Hace justo un año Sevilla amanecía envuelta en polémica. A finales de agosto del pasado 2014 ecologistas, ciudadanos y partidos políticos planteaban un debate social en torno a la drástica y, según versiones oficiales, necesaria tala masiva en la calle Almirante Lobo.

La remodelación de la céntrica vía incluyó la inesperada desaparición de su veintena de centenarios plátanos, cuya ausencia dejaba entonces ver la Torre del Oro, pero privaba a la ciudadanía de su amplia sombra y, sobre todo, de la solera de su estampa.

Mucho se ha venido comentando desde entonces aquella actuación municipal. Sin embargo, no fue la primera vez que la ciudad «se alzó» con la cuestión medioambiental como telón de fondo.

De hecho, en el siglo XIX se produjo otro significativo episodio con un único árbol como protagonista. No, no imaginen una especie autóctona, o de aquellas que confieren su apariencia reconocible a Sevilla, pues se trataba de un zapote.

Originario de América Central, a este árbol se le conocen propiedades que favorecen la relajación (de hecho en le lengua azteca, significa «que induce el sueño»), analgésicas, hipnóticas, antipiréticas y anticonvulsivas. Pero no fueron estas bondades las que empujaron a diversos sectores, con el periodista e historiador Joaquín Guichot y el bibliófilo Henri Harrisse a la cabeza, a defenderlo, sino precisamente su trayectoria. El símbolo del pasado colombino que resultaba ser.

Árbol de Indias

Y es que este ejemplar fue plantado en Sevilla recién estrenado el siglo XVI. No fue el único, pues hay otro que se mantiene en el Monasterio de La Cartuja (en la foto que abre este reportaje), en la Hacienda Torre de Doña María, en Dos Hermanas, y un último junto a las ruinas del ex convento de San Juan de Morañina, en la localidad onubense de Bollullos Par del Condado. Todos de la misma época según la tradición.

Capilla del Rosario de Los Humeros / Jesús Spínola

Lugar aproximado donde se encontraba el zapote colombino, en la actual calle Torneo / Jesús Spínola

Pero, ¿dónde se encontraba el que da pie a este relato? «En la culminación de los que hoy llamamos Cuesta de San Laureano Rafael Laffón, remontando el río aguas arriba, don Hernando poseía casa, librería insigne y huerto para su regalo. Y en éste el zapote tomaba carta de naturaleza, poco antes de alcanzarse lo que en nuestros días resta de la iglesia conventual de San Antonio», explica Rafael Laffón en su «Sevilla del buen recuerdo».

Por librería insigne se refería a la Biblioteca colombina, hoy reubicada en la Catedral, pues el tal Hernando no es otro que Hernando Colón, hijo del descubridor.

En 1526 adquiere la zona de fértiles huertas, construyendo allí el complejo antes citado, muy cerca de la Puerta Real, y situando en lugar preeminente al zapote, dentro de todo un jardín botánico arbóreo.

De hecho, Colón, que arrendó la huerta, se reservó la potestad de pasear por ella cada vez que gustase. «De ella pretendía un ocioso disfrute estético de extremo refinamiento, hallado en ver crecer y madurar la naturaleza, pero sin lucrarse de sus frutos», aclara Alfonso del Pozo y Barajas en «El arrabal de Los Humeros».

Hacia el final

Con los siglos, la finca fue pasando por distintos propietarios y menguando en su extensión, mientras que iban erigiéndose el Colegio de San Laureano, la capilla del Rosario y las conexiones por ferrocarril, con la consiguiente reordenación urbana, o mejor dicho, urbanización del lugar.

Los tranvías del siglo XX avanzaban por La Puerta Real hacia San Laureano

Los tranvías del siglo XX por La Puerta Real

Hablamos de mitad del siglo XIX, cuando eran los Pickman los dueños de las antiguas huertas, constantemente tentados a edificar para favorecer el nuevo trazado. Tanto es así, que era el zapote, junto con algunos metros a la redonda, lo único que recordaba al pasado americanista, llegando a figurar como topónimo en el plano de Sevilla.

En una visita a la ciudad, el historiador francés Henri Harrisse, resumió con romanticismo esa situación de la siguiente manera: «solo queda de aquella huerta celebrada por tantos escritores del siglo XVI, hoy 24 de Mayo de 1871. un árbol exótico, un zapote hermosísimo. Que dentro de algunos meses, mañana quizá caerá herido por el hacha destructora. Y la ciudad de Sevilla, indolente al recuerdo de aquellos ciudadanos que mas honra le dieron, verá desaparecer, sin fijar en ello su atencion, ese postrer vestigio de una época en que las letras y las virtudes cívicas florecieron y fueron honradas en Andalucía».

Eso sí, en este caso también había detractores del vegetal, tal vez herederos de las antiguas leyendas y supersticiones por lo foráneo y desconocido. El propio Rafael Laffón lo recordaba así de su niñez: «La imaginación sevillana inventaba mitos. Cuántos pajarillos llegaban a guarecerse al zapote perecían bajo su efluvio asesino. Insidioso, descubría, aflorando a la tierra negra, sus horribles rizomas retorcidos, agarrándose al tronco como nudos disformes de víboras de piel verde y gris».

Implicación social

Cuanto más acechaba la piqueta, más numerosas eran las ideas para su preservación, llegando incluso a plantearlo como monumento histórico per sé, delimitado por una conveniente verja, y como parte de un conjunto más ambicioso, unos jardines públicos en honor a Hernando Colón, que contaría con su estatua, y un pabellón «de hierro y cristal» que albergase el Museo Arqueológico.

El Patio del Colegio de San Laureano, espacio que una vez fue parte de la huerta de Hernando Colón / Millán Herce

El Patio del Colegio de San Laureano, espacio que una vez fue parte de la huerta de Hernando Colón / Millán Herce

Detrás de todo se encontraba Joaquín Guichot, más comprometido que nunca con la causa al acercarse el IV Centenario del Descubrimiento de América.

Incluso el propio Consistorio quiso preservarlo, tratando de adquirir sin éxito el espacio que ocupaba a Balbontín y Orta, los nuevos propietarios. Así, en 1902, «cuando la autoridad municipal iba a impedir, por medio de sus guardias, que fuese tocado el árbol, en una madrugada fue destruido por operarios de los dueños y arrasado el sitio que ocupaba», recoge el libro «El arrabal de Los Humeros», con la consiguiente desazón para sus adeptos.

La historia, por tanto, se repite, aunque varíen las motivaciones y el contexto. Curiosamente, después llegaron nuevos zapotes, como los que se pueden contemplar en la calle San Juan de Ribera, frente al Parlamento, o en el Parque de Blanco White. Recuerdos involuntarios de la era del Descubrimiento.