Nunca un apellido levantino sonó tanto a Sevilla. La saga de los Font es todo un referente compositivo de los albores del siglo XX, que toma especial relevancia en la figura de Manuel Font de Anta por su contribución, aunque no exclusiva, a las partituras cofradieras.

Para muchos, el himno de la capital hispalense suena siempre detrás de un palio. La marcha «Amarguras», de 1919, es la creación más reconocible de este músico nacido hace hoy 125 años. Al menos sobre el papel.

Pues aunque la partitura muestra únicamente la firma del protagonista de esta historia, un reciente reportaje de Javier Macías descubrió el talento creador de su hermano José, que se retiró de la escena artística tras el fatal desenlace.

La cárcel del Pópulo en los años 30 / Archivo

La cárcel del Pópulo en los años 30 / Archivo

La familia sublimó la figura de Manuel, fusilado en Madrid. Sin embargo, todo apunta de que se trataba de un trabajo al alimón de dos músicos de excepcional sensibilidad, incluso con mayor peso de José, a cuyo nombre aparecen registradas las marchas.

Más allá de la controversia, las composiciones de los Font de Anta sorprenden por su atmósfera. Por ser capaces de llevar a quien las escucha, por ejemplo, a la época de la Cárcel del Pópulo, hoy calle Pastor y Landero y Almansa.

En «Soleá dame la mano», retratan esa Sevilla tradicional y de contrastes de los años veinte.

El episodio, hoy ya leyenda, del preso que cantaba una desgarradora saeta a la Esperanza de Triana da esencia a la marcha, que completa una profusa trayectoria en lo que a lo procesional se refiere.

Partitura diversa

Sin embargo, Manuel Font de Anta fue un músico multidisciplinar. Se prodigó en Suites para piano, como la que dedicó a la ciudad de Cádiz y a su colega Manuel de Falla, en sinfonías y en rapsodias como la «Americana», dedicada a la Exposición de 1929.

Conoció de primera mano el continente, pues dedicó una etapa a ofrecer conciertos en América. Muchos de ellos como director de la orquesta del Teatro Mayor de Buenos Aires.

Por ello, y por su sentimiento hacia Sevilla, puso música a la inauguración de la plaza de España, con un pasodoble que evidenció sus dotes para la música castiza.

Inauguración de la Plaza de España, acto en el que participó Manuel Font de Anta con un pasodoble

Inauguración de la Plaza de España, acto en el que participó Font de Anta con un pasodoble

De hecho, Manuel Font de Anta está considerado como uno de los padres de la primera copla andaluza, esa que empezaba a distanciarse del clásico cuplé.

Pastora Imperio entonó su «Torre de Sevilla» y Amalia Molina dio voz a «La guasa que tiene». Son sólo algunos títulos entre decenas, sobresaliendo «La Cruz de mayo», como recordó Antonio Burgos en «El otro Font de Anta».

La versatilidad le vino por su padre, Manuel Font Fernández, el primer director de la Banda Sinfónica de Sevilla, cargo que mantuvo durante dos décadas y que compaginó con la creación de zarzuelas o pasodobles.

Pero también por la formación musical que le impartieron los Maestros de capilla de la Catedral, y que completó con el también sevillano Joaquín Turina.

Inmediato reconocimiento

Font de Anta murió en 1936. Apenas cuatro años después, el Ayuntamiento de Sevilla decidió rotular una calle en su honor, siendo el primero de los grandes compositores cofradieros en «hacerse» un hueco en el nomenclátor. Las calles Maestro Tejera, Antonio Pantión o Manuel López Farfán, por ejemplo, llegarían décadas más tarde.

Rótulo, a base de cerámica sevillana, de la calle Manuel Font de Anta / Fran Pîñero

Rótulo, a base de cerámica sevillana, de la calle Manuel Font de Anta / Fran Pîñero

La vía une Jesús del Gran Poder con Flandes. Aunque pudiera pensarse que la elección del enclave, en pleno San Lorenzo, se debió a la evidente vinculación del barrio con la Semana Santa, lo cierto es que la entonces calle Panecitos fue la que vio nacer al músico. El rótulo se dispuso justo sobre la fachada de la antigua casa familiar.

Como curiosidad, la ceremonia se celebró el 25 de diciembre, a las 15 horas. La ciudad quería así homenajear al que, sin saberlo, terminaría dándole su himno oficioso. Tal vez en solitario, tal vez junto a su hermano José. Pero eso ya es otra historia.