Toda ciudad guarda una herencia visible de la guerra. De las guerras. Lo hace en su «piel» más evidente o en detalles que precisan alguna indicación.

En el caso de Sevilla, las muestras van desde los leones de Capitanía (fundidos de los cañones del conflicto con África) a las estatuas del Cid Campeador o San Fernando, pasando por el propio emblema hispalense del NO8DO (esencia del enfrentamiento entre Alfonso X el Sabio y Sancho, su hijo), por citar sólo unos ejemplos.

Pero hay un curioso detalle que permanece, inalterable, a los ojos de sevillanos y visitantes, sin que sean muchas miradas las que en él reparen.

Se trata de una bomba de cañón, incrustada en la fachada del edificio que forma esquina con la calle Mosqueta y el arranque de San Esteban, desde hace prácticamente dos siglos.

Julio de 1843. Esa fue la fecha en que el general Van Halen, afín a la causa del regente Espartero, bombardeó a la sublevada Sevilla.

Sitio a la Puerta de la Carne y la Calzada

Lo que hoy es anecdótica reliquia fue entonces parte de una auténtica lluvia de proyectiles. Hasta 900 balas rasas surcaron el cielo sevillano entre los días 20 y 27, tiempo en que otras 606 bombas de cañón subrayaron la dificultad de la contienda.

En la calle San Eloy, en Orfila (entonces conocida como Quebrantahuesos), en la Puerta del Osario y en la calle Vidrio. En el prado de Santa Justa y en el barrio de San Roque. En el río Tagarete y en la Calzada…

Así hasta componer una dilatada relación de puntos calientes, debidamente documentados en el Archivo General de Andalucía, donde no faltó la Puerta de Carmona, cuyos alrededores sufrieron varios impactos.

El que nos ocupa pudo ocurrir a las siete y cuarto de la mañana, justo como reanudación de la actividad tras un breve cese del fuego de madrugada.

Y es que Sevilla respondió con vehemencia al ataque. Tanto es así que su título de «Invicta» le llegó una vez superado este episodio bélico, del mismo modo que el Ministerio de Defensa avisó a Espartero de quedar considerado como «traidor a la patria» de no bajar las armas.

Todo surge por el apoyo hispalense a «las libertades» y a Isabel II, cuya minoría de edad situó al Príncipe de Vergara como regente de España, en un Gobierno que se terminó por convertir en una Dictadura.

Apenas visible si no se pone atención, la bomba de la calle Mosqueta «luce» entre negocios cofrades y de hostelería / Fran Piñero

Apenas visible si no se pone atención, la bomba de calle Mosqueta «luce» entre negocios cofrades y de hostelería / Fran Piñero

Sevilla, como el resto del país, no asumió el nuevo giro político. Sin embargo, no fue hasta que la Caballería del Regimiento de la Constitución disparase hasta la muerte a un grupo de sevillanos isabelinos desarmados, el 11 de junio, (y algunos días después) cuando se activó el conflicto.

«Se comenzó a hacer obras de fortificación, acopio de armamento y municiones, la creación de dos batallones francos y el aumento de la Milicia Nacional, así como un hospital de campaña en San Telmo, en definitiva, todo lo que podía contribuir a la defensa de la ciudad», explica Pilar Vilela, del Archivo General.

De hecho, llegaron a alistarse «todos los ciudadanos útiles de 18 a 40 años que no estuvieran encuadrados en el Ejército», añade Vilela.

Tras las intensas jornadas, que dejaron en la ciudad bajas, edificios maltrechos y «calles llenas de escombros», Espartero se replegó al Puerto de Santa María y de ahí a Inglaterra.

La ciudad añadió la corona de laurel a su escudo de armas, pero el propio regente también logró su distinción, con la céntrica plaza del Duque de la Victoria, en referencia a su título nobiliario. La consiguió cuando llegó al máximo cargo en las Cortes Generales, pero pese a la contienda la mantuvo.

Las casas se reconstruyeron y la moral sanó rápido por el triunfo. El tiempo fue opacando este breve episodio, salvo por detalles como el que luce en la calle Mosqueta.

Y que no es el único, pues en la fachada principal de la Casa de Miguel de Mañara también se aprecia una bomba de cañón, y hay constancia de que otra cayó con virulencia sobre las cubiertas de la Real Fábrica de Tabacos.