El pasado, el presente y el futuro de la Hermandad de la Expiración, vulgo del Museo, se escribe, principalmente, entre cuatro paredes. Las mismas que desde el 12 de mayo de 1613 acogen a la antigua Cofradía de la Expiración, después de haber permanecido más de una treintena de años en el interior conventual. En esa fecha fue firmado el documento que marcó para siempre la historia de esta Corporación Nazarena. La comunidad mercedaria cedió entonces a la Hermandad un solar de 75 pies de largo por 25 de ancho ubicado en el compás del Convento Casa Grande de la Merced, hoy Museo de Bellas Artes, en el que construyó a su costa la Capiilla y dependencias para la Hermandad, a cambio de 800 ducados. Cuatro siglos después, aquel hecho histórico ha merecido la concesión de un Año Jubilar por parte de la Santa Sede.

Desde la firma del documento de cesión, la historia del inmueble ha sido la propia de la Hermandad, no pudiéndose entender la una sin la otra. Durante sus dos primeros siglos de historia, la sede canónica de la Hermandad de la Expiración mantuvo una fisonomía muy similar. «La Capilla fue en principio un lugar dedicado especialmente a la oración diaria ante los Sagrados Titulares o la celebración de los cabildos. Los cultos principales y la salida de la Cofradía se hacían en y desde la Iglesia del antiguo convento, a la que se accedía a través de una puerta trazada en el paramento donde hoy se apoya el retablo de nuestros Sagrados Titulares; un arco que comunicaba con la antesacritía», explica Fernando Azancot, antiguo Hermano Mayor e investigador de la historia de la Hermandad en el Anuario que edita la Hermandad del Museo.

Interior de la capilla del MuseoDesde 1985, Azancot lleva estudiando los pormenores de la historia de la Hermandad de la Expiración o del Museo, y en especial la de la Capilla, a fin de arrojar luz a hechos del pasado sobre los que existían versiones erróneas o estimaciones que no estaban debidamente documentadas. Sus investigaciones en torno a la sede canónica comenzaron tras la gran reforma que sufrió el inmueble durante el mandato de Juan Antonio Campos Camacho como Hermano Mayor.

Su trabajo de investigación, al que le está dando los últimos retoques, pronto podría ver la luz. Abarca desde la fundación de la Hermandad al siglo XX, en concreto hasta el final del mandato de José Carlos Campos Camacho como Hermano Mayor, circunstancia elegida para terminación de su estudio en razón de que durante el periodo analizado, coincidente con su adscripción a la Hermandad, estuvo ausente de Sevilla por motivos profesionales, y «esa lejanía», reconoce, le otorgaba «cierta objetividad» para investigar. Al final del siguiente mandato, el de José del Río, regresó a Sevilla, y al poco fue requerido para que se incorporara a la Junta de Gobierno a instancia del que fuera Hermano Mayor, José Antonio Gentil Palomo. Pese a ello, su obra ha nacido con vocación de continuidad a llevar a cabo por las futuras generaciones: «El pasado nunca se cierra», asegura.

Según se desprende de su análisis, la Capilla presentaba en su etapa inicial un aspecto sensiblemente distinto al actual. Entonces, en su interior existían los siguientes altares: el Mayor, que mostraba un retablo de estilo barroco que cobijaba al Cristo de la Expiración y los Evangelistas de Francisco Antonio Gijón, tal como puede comprobarse en un grabado de Matías de Arteaga, de 1.700, conservado en la Biblioteca Colombina con la conocida obra del Abad Gordillo; los otros tres altares con sus correspondientes retablos estuvieron presididos uno por el cuadro de «La Resurrección del Señor», de Murillo además de un San José en un trono de ángeles, salido de la mano del antes referido escultor utrerano, y los otros dos por un «San Miguel Árcangel» y «La Oración en el Huerto», ambas obras de Francisco Varela. Es muy posible, por lógica, que existiera un quinto altar ocupado por la primitiva Virgen Dolorosa de la Cofradía también tallada por Gijón, según se conoce documentalmente.

Así, prácticamente se mantuvo hasta el año 1810, en que las tropas napoleónicas invaden Sevilla, ocupando el Convento, y haciendo mella en la Capilla de la que sustrajeron sus piezas más valiosas, salvo las Imágenes titulares y los Evangelistas que se salvaron porque se trasladaron a tiempo a la Parroquia de San Vicente. La principal obra saqueada por los soldados del Mariscal Soult fue el óleo de Murillo, cuyo destino iba a ser el Museo Napoleónico de París, pero que finalmente no llegó a cruzar la frontera al ser interceptado en Vitoria y devuelto a Madrid donde el gobierno dispuso que pasara a engrosar la colección de el Museo de El Prado, que lo depositó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en una de cuyas salas se expone desde 1813. Además de la desaparición de los cuadros de Varela, sustrajeron incluso las losas de mármol de Génova del suelo de la Capilla para pavimentar las habitaciones que el Mariscal Soult se reservó en el Palacio Arzobispal.

La Invasión Napoleónica, y la posterior Desamortización de Mendizábal de 1835, fueron causa de que el inmueble adoptara una configuración bastante semejante a la que ha llegado hasta nosotros. Exclaustrados los frailes mercedarios de su Convento, convirtieron la Capilla, durante unos años, en su lugar de culto y oración. Los religiosos incorporaron a la Capilla algunos enseres e imágenes que conservaban en su antigua casa, tales como la Merced Comendadora, atribuida con mucha propiedad a Montes de Oca -que hasta el terremoto de 1.755 estuvo situada en el coro de la Iglesia, hoy Sala Murillo- , la Virgen del Rosario y el Jesús atado de la Columna, ambas esculturas también atribuidas a Jerónimo Hernández, o el San Ramón Nonato, imagen de candelero cuya cabeza se dice que es de Juan de Mesa, Santa Ana con la Virgen Niña, del círculo de Felipe de Rivas, etc.; obras de arte que devolvieron a la sede de la Hermandad de la Expiración parte del esplendor cegado por los franceses de Napoleón. También se integraron en el inmueble las dos capillas angulares y laterales del crucero de la Iglesia, una adaptada para sacristía y la otra para Sagrario.

La exclaustración trajo también como consecuencia la imposibilidad de salir la Cofradía de la Iglesia tal como solía, debido a su cierre, y al impedirlo la estrechez de la puerta de la Capilla que daba al antiguo compás conventual, de modo que se vio obligada a realizar su Estación de Penitencia con cierta irregularidad, bien desde el Convento de la Asunción, de madres mercedarias, situado frente a su sede, o en otras ocasiones desde la Iglesia de San Antonio Abad. Esta situación, que llevó a la ausencia en sucesivos Viernes Santos, con el paso de los años obligó a la Hermandad a realizar las obras oportunas para ensanchar y alargar dicha puerta, hecho que se produjo en 1883. Años antes, se había reestructurado la fachada del Convento para adaptarlo a Museo de Bellas Artes, y derribado los muros del compás lo cual dejó visible el frente de la Capilla, tal y como luce en la actualidad. Tembién se eliminaron los restos del edificio que ocupaba el noviciado mercedario, en cuyo solar trazó Balbino Marrón la actual Plaza del Museo, el año 1.846, luego reformada en 1.860 para situar la estatua de Murillo.

Fachada del MuseoDurante el siglo XX se acometieron diversas y continuadas reformas. Por ejemplo, el exterior del templo se embelleció en 1964 con la colocación del retablo cerámico que preside la fachada, debido a Antonio Morilla, y marco diseñado por el tallista Guzmán Bejarano, rematado por una corona de hierro de Pablo Aguilucho. No obstante, las más notables obras fueron las realizadas a partir de la década de los setenta. En primer lugar y concretamente en el mandato de José Carlos Campos Camacho como Hermano Mayor, se llevaron a cabo las de la primera Casa de Hermandad, consolidando y remodelando para este fin las antiguas dependencias anejas a la Capilla. Posteriormente, en la década de los ochenta, durante el mandato de Juan Antonio Campos Camacho, y bajo la dirección de José Núñez Castain, hermano y arquitecto, se realizó la magnífica reforma y rediseño que reorientó y transformó la Capilla, dejándola tal como hoy la conocemos. También se recuperó el solado de mármol como un a modo de reivindicación tras el hurto de las losas de mármol de Génova que se llevaron consigo la soldadesca francesa.

Continuo afán de mantenimiento y embellecimiento del templo que ha tenido su colofón durante el mandato de Javier Sobrino Toro con las notables trabajos de embellecimiento practicados en la sacristía, vestíbulo, y dependencias de la planta baja y alta de lo que fuera casa de hermandad hasta la adquisición y obra de adecuación del inmueble de calle Bailén, en los mandatos de Miguel Ángel Pérez de los Santos y Manuel Nieto Pérez. Contemplamos, pues, un tracendental y continuo proceso que, como dijimos, arranca en la contemporaneidad de la década de los setenta para proseguir luego, como quien dice, hasta nuestros días. Esta imagen de continuidad es lo que más resalta en la ya larga historia de la Hermandad desde su expolio en 1810 y posterior reorganización el año 1825, hasta nuestros días, causa del sobresaliente enriquecimiento de su patrimonio.

A la hora de repasar las páginas de la historia de la Hermandad de la Expiración y su Capilla, Azancot destaca un personaje fundamental en sus cuatro siglos de existencia: Francisco Javier de Peralta, Hermano Mayor que fue en una época muy difícil para las hermandades: la que corresponde a la Ilustración. «El mundo ilustrado tenía por pretensión acabar con todo aquello que supusiera una rémora al avance de la razón; se consideraba a las cofradías y otras asociaciones como los gremios, signos arcaicos de una época oscura y decadente. El rey Carlos III, símbolo del regalismo en boga, exigió por ley que todas las corporaciones, hermandades y gremios presentaran sus Reglas para comprobar que estaban establecidas legalmente, y a fin de ahormarlas a las normas civiles en todo aquello que no fuera competencia de la jurisdicción eclesiástica, actividad normativa que se desarrolló en un periodo de clara intromisión del Estado en la Iglesia», explica Azancot.

Detalle del Plano de la CapillaDurante su mandato, una de las primeras primeras Hermandades de Sevilla que presentó su Regla el año 1.783, recién promulgada la real provisión, fue la entonces conocida como Expiración de la Merced. Tras pasar por el Consejo de Castilla, el rey la aprobó. Gracias a ello, y como consecuencia del hecho de estar reconocida civilmente, no le afectaron las medidas desamortizadoras, ni la exclaustración que sufrió el Convento de la Merced, y las Hermandades que se encontraban acogidas en el mismo, como las de Pasión y el Santo Entierro. Además, con los años pudo redimir el censo, por lo que pasó al disfrute del pleno dominio del inmueble en el 1.873.

 Francisco Javier de Peralta también jugó otro papel fundamental: fue el Hermano Mayor que recuperó el título de Aguas como advocación de la Virgen, ya que la Hermandad al llegar al Convento se fusionó con una que existía en su interior, que tenía por titular a la Virgen de las Mercedes. Así se mantuvo hasta 1771, año en el que surgieron ciertas desavenencias con la Orden de la Merced a causa del montaje de los pasos en la Iglesia conventual. Peralta hizo valer el convenio existente desde 1.600, que permitía tal operativo. Dada la resistencia encontrada, basándose en la Regla de 1575, a más de retomar el primitivo título mariano de las Aguas, encargó a Cristóbal Ramos, el año 1772 -sin que esté documentada esta fecha-, la hechura de la inefable imagen de la Virgen que hasta hoy día es Sagrada Titular de nuestra Hermandad. Nada se sabe del paradero de la anterior Titular, aquella Dolorosa de las Mercedes que junto con los Evangelistas y el paso, que tallara Francisco Antonio Gijón, formaban parte de los bienes que figuran en el inventario elaborado por un fraile mercedario en 1732, que se conserva en la Biblioteca Colombina. Celestino López Martínez apuntó que pudo pasar como titular de la Hermandad de Pasión, ya que dicha cofradía -al igual que el Santo Entierro- que tuvieron en el interior del Convento su sede canónica.