La inagotable herencia patrimonial de Sevilla obsequia siempre a quien la observa con nuevos rincones, con nuevos detalles. Buena cuenta de ello da la histórica, social y artística Plaza de San Francisco.

Desde la evidente inconclusión de la fachada del Ayuntamiento, a la duplicidad de la estatua de Mercurio (en esta fuente y en el estanque del Alcázar), pasando por la presencia de Grace Kelly en uno de los tondos platerescos del Consistorio o la inspiración cervantina para localizar en ella un escenario de «Rinconete y cortadillo».

¿Se sorprendería al saber que hay una cruz de piedra en el recinto?,¿la distingue?.

Tres siglos, dos cruces

Para encontrarla, hay que dirigirse a la zona del Arquillo y allí, visible pero encajonada y mimética, hallará la escultura.

Como si no quisiera exhibirse del todo, en especial si se compara con la evidencia de la Cruz de las Culebras, en el Salvador, la Cruz de San Jacinto o la «Santa Cruz» de Cerrajería, la que remata la construcción de Diego de Riaño es símbolo de un pasado que no lo es tanto: la Inquisición.

Por su ubicación, la Cruz de «Las Siete Cabezas» no siempre es observada por quien transita la Plaza de San Francisco / Fran Piñero

Por su ubicación, la Cruz de «Las Siete Cabezas» no siempre se observa por quien transita la Plaza de San Francisco / F. Piñero

Ese es el apelativo por el que se conoce al crucifijo, compartido con el de «Las siete cabezas», en referencia al número des querubines que se distribuyen a lo largo de este pétreo «madero» que simula lo arbóreo… desde 1903.

No obstante, la cruz integra la intersección de la Sala Capitular con el Arquillo desde 1703, y no precisamente para servir como recuerdo del extinto Convento Casa Grande de San Francisco, sino como indicio del último auto de fe celebrado en la plaza.

Inicialmente, la escultura era lisa, sencilla, pero al no encajar con la estética plateresca se optó por cincelar una nueva, añadiéndosele los motivos vegetales y celestes ya referidos.

Lugar donde sobresalía el Balcón de Morel / F.P.

Lugar donde sobresalía el Balcón de Morel / F.P.

El cambio del crucifijo no fue el único que experimentó este rincón, especialmente con la reforma de Demetrio de Los Ríos en el siglo XIX.

Para empezar, la escultura la flanqueaban dos puertas, mientras que una de ellas se convirtió en ventanal, la que daba acceso a la Sala de los Fieles Ejecutores de la Justicia Real (el crucifijo también se conoce como «de los Ejecutores»).

Y, lo más vistoso, llegó a haber un balcón de forja sobre la Sala Capitular, que hoy es fachada «lisa», realizado por el autor del Giraldillo, Bartolomé Morel.

El fuego del Santo Oficio

Sin embargo, lo que la cruz representa es el último auto de fe celebrado en la plaza de San Francisco, no en toda la ciudad. Hubo que avanzar hasta prácticamente el final el siglo XVIII para ver el fin de las ejecuciones.

El último caso de muerte en la hoguera, por ejemplo, se produjo en 1781 y tuvo como paradójica protagonista a una monja a la que se acusó de intensa herejía, como «demostraron» las 157 páginas de su sentencia.

Entre la Sala Capitular y el Arquillo del Ayuntamiento se encuentra la Cruz de la Inqusición / Fran Piñero

Entre la Sala Capitular y el Arquillo del Ayuntamiento se encuentra la Cruz de la Inqusición / Fran Piñero

El «Quemadero» se encontraba en el Prado de San Sebastián, lugar al que llegó la anciana y ciega «Beata Dolores», nunca retractada de defender el molinosismo, doctrina del místico Miguel de Molinos.

Sevilla, por tanto, tuvo el poco honroso honor de ser el último lugar de España (y el primero, justo 300 años antes) en desarrollar una ejecución inquisitorial con fuego.

La «otra» cruz de la Inquisición / Casa Guardiola

La «otra» cruz de la Inquisición / Casa Guardiola

Valencia podría el epílogo, por horca, durante la Década Ominosa, cuando los tribunales se conocían como Juntas de fé.

La llegada al trono de Carlos IV, en el último tercio de la centuria, supuso una importante búsqueda del progreso social, pareja a una pérdida de privilegios de la Aristocracia y, sobre todo, la Iglesia.

Pero el fin de la Inquisición llegaría con José Bonaparte y, con carácter definitivo, con la Regencia de María Cristina. En 1834 se firmó el Real Decreto de su abolición.

La Cruz del Arquillo no sólo no se retiró, sino que fue renovada 70 años después, y restaurada del vandalismo en 2008.

Además, existe una segunda cruz, prácticamente réplica, adquirida por el Conde de Aguiar, Andrés de Parladé, que puede contemplarse en uno de los patios de la Casa Guardiola. Entonces palacio del noble. Hoy lugar de celebración de eventos.