Sevilla celebró ayer su «II Festival Internacional de Blues» afianzando un evento que demostró el talento de varias bandas hispalenses, inmejorable preámbulo para el galardonado Lurrie Bell y su formación de blues de Chicago.

Inicialmente se había pensado en la plaza del Salvador. Pero se esperaba mucha gente. Esa que, a mediodía, ya abarcaba todo el centro de la plaza de San Francisco, casi hasta el punto en que limita con Sierpes.

Hubo nubes, pero no agua. Tanto es así que, al avance de la calurosa mañana se fue conformando un recinto improvisadamente acotado por la sombra que dispensaban los toldos de la trasera consistorial.

Hubo ganas, pero no espera. A poco más de las doce empezaron a resonar las potentes guitarras y baterías, los penetrantes bajos y las voces melodiosas. Parecía como si, de un momento a otro, fuesen a emerger del edificio del Banco de España una banda de gangsters en pleno atraco. Como en esas películas de cine clásico y sonido moteado de disco de vinilo.

Abundante público, el congregado en la plaza de San Francisco

Abundante público, el congregado en plaza de S. Francisco

Tan solo la Giralda se encargaba de recordarnos que esto era Sevilla y no Nueva York o Memphis, pues los acordes de los «Blues Ministers», hacían pensar lo contrario.

La segunda de las bandas, la de «La Casa del Blues de Sevilla», organizadores del festival, recogió el testigo ofreciendo más swing, rock y blues. Desde clásicos de Nina Simone a otros como «Route 66» incluso el bolero «Bésame mucho», revestido de apariencia norteamericana.

Se daba una curiosa circunstancia. A simple vista, el público no parecía muy entregado. Pero atendiendo a los detalles, era difícil no encontrar un pie que golpeaba rítmicamente al suelo, una cabeza que se contoneaba cadenciosa o una cintura que subrayaba la melodía. Ese es el terreno del blues. Sin excesos, había «contagiado» a los presentes.

Los más entusiastas, los niños, que se contaban en gran número, y que disfrutaban rodeados de sus familias de un ambiente de lo más agradable y distendido. Pero que fue «clareando» con la «hora de la tapa».

«Los Embluesteros» en acción

«Los Embluesteros» en acción

No le hizo falta mucho al carismático Raúl Herencia, líder de «Los Embluesteros», para meterse al público en el bolsillo. Personalidad aparte, el cantante se marcó un eterno solo de armónica que provocó una gran ovación cuando el reloj ya pasaba varios minutos de las 15 horas.

Después llegarían curiosas versiones de Andy & Lucas y de Chiquetete, como «La Puerta de Toledo», que lejos de la extravagancia sonaron particularmente bien, y el recuerdo a Lucky Tovar. Se ponía así, el punto y seguido a un programa que se reanudaría al caer la tarde, en el parque de Los Príncipes.

Los Príncipes… del blues

El objetivo primordial de esta edición era llegar a aún más público, partiendo de las estimaciones que cifraron la asistencia del pasado año en las 15.000 personas. De ahí que se duplicase el cartel y los escenarios para la presente edición.

Sin embargo, el día no podía estar más completo en cuanto a música se refiere. La Bienal de Flamenco, el festival «Alamedeando» y los conciertos de David Bisbal y Gemeliers ofrecían un amplio abanico de posibilidades a las que añadir el Festival de Blues.

Mucho de eso pudo influir en que el arranque de la segunda parte del festival, con más de media hora de retraso, contase con un público en torno al 50%. Para presentarlo, «Los compadres», Alfonso Sánchez y Alberto López, con sus habituales diálogos mordaces y reivindicativos.

El blues se lleva por dentro, pero también por fuera, como en la indumentaria de alguno de los asistentes

El blues se lleva por dentro, pero también por fuera, como en la indumentaria de alguno de los asistentes

Y de nuevo volvió la música, con «Kid Carlos Band» y «Madrid Blues Guetto», cuyo guitarra, José Luis Pardo, había impartido horas antes una masterclass ante un nutrido grupo de aficionados.

El buen clima fue el gran protagonista de la noche, que se desarrolló sin incidentes en gran parte por la actuación del cuerpo de seguridad, evitando en todo momento la celebración de «botellonas». Al menos no en el interior del parque. No tanto fuera.

Con el recinto abarrotado, sólo quedaba el gran Lurrie Bell y su banda de blues de Chicago. Presentaría su último disco «Blues in my soul», repasando su trayectoria, a base de temas en solitario y de aquellos en los que compartía pentagrama con su padre, el armonicista Carey Bell.

Sobre todo no defraudó. Como tampoco lo hizo este día en que Sevilla se convirtió en una canción casi perfecta. De blues, por supuesto.