Ayer se hacía efectiva la reubicación, en la zona aledaña a la biblioteca Felipe González, de las farolas que alumbraron las plazas del Pan, Pescadería y Alfalfa durante el proyecto de la «piel sensible», en la era Monteseirín, y que fueron retiradas el pasado mes de febrero.

Este cambio, basado fundamentalmente en razones de estética, se suma a una larga lista de «mudanzas», protagonizadas por elementos ornamentales o de mobiliario urbano que hoy identificamos con un lugar, pero que no siempre estuvieron allí.

Cruz de forja de la plaza de Santa Cruz / Pepe Ortega

Plaza de Santa Cruz / Pepe Ortega

La más llamativa, a la par que desconocida, es la historia de la cruz de forja que corona la plaza de Santa Cruz. Aunque pudiera parecer que el barrio recibe su nombre a partir de este ornamento, o viceversa, el crucifijo no llegó allí hasta los años 20.

Su emplazamiento original fue la confluencia de la calle Cerrajería con Sierpes. De hecho, integra unas serpientes que aluden a esa histórica ubicación, que se prolongó desde su creación en 1692, hasta mediados del siglo XIX.

Por su parte, en la plaza lo que existía era un templo, homónimo, en el que se encontraban los restos de Murillo. Tras el derribo de la iglesia, todo apunta a que sus cenizas fueron esparcidas por el lugar, según atestigua una placa conmemorativa.

Otro crucero que no siempre estuvo en su actual localización, pese a conformar una perfecta armonía, es el de la barreduela de Santa Marta, anteriormente humilladero en el Hospital de San Lázaro.

O la Cruz de las Culebras, que se encontró en el antiguo cementerio de la iglesia del Salvador, en un primer momento, y en el centro de la plaza después, hasta que fue retirada por el asistente Olavide, en el siglo XVIII, por impedir el tráfico fluido de peatones y carruajes.

No se alejó mucho. Hoy luce en la gran hornacina que tiene el templo en el límite con la calle Villegas, justo encima del rótulo de dicha vía.

Pero, sin duda, el elemento que más veces ha cambiado de emplazamiento es la Pila del Pato. Hasta 5 veces en sus 200 años de historia. Así, la fuente ha pasado por la plaza de San Francisco, la Alameda de Hércules y el Prado de San Sebastián.

Hoy es símbolo de la plaza de San Leandro, a la que da nombre popularmente, a donde llegó en la década de los 70, y poco a poco va recuperando su antiguo esplendor. Al menos el pato que la define.

La fuente conocida como «Pila del pato», en el centro de la plaza de San Francisco

La fuente conocida como «Pila del pato», en el centro de la plaza de San Francisco

Estrechamente relacionada con esta tenemos la fuente de Mercurio, con la que se establece una curiosa historia de sucesiones. Situada en el centro de la plaza de San Francisco en 1576, aunque con una efigie del dios mitológico distinta de la actual, la fuente fue desmontada en 1833 con motivo de la remodelación del espacio a manos del asistente Arjona.

La Pila del Pato se creó como su «sustituta», colocándose en 1850 en el lugar frente al actual edificio del Banco de España, donde permaneció durante 35 años. Mientras tanto, Mercurio pasó a los Jardines de las Delicias y a los Reales Alcázares.

No sería hasta 1974 cuando se crea la fuente que las últimas generaciones de sevillanos asocian como «la de la plaza de San Francisco», y cuando volvió la estatuilla a coronarla.

Estatuas «itinerantes»

El ámbito escultórico en Sevilla ha sido centro de diversas «mudanzas». La más reciente y comentada, por haber permanecido durante varios años en el interior del recinto de la Casa de las Sirenas, sin apenas visibilidad, es la del monumento a Manolo Caracol.

El monumento a Mozart en su antiguo emplazamiento

El monumento a Mozart en su antiguo emplazamiento

Situado en su actual ubicación, en el arranque de la calle Calatrava, junto a la Niña de los Peines y Chicuelo desde el año 2009, la estatua se situó inicialmente en la otra punta de la Alameda de Hércules, a los pies de las dos columnas «Sur», en 1990.

Hace diez años se modificó la situación del monumento a Mozart, hasta entonces en el bulevar que desemboca en la Torre del Oro, para integrarlo en los Jardines de la Caridad, remodelados y abiertos a los sevillanos.

Con ello se buscaba asegurar la integridad de la obra, blanco de continuados actos vandálicos, si bien sigue estando a pie de calle.

Poco legado de la Expo 92 ha quedado fuera «de sus fronteras». En ese sentido cabe destacar la estatua de «Hércules con dos leones y columnas», obra de José López-García Seguiri, ornamento del antiguo Pabellón de Andalucía.

En 2007, tras una necesaria restauración, fue reubicado en los jardines del Parlamento de Andalucía. Paradójicamente, en ese espacio existió un monumento al Doctor Fleming que se retiró por obras en la zona verde, y que no volvió a su lugar.

Otros elementos

Tampoco la arquitectura de Sevilla se ha librado de sustanciales cambios. La portada barroca del Museo de Bellas Artes, anteriormente convento de la Merced Calzada de la Asunción, siempre formó parte del edificio, pero con matices.

Fue diseñada para revestir la entrada al cenobio por la calle Bailén, pero tras convertirse en centro expositivo, a mediados del siglo XIX, se optó por presentarla en la plaza principal.

Las cigüeñas anidan en el Puente de Alfonso XIII

Las cigüeñas anidan en el Puente de Alfonso XIII

Por último, un traslado de lo más controvertido, por lo simbólico de la construcción y por lo incierto de su destino, fue el del Puente de Alfonso XIII.

Tras quedar inútil y ser retirado del cauce del Guadalquivir, en 1997, se colocó, despiezado, en el muelle de las Delicias. Sobre la mesa figuraba un proyecto de reutilizar el puente como pasarela a la altura de San Jerónimo, pero nunca llegó a materializarse.

En agosto de 2003 se reconstruyó, pero se situó en los terrenos del Puerto de Sevilla, a la espera de una «nueva vida» que no parece llegar.