Como cada año, en especial en los más recientes, la avenida de la Constitución vuelve a convertirse en hervidero de visitantes que buscan sorprenderse con la «piel» de Navidad que presenta en cada «edición».

Tanto la época como la imagen que abre este texto son especialmente significativas por integrar todos los elementos que han definido esta importante vía a lo largo de los siglos. La luminosa pompa, el gentío, el transporte que se abre camino y, como en todo, algunos puntos en sombra.

4 espacios, 14 nombres

Buscar el origen de la avenida no es sencillo. Sus incesantes transformaciones y cambios toponímicos, siempre con el comercio o la política como razón de ser, influyen.

Respecto a su nombre, surge en 1980. Hasta entonces, eran secciones perfectamente delimitadas y que respondían a distintos rótulos. Salvo en la época de la Segunda República, cuando todo el conjunto recibió el nombre de avenida de la Libertad, así como de la Libertad era la Plaza de San Francisco.

Del Arquillo del Ayuntamiento a Alemanes se conocía como Génova, por la presencia de italianos de dicha región desde el siglo XIII, hasta que, a finales del siglo XIX se «rebautizara» como de Cánovas del Castillo y, en 1936, como de José Antonio Primo de Rivera.

La segunda sección iba pareja a la fachada catedralicia. Por ello se conoció como Gradas durante cuatro siglos. Después se convertiría en Punta del Diamante (primera mitad del XIX), calle de la Catedral y del Gran Capitán.

La última parte, inicialmente conocida como de la Lonja, llegaba hasta Miguel de Mañara. Un cardenal (González) y otro Primo de Rivera (Miguel) la revistieron con sus nombres en la primera etapa del siglo XX.

La angosta calle Génova en los años 30, en el cruce (a la derecha) con Alemanes

La angosta calle Génova en los años 30, en el cruce (a la derecha) con Alemanes

El tramo hasta Puerta de Jerez no se abriría hasta 1917, cuando ya era calle de la Reina Mercedes. Queipo de Llano fue el topónimo, en la época franquista, desde García de Vinuesa hasta la Fuente de «los meones».

La que podría definirse como avenida principal de Sevilla, por conectar el Ayuntamiento con la Catedral y, en el pasado, con el punto neurálgico del comercio (la lonja, actual Archivo de Indias), no siempre presentó su actual anchura.

Todo lo contrario, al menos en la parte de Génova. No sería hasta el primer tercio del siglo XX cuando se derriban las viviendas y se ensancha el espacio. Mitad necesidad, mitad usanza.

Abriendo camino

Aunque parezca algo muy lejano, la avenida de la Constitución presentaba tráfico hasta 2007. Una media de 21.000 vehículos diarios que cedieron su «hueco» al tranvía.

Peatones cruzan en dirección a García de Vinuesa en 1958

Peatones cruzan en dirección a García de Vinuesa en 1958

De hecho, fue aquí donde se colocó el primer semáforo de la ciudad. Según el Diccionario histórico de las calles de Sevilla, «en la temprana fecha de 1930 la Sociedad Ibérica de Construcciones Eléctricas propuso al Ayuntamiento la instalación de un aparato de señales luminosas, en el cruce con Santo Tomás».

Ya en 1863 hubo un proyecto para construir «un camino de hierro servido con fuerza animal».

No sólo fue pionera en este ámbito. En 1758 se estableció, en la parte cercana a García de Vinuesa, el primer café hispalense, de nombre desconocido.

En el siglo XIX llegarían el Café San Fernando, que también fue casino, el de la Paz, el Vista alegre o el Caballo Blanco, lugar de reunión de liberales.

Patio de butacas del extinto Teatro Coliseo España

Patio de butacas del extinto Teatro Coliseo España

Mención aparte merece La Punta del Diamante, donde Santiago Montoto organizaba asiduamente una intelectual tertulia y sobre cuyo techo ocurrió uno de los episodios más negros de la historia de esta vía: el asesinato del torero Rafael Bienvenida.

La avenida se convertía así en un importante foco cultural, que tuvo su cenit en el Teatro Coliseo España, planteado inicialmente como cine.

Su riqueza interior, con interesantes murales de Hohenleiter y paños de azulejo ejecutados por Orce Mármol, y, sobre todo su exterior, de 1924 y clave dentro del regionalismo sevillano, le hicieron meritorio de ser Bien de Interés Cultural en 1971. Paradójicamente, a mediados de dicha década sólo quedaría la fachada. De lo artístico a la banca.

Carrera oficial

La mayoría de desfiles oficiales de Sevilla discurren por la avenida de la Constitución: Semana Santa, Virgen de los Reyes, Corpus Christi…

La tradición se remonta a siglos atrás, con espectaculares ornamentaciones a base de motivos vegetales, arcos efímeros y puntuales entoldados según la fecha a conmemorar.

Incluso el Carnaval, con todo un cortejo en honor al Entierro de la Sardina (siglos XVIII y XIX).

Sin embargo, no siempre el motivo era honroso. Durante la Sevilla de la Inquisición, los reos discurrían por la avenida previamente al auto de fe público que tendría lugar en la plaza de San Francisco.

O en las propias gradas de la Catedral, las mismas en las que se montaron barricadas durante los sucesos de La Revolución Cantonal, de 1869, o sobre las que pesó una curiosa prohibición.

El desfile del Corpus Christi llega desde la avenida de Queipo de llano, en una instantánea de la década de los 40.

El desfile del Corpus Christi llega desde la avenida de Queipo de llano, en una instantánea de la década de los 40.

Según el Diccionario de calles, el asistente Abalos temía de las «indecencias que personas de ambos sexos cometían en las calurosas noches de verano», por lo que prohibió que nadie paseara o se sentara en las gradas. Cosas de la época dieciochesca, que se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX, con este punto como lugar de cortejo.

Aunque lo más llamativo de esta sección de la avenida era el mercado que se conformaba en torno a las gradas en los siglos XVI y XVII, incluso en época medieval.

Se podía contratar desde un escudero a una ama de cría, comprar o vender en el ámbito del empeño y hasta adquirir esclavos. Todo a escasos metros del relieve de la Puerta del Perdón que muestra la expulsión de los Mercaderes del Templo, del siglo XVI. Contradicciones de Sevilla. Luces y sombras.