Con la llegada de agosto, el mes de veraneo por excelencia, los sevillanos que experimentan «el dulce exilio vacacional», especialmente si lo hacen con niños, retoman fórmulas de ocio casi ausentes en la ciudad desde hace tiempo. Como el circo.

Pensar en un espectáculo circense en Sevilla es evocar irremediablemente la calle Infierno, pues más allá de los dominios feriantes de Miss Aurori y sus «ligres» (cruce entre león y tigre) la posibilidad de asistir a un show de equilibrismo y otras variedades es casi imposible.

Sin embargo, no siempre fue así. En Sevilla existió un renombrado circo que hizo las delicias de los más curiosos durante décadas y no, no se encontraba a las afueras. Ni siquiera en esas huertas que hoy son barrios consolidados.

Los terrenos son los que, desde abril de 1929, ocupa el lujoso Hotel Alfonso XIII, anteriomente conocidos como Jardines del Niño Mimado o Jardines de Eslava (por Hilarión Eslava, compositor y musicólogo del siglo XIX).

Precisamente ese último era el nombre de este circo, reclamo de niños y mayores, en la Sevilla decimonónica final.

Instalaciones de verano

Si bien no funcionaba todo el año, pues no dejaba de ser un recinto al aire libre y Sevilla también vive el invierno, aunque nadie lo recuerde tras este julio de récord, el negocio abría sus puertas en torno al día del Corpus y mantenía el servicio hasta que la temperatura obligaba a llevar un par de mangas.

Así lo recordaba el periodista aracenense José Andrés Vázquez, que lo describía como un «espacioso teatro con café adjunto», y cuya tarifa no siempre alcanzaba la peseta, según el asiento que uno ocupara.

El escritor Rafael Laffón, por su parte, recoge en su «Sevilla del buen recuerdo» algunas vivencias en el Circo Eslava, aportando más datos sobre su fisonomía: «la planta era elíptica, de eje mayor interminable. Y el techo, una especie de entramado recubierto de planchas de zinc. Cerrando el recinto, hasta media altura, gradas para la entrada general y la pista, lujosa, con barrera almohadillada de rojo y dibujos trazados con serrín de colores».

Verja y acceso al Teatro-circo Eslava, por la calle Almirante Lobo, a comienzos del siglo XX

Verja y acceso al Teatro-circo Eslava, por la calle Almirante Lobo, a comienzos del siglo XX

La distinción se buscaba con la elegancia de los uniformes de los empleados y los artistas, que subían a un escenario de mampostería dispuesto, más o menos, frente a la Torre del Oro.

La exuberancia en la vegetación, a base de palmeras, naranjos y acacias era un claro plus.

El espectáculo constaba de funambulistas, números cómicos, ecuyères guardando el equilibrio sobre caballos, lanzadores de cuchillos, tiradores con pistola, atletas, malabaristas y hasta un «quiromante hindú, vistiendo la osamenta de su cuerpo con un taparrabos y un enorme turbante verde», añadía Laffón, que se confesaba platónicamente enamorado de la «alambrista Odette».

Teatro y celuloide

La sesión comenzaba con el mencionado show, pero a continuación las tablas pasaban a ser lugar de teatro, no sólo de piezas dramáticas sino también musicales, como zarzuela grande u ópera.

El teatro Eslava acogió, por ejemplo, «Aída», «Carmen» y «Otello», y fue el lugar donde el prestigioso Massini Pieralli comenzó su andadura artística.

De hecho, el uso inicial del espacio era el teatral, cuando fue construido por Antonio Palatín, José Carlos Fernández y Manuel Capó en 1872. En 1887 se construiría de nuevo. Posteriormente se le añadiría la vertiente circense, al igual que la techumbre, concretamente con el cambio de siglo.

Casi paralelamente, el «complejo del ocio» contó con una pantalla de cine, siendo una de las primeras experiencias de este tipo en la ciudad.

Gran Comedor del Hotel Alfonso XIII, meses antes de su inauguración de cara a la Exposición Iberoamericana de Sevilla.

Gran Comedor del Hotel Alfonso XIII, meses antes de su inauguración de cara a la Exposición Iberoamericana de Sevilla.

Lógicamente no se trataba de largometrajes como entendemos en la actualidad, sino una edición de escenas breves en movimiento de máximo 30 minutos, de corte militar, toreo, de comitivas, de «gags» cómicos y tomas de la Exposición Universal de París de 1900.

Siempre según Mónica Barrientos y su «Inicios del cine en Sevilla (1896-1906)…», donde además comenta que el recinto acogió «una montaña rusa, un panorama de Tierra Santa o la exposición de industrias sevillanas, con la clara intención de atraer al público más selecto y adinerado».

A la muerte de su último propietario, Gregorio Fernández y Fernández, y tras intentos fallidos de compra, el conjunto fue derribado en 1916 para hacer hueco a su siguiente «huésped», nunca mejor dicho, el Hotel Alfonso XIII.

La ciudad calentaba motores para la Exposición Iberoamericana y ciertas construcciones no encajaban en el ideal regionalista que terminó por cambiar la esencia de Sevilla. Por fortuna, el contiguo «Salón del Cristina» superó este lance y ha llegado, con sus altibajos, hasta nuestros días.