La belleza de Sevilla es cuestión de sobra debatida. Más allá de lo subjetivo, la ciudad presenta infinidad de recoletas plazas a las que se suman rincones con nombres evocadores como los de la calle del Agua, el callejón del Consuelo o el pasaje de los Azahares. Pero toda regla tiene sus excepciones, en este caso comprometidos topónimos que, aunque han ido desapareciendo mayoritariamente, aún persisten.

¿Se imagina vivir en la calle Malparida? ¿O en la de los Majaderos? Para ello habría que situarse en la zona de la Magdalena, algunos siglos atrás. Malparida es el nombre que recibía, a finales del siglo XVIII, y posiblemente desde comienzos del 1500, la actual Fernández Espino, en el entorno de Méndez Núñez.

La segunda se encontraba a la espalda de Gravina, y tuvo entidad hasta finales del siglo XVI, como se recoge en el «Diccionario histórico de las calles de Sevilla». Se desconoce el motivo de ambas elecciones.

Rótulo de la calle Sorda, junto a la muralla Macarena / Fran Piñero

Rótulo de la calle Sorda, junto a la muralla / F. Piñero

La dudosa capacidad intelectual tuvo más presencia en entre las calles hispalenses. Entre Inocentes y Maravillas existió el callejón de los Locos, nombre medieval que se mantuvo hasta el arranque del siglo XIX.

La presencia de un sanatorio mental en la zona daba sentido al título, lo que no ocurría en la calle Necios, antiguo topónimo de la calle Salinas.

Curiosamente, Inocentes se llamó durante 400 años calle Trastorna, si bien respondía al apellido de uno de sus propietarios y no al desconcertante verbo.

La discapacidad física, por su parte, quedó reflejada en la desaparecida calle de la Coja, en la collación de San Lorenzo, y en la calle del Tuerto, actual Alcántara.

Placa del antiguo «Arquillo de los Viejos» / F. Piñero

Placa del antiguo «Arquillo de los Viejos» / F. Piñero

Curiosamente, sigue patente en la calle Sorda, impetérrita desde 1484. Según se extrae del citado diccionario, todo apunta a que una de las históricas vecinas tenía mermado el sentido.

No deja ser llamativa, para todo visitante de la Sevilla céntrica, la calle Viejos.

Connotaciones respetuosas o despectivas aparte, la vía responde al Hospital de San Bernardo, pendiente de restauración,  y conocido popularmente como de los Viejos.

La pequeña vía incluyó, hasta 1868, lo que hoy es Viriato. Escritores como Montero Galvache aludieron a la ironía de cambiar achaques por vigor. Como si de avanzar por la vida del hombre al atravesar la calle se tratara.

«Sucias» Alusiones

Los progresivos avances en materia de higiene y «sanidad urbana» no sólo fueron ofreciendo una imagen más limpia de Sevilla, sino la necesidad de eliminar topónimos de lo insalubre. Varios puntos del Casco Antiguo se conocían como calle Sucia, como cierta parte de Descalzos, Javier Lasso de la Vega o San Vicente.

En el barrio de los Humeros se podía residir en la calle del Husillo, al igual que hubo calle Sumideros por Pelay Correa o San Hermenegildo. Incluso Trajano llegó a ser conocida como calle del Puerco en la Edad Media, pero se desconoce si debido a la «cualidad» o al mamífero.

Javier Lasso de la Vega fue una de las «calles Sucia» de Sevilla en siglos anteriores / Fran Piñero

Javier Lasso de la Vega fue una de las «calles Sucia» de Sevilla en siglos anteriores / Fran Piñero

Las plantas y los animales no son extraños para el callejero hispalense. El ciervo, conejo o incluso el mero y el salmón pueden aportar cierta esencia bucólica a una calle, pero rotularla como Mosca, Mosquito o Pulga, recuerda lo más tedioso del verano. Y no precisamente a limpieza. Fueron los nombres de las calles Cristóbal de Castillejo, Jaira y de Olavide, respectivamente, durante los siglos XVII y mitad del XVIII.

En el plano del sonrojo más pueril, sorprenderá saber que Sevilla tuvo una vez una calle de la Teta, «al parecer por una pieza de mármol romano con forma de pecho femenino, que sobresalía en la fachada de una casa» ya derribada, en la que hoy es la calle Espada. No muy lejos, en una de las bocacalles de San Luis, hoy conocida como Flecha, se podía encontrar la calle del Medio Culo. De nuevo, hace cuatro siglos.

La céntrica calle Matahacas fue conocida antaño como calle Infierno, al igual que la calle Águilas / Fran Piñero

La céntrica calle Matahacas fue conocida antaño como calle Infierno, al igual que la calle Águilas / Fran Piñero

La leyenda de la Bella Susona hace que el sevillano identifique extintos topónimos macabros en el barrio de Santa Cruz, como la calle Muerte o Ataúd. Sin embargo, no es tan sabido que la ciudad contara con una calle Infierno. No la que cada año surge al amparo de la Feria de Abril, sino la que actualmente figura como Matahacas. La calle Águilas también fue conocida con el mismo nombre, en el siglo XIX, por el desastroso estado del acerado.

El tiempo, y sentido común, se encargaron de variar el nomenclátor hispalense. A excepción de casos como el de la calle Agujas, en Bellavista, llamada de México hasta 1950. Un auténtico suplicio para los residentes más aprensivos.