La cosa de preparar un Diccionario de sevillano en pleno verano (y qué verano), es que al llegar a la F la palabra que a uno le asalta es fuego. El término, perfecto símil para el aire o el alquitrán de las calles de Sevilla en los meses estivales, no es ni mucho menos propio, pero en cambio si que hay un vocablo que viene a expresar lo mismo, y que también va con F: flama, que es esa mezcla de calor y fuerte luz que entra por la ventana, especialmente en las horas de sobremesa, y que por bienestar urge a cerrarla.

Pero la palabra tiene hasta otra acepción en Sevilla, pues algo que está flama está en perfectas condiciones, o viene a indicar que el plan propuesto tiene todas las papeletas de ser divertido o interesante.

Siguiendo con el tema del calor, entre los trucos para mitigarlo está el darse un firiguichi, un agua rápida cuando uno ya se ha duchado y no quiere repetir el proceso completo, o bien tomarse un flá, término que funciona mejor fonéticamente que escrito, pues hay variantes con g o con x final, y que viene a ser un polo de sabores frutales.

Cambiando una letra tenemos fli, que también es muy de verano, y que consiste en ese insecticida (o ambientador) en spray para acabar con los indeseables insectos. Y muy de calor, o mejor dicho, de calentamiento global, por lo que no es conveniente abusar de ellos. ¿Tendrá que ver algo con la forma inglesa de mosca: fly?

También es muy de esta época echar una partida de cartas, que no de naipes, que eso queda por Vitoria. Tengan cuidado con su contrincante, no vaya a ser que sea un fullero y quiera ganar a toda costa mediante trampas.

En Sevilla el fullero es también el que hace un trabajo con poco mimo, con poco detalle y mal terminado, así que ojo con las obras en casa, que también son muy propias del estío, y del hastío que provocan.

El verano, aunque parezca mentira, también es época de fanales, forma «de bola de helado» en que se colocan las flores en la ciudad, y  de faldones, que no se trata de faldas largas de mujer, sino de las piezas de tela que «nacen» del respiradero y ocultan el trabajo de los costaleros a quienes contemplan los pasos… de Gloria.

Según el número habrá más o menos parejas de fijadores, que no es ningún tipo de gomina para el pelo, sino aquel costalero que va pegado al costero, es decir, al que ocupa el lugar más al extremo de la trabajadera, hombres que antes de sacar el paso han tenido que fajarse, para amortiguar la sobrecarga en los riñones.

Fijador, del cosmético ahora sí, suele llevar el sevillano al que le gusta figuronear, esa palabra hispalense que ya existía antes de la moda del postureo, y que suele estar relacionada con el ámbito de las cofradías y procesiones, y también con el de los farolillos, que lejos de ser de latón o forja son de papel, y tamizan una luz especial. «Especial» como la luz de agosto en Sevilla, la que es mejor intuir a través de una persiana bien baja en las horas, ya saben, de flama.