Generalmente cuando oímos la palabra cáncer se siente cierta tristeza por los que la sufren. De hecho, a menudo escuchamos eso de: «cada vez son más los que lo sufren, no hay nadie que no conozca un caso cercano». Pero en el fondo, existe esa sensación en nuestro interior de que es algo ajeno, lejano, que difícilmente nos tocará.

Algo muy parecido sentía Carla Herrera antes de saber que su madre tenía cáncer de mama. Han pasado cinco años desde el día de la noticia y los inconvenientes que encontraron hasta la curación los han convertido en una oportunidad para las personas que a día de hoy sufren la enfermedad. Así nació Pulseras Rosas.

«En primer lugar no entiendes muy bien que está ocurriendo, te sientes perdido e intentas buscar respuestas continuamente. Más adelante sientes un miedo que casi te paraliza y posteriormente maldices todo lo que te rodea», así define Carla la reacción al conocer la enfermedad de su madre. Fue ésta la que no permitió maldiciones ni lágrimas, «ella nos dio ejemplo y una gran lección, el mundo no se acaba, al contrario, hay que luchar cada segundo, porque la batalla la gana cada persona de forma individual y sintiendo que mientras dura el tratamiento no hay que paralizarse, hay que vivir».

Los principales problemas que encontraron durante el tratamiento rodeaban la estética, «el sentirse guapa, femenina» explica Francisca, la madre de Carla. Pelucas, sombreros o maquillaje que fuesen apropiados para las condiciones que vive el paciente «nos dimos cuenta de lo carísimos que eran estos productos tan necesarios para una persona que pasa por este tratamiento». De igual modo, «pasaba lo mismo con las cremas que son fundamentales o, por ejemplo, los cubiertos».

La difícil situación a la que expone esta enfermedad sumada con la indignación que sintieron ante la excasez y exclusividad de estos bienes tan necesarios incitaron el nacimiento de Pulseras Rosas. Carla y su amiga y compañera de batalla, Soledad Cué crearon esta empresa en la que la variedad de productos y los precios de los mismos son la nota diferencial. «Sombreros y pelucas que en otros establecimientos se encuentran a 300 euros aquí el mismo producto está a poco más de 100» es solo un ejemplo de las facilidades que ofrece Pulseras Rosas a las personas que como Francisca sufren cáncer.

Cubiertos para que el sabor metálico de las comidad, producido por la quimioterapia, desaparezca. Cubos de fregona que escurren solos para aquellas personas a las que le han tenido que quitar algún ganglio. Cremas especiales para combatir la sequedad de la piel que producen los tratamientos. Productos que ayudan a que los efectos de los fármacos sean bastante más llevaderos y por tanto, necesarios para estos pacientes.

A pesar del nombre, Carla y Soledad no trabajan solo para mujeres porque aunque las pelucas y los sombreros sean más demandados por ellas, la mayoría de los productos son para ambos géneros ya que los tratamientos y la enfermedad suelen tener unos mismos efectos en quienes la padecen.

Empujadas por las ganas de luchar de Francisca, por esa fuerza que con la que ganó la batalla, Carla y Soledad ahora ayudan a otros que pasan por lo mismo en su tienda situada en la calle Austria, Los Bermejales. No lo hacen con medicinas, ni con intervenciones quirúrgicas o avances sanitarios sino con algo tan importante como todo lo anterior: garantizando esa necesidad de que la vida sigue.