expresidente de Cruzcampo, en la Isla de Tercia. «Allí nos reunimos los corredores de toda la vida, con la ropa antigua y ya con barriga, pero ahí estuvimos», explica el afable Juan entre risas.

Museo privado

Pero, en vez de apoltronarse y pensar en lo que ya no puede hacer, «er Botica», tras jubilarse, decide iniciar una colección de motocicletas, que exhibe orgulloso en el museo privado que tiene en su propio domicilio. «No pretendo montar aquí nada oficial, pero si alguien se muestra interesado en el Club y me lo pide, se las enseño con gusto».

Cuantiosas motos, las de «er Botica»

El museo «Botica» contiene Vespas, Ducatis, BMWs, Guzzis o Bultacos, como la que figura en primer término, entre otras

No crean ustedes que las piezas no son dignas de una musealización en firme. Para empezar por su variedad. Tiene Vespas, Vespinos, Ducatis, Hinsons, Montesas, BMWs, Mosquitos, Guzzis, Bultacos y Lambrettas. Incluso un Velosólex, unas bicicletas a las que se le añadía un motor de 39 cc. Todas fabricadas entre los años 50 y 60, y de distinta cilindrada.

Herramientas de trabajo de «er Botica»

Herramientas de trabajo de «er Botica»

Para continuar, por su número, 15, más otras tantas que se encuentran en proceso de reparación en una nave de su propiedad, un trabajo del que el propio Botica se encarga.

«Yo las compro por unos 800 euros, porque suelen estar oxidadas, en mal estado, y las arreglo, pinto y dejo listas para darme una vuelta en ellas cuando me apetezca», explica.

Porque todas están debidamente documentadas y con su seguro e ITV en regla, lo que hace que la suma invertida en cada una añada ceros al total.

Y satisfacción a su semblante. Muchas de ellas han sido compañeras de carrera durante toda su vida, y para cada una tiene una historia: «La Ducati 48 fue de las primeras motos deportivas para correr, y aunque a lo más que iban era a 70 km por hora, nos servían a los chavales para vacilar», recuerda animado Juan. «Con la Bultaco Pursang de 250 cc fui vencedor absoluto del Trofeo Tomás Ortiz, que eran de las primeras carreras que se hacían en Sevilla, en el Carambolo», añade, sobre una época en la que las competiciones se organizaban en cualquier lugar, sin las medidas de seguridad y el operativo que conocemos hoy.

Juan revisa el cartel de la próxima concentración en Sevilla entre material de radiotelegafría

Juan, rodeado de dispositivos de radiotelegrafía

«La mayoría de las veces los participantes no sabíamos el sitio exacto hasta que llegábamos al pueblo o ciudad el mismo día de la competición y preguntábamos sobre la marcha. Se me ocurrió comprar unos “walkies” para enterarme a distancia», comenta.

Sin saberlo se adentraba en otra de sus pasiones, la radiotelegrafía, disciplina de la que llegó a obtener la licencia en 1975. Tiene una decamétrica, un mapa del mundo con los grados exactos de los distintos países, una antena directiva…

«Una tarde recibí en casa una señal de un barco que estaba ardiendo frente a la playa de La Antilla. No sé porqué no le llegó a la Policía. El caso es que yo di el aviso y lograron sofocar las llamas», recuerda, mientras reproduce el contenido de la carta de agradecimiento que le remitieron los afortunados marineros.

Entre Bellavista y San Jerónimo

Es sólo uno de los infinitos marcos que lucen en las paredes de «su espacio», cada cual referente a una historia aún más fascinante que la anterior. O más emotiva. Es el caso de la placa en la que se recoge su nombramiento como vecino de honor de San Jerónimo, barrio del que incluso llegó a ser Melchor en una Cabalgata de Reyes Magos.

Las paredes del «museo» de Juan López son un repaso en imágenes de su vida. Arriba, «er Botica» en plena acción

Las paredes del «museo» de Juan López son un repaso en imágenes de su vida. Arriba, «er Botica» en plena acción

Detalles que premian toda una vida de trabajo como auxiliar en la farmacia de San Jerónimo desde 1954, su verdadera profesión. Y como practicante, eso ya de manera desinteresada. «Por las tardes pinchaba algunas medicinas o hacía análisis de sangre a personas que no tenían gran cosa, les daba muestras de papillas, íbamos al Vacie…», explicaba «er Botica», dejando clara la razón de su apodo.

Por si fuera poco, Juan participó como miembro de Protección Civil en la Boda de la Infanta Elena, así como durante la estancia del entonces Papa Juan Pablo II, o en la organización del Mundial de Fútbol España 82, y es también ducho en el mundo del automodelismo. De nuevo, el motor de por medio. Por tener, tiene hasta un libro que recoge toda su trayectoria, titulado «Vivir para contarlo».

Juan «er Botica» junto a su seiscientos

Juan «er Botica» junto a su seiscientos

Volviendo al museo, entre todas las motocicletas se encuentra un seiscientos, o mejor dicho, la viva estampa de los domingos de veraniega ruta a la playa en los sesenta, con su búcaro, su silla plegable, su radio, su maleta y su linterna sobre la vaca. La familia al completo la imaginamos en el interior, aunque «er Botica» no tarda en hablar de ella y definirla como «su mayor triunfo conseguido».

Su hijo también tiene el gusanillo motero, y participa junto a él en las concentraciones anuales. Va a tener difícil igualar la figura de su padre, pues, haciendo una versión libre del dicho popular, no es sencillo hacer «de todo, como er Botica». Y con esa pasión intacta. La misma que cuando hacía filigranas sobre la moto en la Bellavista de otro tiempo. Pero de igual esencia, pues el alma del barrio no se perderá mientras haya personas como él.