Sevilla se topó a finales del siglo XVIII con uno de los gobernantes más célebres y recordados de su historia, el asistente Pablo de Olavide y Jáuregui. Del gusto de Carlos III, este prohombre de la Ilustración sacudió la ciudad de arraigadas prácticas como los monopolios gremiales, el contrabando o los fraudes al erario. Pero su nombre trascenderá por los innumerables cambios urbanísticos a los que somete a la ciudad, muchos reflejados en el célebre plano de Olavide.

Del mismo modo que el barón Haussmann es recordado, de forma ambivalente, como el hombre que destruyó París o el hombre que creó el París moderno, el asistente Olavide se ganó a pulso su fama de renovador de Sevilla. Y no solo fisonómicamente. Desde que el rey Carlos III lo nombra Asistente e Intendente del Ejército en Andalucía, un 21 de junio de 1767, Olavide se enfrenta a la reforma universitaria y docente, trata de articular la libertad de comercio, regula la navegación del río, propone una reforma agraria e implanta un sistema de beneficiencia municipal. Algo que consigue en sus primeros años de mandato.

Su naturaleza de nacido fuera de Sevilla, concretamente en Lima, Perú, y de haberse formado junto a la alta burguesía europea hacen que Olavide acometa con mano firme reformas de cuestiones consideradas intocables amparadas por la tradición que escondían tras de sí fraude y desigualdades.

Su paso por Marsella, Lyon, Florencia, Roma, Nápoles, Venecia, Padua, Milán o París lo hacen atesorar un exquisito gusto por la arquitectura y junto con el arquitecto Molviedro acomete una de las grandes reformas: destruye el compás de la Laguna, una zona situada a espaldas del Arenal llena de mancebías y frecuentada por los marineros que amarraban sus naves al próximo muelle de la Sal del Guadalquivir, y en esa zona levanta una zona residencial con amplias calles salpicadas con viviendas singulares y casas nobles.

Pero las reformas no se quedan ahí, según el estudio de Joaquín Cortés, María Josefa García y Florencio Zoido publicado por la Gerencia de Urbanismo, el asistente Olavide acomete la restauración de edificios emblemáticos como las iglesias de San Luis, San Bernardo y Santa Marina. Se adoquinan algunas plazas como la de San Francisco o la Encarnación y se reparan los mercados de la calle Feria y del Alfolí de la Sal. Reforma la Alameda de Hércules, donde planta 1.600 álamos, y fuera del recinto amurallado construye el Palacio de San Telmo, la Fábrica de Tabacos, la plaza de toros, y el cuartel de la Puerta de la Carne. Además, Olavide potencia el uso recreativo de los aledaños del Guadalquivir, diseñando y ejecutando paseos en sus márgenes como el muelle de Las Delicias, el Arenal o el malecón, situado entre San Laureano y la Puerta de Triana.

Detalle del plano de Olavide

En lo que se refiere al urbanismo, Olavide divide la ciudad en cinco cuarteles, que a su vez se subdividían en 40 barrios o 320 manzanas. En una equivalencia actual, estos distritos serían el Arenal, comprendiendo también el Alcázar y la Fábrica de Tabacos; Santa Cruz, hasta San Bernardo y la Alfalfa; San Lorenzo, desde la plaza del Duque hasta el Omnium Sanctorum, Plaza de Armas y la Alameda de Hércules; la zona de la Macarena, con San Luis y la Encarnación; y Triana. Y por cada cuartel nombró a un alcalde.

Pero la Sevilla de Olavide se enfrenta a graves problemas de salubridad. Como solución, en 1767, establece un Reglamento General de limpieza de las calles por semana y exige el pago de un canon a los propietarios, además manda trazar un plano fidedigno de la ordenación de la ciudad y rotula calles y plazas.

El plano de Olavide, que data de 1771 fue elaborado por Francisco Manuel Coelho y grabado por José Amat a escala 1:2660, 600 varas castellanas. El mapa, premiado por la Real Academia de San Fernando, contiene en sus márgenes un índice con las puertas y edificios emblemáticos y está orientado con el norte al oeste del mapa, una clásica representación de Sevilla vista desde el Aljarafe.