Sevilla ve en rojo el 30 de mayo en su almanaque por San Fernando, patrón de la ciudad. El rey castellano arrebató la antigua Isbiliya, la Híspalis mora, a quien era el emir de Niebla, Amen Amanfon, tras casi dos años de asedio. Pero ¿qué referencias dejó por su paso por la capital tras sus 51 años de vida?

Se llamaba Fernando III, Rey de Castilla. Como ha ocurrido con multitud de personajes históricos, era sevillano de adopción ya que, si bien nació en Peleas de Arriba (Zamora), fue a morir a Sevilla, después de haberla reconquistado. Hijo de Alfonso IX, Rey de León, y de Berenguela I, Reina de Castilla, fue quien unificó ambos reinos. Durante 24 años de guerra incesante, recorrió el valle del Guadalquivir obligando a retroceder a los reinos musulmanes.

San FernandoUn año y tres meses de asedio, con la protección divina de la Virgen de los Reyes, hasta expulsar a los musulmanes. Para ello, aprovechó su río para infligir una herida de muerte al reinado califa. Fernando III de Castilla encargó a Ramón de Bonifaz la construcción de una flota para tomar Sevilla. Trece barcos traídos de Cantabria, acompañados por galeras, subieron la corriente del río por Sanlúcar de Barrameda, hasta llegar a Isbiliya, donde la flota musulmana era superior en número.

Bonifaz envió refuerzos terrestres y consiguió la victoria en el río Guadalquivir, impidiendo así la llegada de barcos procedentes del Norte de África. Empezaba, un 20 de agosto de 1247, el asedio terrestre a Sevilla.

… y el Puente de Barcas se rompió en dos

No era una tarea fácil. Refuerzos de Amen Amanfon no cesaban de llegar desde San Juan de Aznalfarache, aprovechando el puente de barcas para atravesar el río. Un puente que llegaba, según las crónicas, desde la Torre del Oro hasta el actual castillo de San Jorge. Fernando III decide romper las fuertes cadenas que aguantaban las barcas, cortando, así, las dos vías de comunicación fundamentales musulmanas: el río y el puente.

Así lo cuenta Ortiz de Zúñiga: «el Rey Santo, que en persona con el Infante Don Alfonso, seguidos de lo mas gallardo de sus tropas, se avanzaron por la parte de la Torre del Oro contra los Moros del Arenal para retirarlos á la ciudad, y hacer por tierra escolta al Almirante, que acabando de deshacer el puente, como es de entender, volvió á salir salvo con sus dos naves, á que sin duda amaynando las velas, luego que executo el violento y feliz choque, y volviendo las proas hácia la torre del Oro, salia tan aplaudido de los vítores alegres de los Christianos, como de los funestos lamentos de los Moros, que miraban cortada la garganta al cuello de su esperanza…».

Meses después, un 23 de noviembre de 1248, el emir Axataf capitulaba y entregaba las llaves de la ciudad a Fernando III. El Rey Santo ponía fin al dominio árabe. Los autores de la reconquista, Rey Alfonso X, el obispo don Remondo, el almirante Ramón Bonifaz y Garci Pérez de Vargas, acompañan a San Fernando en su estatua situada en la Plaza Nueva de Sevilla.

La futura Giralda, intocable

En el asedio también se encontraba el hijo de Fernando III, Alfonso X, que envió misivas a la ciudad amenazando con pasar a cuchillo a sus habitantes si se derribaba una sola teja de la mezquita o un solo ladrillo de su alminar, la futura Giralda. Y así, fue. Tanto fue el miedo que el mensaje generó en la población que la construcción almohade resultó indemne.

La Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla

Fernando III, que propagó la devoción a la Virgen María allá por donde pasara, llevaba consigo siempre una imagen de Nuestra Señora, como protectora en sus batallas. Cuenta la leyenda que, en sueños, se le apareció la Virgen y mandó hacer una talla de su visión, que le acompañó en la Reconquista. Era la Virgen de los Reyes.

En agradecimiento a Dios, mandó construir sobre la mezquita de Sevilla el mayor templo católico de la Cristiandad. Allí sería enterrado, tras su muerte el 30 de mayo de 1252. Y allí reposan, desde entonces, incorruptos sus restos, en una urna labrada por Laureano de Pina que se abre el día de su festividad para que los sevillanos acudan a rendir pleitesía al Rey Santo que recuperó su ciudad del yugo musulmán y que, además, trajo consigo a su protectora, Patrona de la Archidiócesis, la Virgen de los Reyes.

Cuerpo incorrupto de San Fernando

Descanso en la Catedral

A su muerte, el cadáver del rey Fernando III el Santo recibió sepultura en la Catedral de Sevilla, tres días después de su defunción. El monarca había dispuesto en su testamento que su cadáver recibiese sepultura al pie de la imagen de la Virgen de los Reyes, que se supone le fue regalada al monarca por su primo, el rey San Luis de Francia, y había ordenado además que su sepultura fuera sencilla, sin estatua yacente.

No obstante, tras la muerte del rey, su hijo Alfonso X ordenó realizar los mausoleos de sus padres, revestidos de plata, y las efigies sedentes que les representaban, recubiertas de metales preciosos y piedras preciosas, contraviniendo así el deseo de su padre. Delante de la imagen de la Virgen de los Reyes, donada por Fernando III el Santo a la Catedral de Sevilla, fueron colocadas las efigies de Fernando III y de su primera esposa, la reina Beatriz de Suabia, que aparecían vestidos, sentados en sillones chapados de plata y bajo baldaquinos de plata dorada.

Ese descanso se ve interrumpido cada 30 de mayo, festividad de San Fernando y aniversario de su muerte, cuando su cuerpo incorrupto se expone para ser venerado por los sevillanos. La Catedral acoge un acto religioso entre los cabildos catedralicios y municipal, con laúdes, y se procesiona hasta la imagen de la Virgen de los Reyes y la urna de San Fernando, realizando una oración litúrgica, regresándose al Altar Mayor para realizar la misa.