Si en anteriores entregas hubo que emplearse a fondo para buscar ejemplos, por la dificultad de las letras en cuestión, la P es todo un vergel del léxico sevillano. Vamos, que hay una auténtica «pechá» de términos con los que ir armando este glosario, la versión hispalense de la pechada recogida por la RAE. En cualquier caso, se trata de una gran cantidad, especialmente aplicable a lo culinario, cuando se entiende por atracón.

Algo similar viene a decir la expresión «ponerse púo», aunque aquí prima la sensación positiva tras el intenso banquete. Otra fórmula para hablar de un conjunto abundante de algo, sin precisar el número, es «a punta pala».

No van los tiros por el volumen, sino por el sabor, por el buen sabor, cuando un sevillano espeta que lo degustado estaba «pa’ reventar», lo cual nunca sucederá si entre los platos se encontraba un filete con pitracos, es decir, con piezas de grasa o partes difíciles de comer. Curiosamente, la Real Academia lo define como «parte de carne flaca, que casi no tiene más que el pellejo», o como «restos de comida».

En cambio, es más que probable que se celebre por todo lo alto un pavía, un soldadito de pavía de bacalao o merluza, que si bien ciertos autores sitúan en Madrid su origen, es más que evidente que es un rasgo definitorio de la gastronomía andaluza. Máxime si se come «de pescuezo», bien por invitación o bien por escabullirse antes de que llegue la cuenta. En el último caso, los que se quedan para satisfacer la deuda no dudarán en afirmar que el otro se ha ido «por toda la cara», lo que en el resto del país se diría «por su cara bonita».

Parece comida, pero no lo es, la palabra pepino, que más allá de su histórica alusión a las cucurbitáceas, en Sevilla también se refiere a la gran belleza de una persona, usualmente joven. Tampoco tiene que ver con los fogones, o mejor dicho, las sartenes, el término papafrita, que se usa para hablar de alguien con pocas luces, al que pocos toman en serio.

Pinta es un vocablo que en el extranjero supone una medida cercana al medio litro, generalmente de cerveza, que no marida mal con el soldadito. Sin embargo, en Sevilla un pinta es un chulillo, un enterado al que no le falta la gracia, por otra parte. Eso sí, el tema del bebercio también alberga otras palabras con P, como pirriaque, con la que se suele denominar al vino.

Abusar de él puede hacer que uno se ponga pejiguera, es decir, intenso, pesado y cargante, lo que puede que esté «pensando» el de la izquierda de la pareja de borrachos de la imagen, aguantando el peso del compañero bajo la presumible pelúa de la noche. El relente.

Y como esta entrega va de cosas que no son lo que parecen designar, ahí va otra muestra: periquito. Lejos de ser una pequeña ave, se trata de la manera sevillana de nombrar a un aspersor de agua. Por su propia definición, es prácticamente imposible que haya polverío, que no polvareda (como recoge la RAE), en lugares donde trabaje un periquito.

Aunque para palabra curiosa con la P, palangana, ese apelativo entre la guasa y la mofa con el que los béticos llaman a los sevillistas, al parecer por una historia fundacional con una pieza de cerámica como protagonista, al parecer por los colores blancos y rojos que esos utensilios tenían en tiempos.

¿Nos ayudas a completar el Diccionario con alguna otra palabra o expresión que comiencen por la letra P?