En nuestra forma de hablar, existe «una palabra» que aporta toda una dosis de cariño y amistad a la frase que completa, y que más allá de nuestras fronteras sirve para designar, no sin cierta carga peyorativa, a los sevillanos más tradicionales: «miarma» (contracción y desviación de mi alma). Este es el primer ejemplo de términos que empiezan con la M, la nueva letra de este Diccionario hispalense.

Desde luego no el único, pues en la propia fisonomía de la ciudad se hallan varios, como sucede con los Meones, unas pequeñas esculturas en piedra diseñadas por Delgado Brackembury para la fuente de la Puerta Jerez y que, por la singular manera en que dejaban fluir el agua, recibieron este apodo que terminó por definir a todo el monumento.

Al malecón de Triana, por su parte, se le conoce más como la Muralla e incluso un negocio textil, el Mato, era y es célebre por sus precios, dando lugar a la expresión «Más barato que en el Mato», o lo que es lo mismo, un chollo. Se opone diametralmente a pagar una «morterá», es decir, mucho dinero, si bien esto último se aplica a otros ámbitos, incluida las cuentas en los restaurantes.

Es lo que siempre se busca cuando se hace una compra de alimentos o productos del hogar, o lo que es lo mismo, cuando se hacen los «mandaos». Una fórmula que también se aplica cuando uno vive sólo y no hay nadie que realmente mande.

Otra curiosa palabra es «Masca», que puede aplicarse en muchos contextos pero siempre como algo positivo. Ser «el masca» es ser el mejor en lo que se esté valorando. Por ejemplo, en arreglarse con atino y elegancia, eso que suele expresarse en español como «ir hecho un pincel». Para llegar a eso, en Sevilla se dice que el individuo se ha «maqueado». La RAE contempla la palabra maquear, que quiere decir «adornar muebles, utensilios u otros varios objetos con pinturas o dorados, usando para ello el maque (barniz o laca)», pero en ningún caso el reflexivo.

También difieren los usos de ambos en el término marinear, que según la Real Academia supone hacer las «labores de marinero», mientras que en Sevilla se emplea para definir la acción que lleva a cabo quien se sube a los tejados, trepa o asciende por una cuerda. El resto, por su dificultad, a menudo piensa que el ágil compañero está majarón, es decir, loco perdido (la RAE recoge majara o majareta).

Son los bares de la ciudad otros buenos escenarios para usar la M, como por ejemplo en Mantecaíto, que es un montadito de solomillo al whisky donde el pan también «abraza» el ajito y las patatas fritas. Los mejores son los que llevan pan tostado y con el miajón justo, lo que en el resto de España sería la miga, el migajón. En esos casos, es más que probable que el comensal califique el plato de «mortal», como el súmmum culinario (el adjetivo funciona en otros aspectos).

Si uno entra al establecimiento cuando ya casi ha cerrado, puede que se encuentre con que el camarero esté deseando «dar de mano», terminar la jornada. Máxime si ha sido un día duro y está hecho mixto (agotado). Se recomienda pues ser rápido en la elección del menú y sobre todo no ser mijitas, o tiquismiquis. En la mayoría de los casos primará la profesionalidad del empleado. En otros será un malaje, se pondrá desagradable.

Muy propias de las altas horas de los bares son las tertulias cofradieras, donde de nuevo surgen muestras de palabras sevillanas con la M. Así, encontramos macolla, que es el remate del varal por la parte superior, manigueta, como el extremo saliente en cada esquina del paso al que se agarra el maniguetero o la mudá, que es la operación de traslado de la parihuela entre el almacén y el templo o el ritmo que imprimen los costaleros cuando la lluvia sorprende en plena procesión. Y, como no, La Madrugá.

¿Qué palabra echas de menos con la letra M? Cuéntanos aquellas que tu usas y que podrían completar este Diccionario.