Imaginen el siguiente titular. «Mujer se arroja aceite hirviendo en el rostro para huir de su acosador». Más de uno se habrá llevado las manos a la cabeza ante la situación desesperada de la víctima. Lo cierto es que este titular, con importantes matices, está ligado a la historia de Sevilla y a sus leyendas. Los protagonistas: el rey Don Pedro I, el Cruel o el Justiciero según convenga, y María Fernández Coronel, conocida popularmente como Doña María Coronel, la fundadora del convento de Santa Inés.

Contexto histórico. Sevilla, mediados del siglo XIV. Doña María Coronel nace en una buena familia. Su padre, Alfonso Fernández Coronel, es alguacil mayor de Sevilla y señor de Aguilar, con gran influencia en el consejo privado de Alfonso XI. Se casa con Juan de la Cerda, que muere decapitado por orden de Pedro I por sublevación. La viuda pierde todos sus bienes y queda desamparada ante el capricho del rey, que queda prendado de la joven aristócrata.

Doña María Coronel huye a la ermita de San Blas, en el entorno de la Iglesia de Ommium Sactorum; posteriormente se traslada al convento de Santa Clara, lugar en el que según cuenta la leyenda, se arrojó aceite hirviendo en la cara ante la visita de Pedro I, que fue a buscarla a la misma cocina del palacio conventual.

Cuerpo incorrupto de Doña María Coronel.

Cuerpo incorrupto de Doña María Coronel.

Muerto Pedro I, la vuelta a la normalidad llega con Enrique II, que devuelve a la viuda los bienes de la familia. Doña María Coronel usa su patrimonio para fundar el monasterio de Santa Inés en la casa de sus padre, que linda con la parroquia de San Pedro. Allí murió a los sesenta y cinco años y allí fue encontrado su cadáver incorrupto a mediados del siglo XVI, expuesto para veneración de los sevillanos.