En la mayoría de las culturas, las aves son consideradas como portadoras de secretos, como garantes de la comunicación. Sin ir más lejos, la convención social atribuye a la paloma cierta naturaleza mensajera.

Sevilla, curiosamente, cuenta con una vía dedicada a estos animales alados en la que su propia trayectoria habla del conocimiento y su difusión, de la transmisión de los mensajes, pero a través del papel y la tinta.

Se trata de la calle Pajaritos, donde en 1511 se estableció la primera imprenta de la ciudad, unos 70 años más tarde de su invención a manos de Gutemberg en Alemania.

Precisamente fue un compatriota, Jacobo Cromberger, quien instauró el negocio en la Sevilla de Indias, llegando a una producción de varios miles de ejemplares, lo que la llegó a convertir en una de las más pujantes del país en la primera mitad de la centuria.

Entre ellos destacaron obras de patrística, como la «Escala espiritual de San Juan Climaco», novelas medievales, como las de «Amadís de Gaula», textos filosóficos y, sobre todo, un tratado sobre Geografía mundial claramente innovador.

La «Suma»

Guías sobre la disposición física de los lugares se venían haciendo desde la Grecia Clásica, con Ptolomeo como muestra, sin embargo, el grado de detalle que ofrecía «Suma de Geographia», como se dio en llamar, era notable.

Máxime en un mundo en el que acababa de «existir» América, pues el libro llegó en 1519.

Placa conmemorativa de la imprenta / Fran Piñero

Placa conmemorativa de la imprenta / Fran Piñero

El autor, Martín Fernández de Enciso, probablemente sevillano, explicaba profusamente desde la situación del «Monte Kilimanjaro a todas las partidas y provincias del mundo, en especial de Las Indias», como recoge el experto de la Sociedad Geográfica Española Jos Martín.

En él se referían «las costas de la tierra por derrotas y alturas, nombrando los cabos y la altura y grados de cada uno, describiendo desembocaduras, una sucinta historia natural, nota sobre sus pobladores, toponimia…», añade.

La elección de la capital hispalense como lugar para la impresión la explica Luisa Martínez en su monografía sobre la familia Cromberger: «En una época en la que el transporte por tierra era lento y caro, los centros de la imprenta más importantes necesitaban acceso a los ríos o al mar, cosa que favoreció a ciudades como París, Venecia, Amberes y Sevilla».

En nuestro caso, había «tradición de comercio con países mediterráneos, con Portugal y con el norte de Europa. Esto era importante para la imprenta española, ya que importaba grandes cantidades de papel, de mayor calidad, a Italia y Francia principalmente», concluye.

La prosperidad fue tal que la calle, que en el siglo XV recibía el nombre de Melgarejos por el palacio de la aristocrática familia que allí situaba Santiago Montoto, pasó a llamarse «la que va al imprimidor» y, directamente, la de «La imprenta» en el arranque del siglo XVII («Diccionario histórico de calles de Sevilla»).

Un grupo con visión

No sólo fue célebre su fundador, conocido asimismo por su arte en la compraventa de casas y fincas. Incluso en el poco plausible negocio de la esclavitud humana, a menudo la mano de obra de su imprenta, donde trabajaban «tres negros que eran batidores, y un negro y un esclavo blanco (posiblemente árabe) que trabajaban como tiradores», en palabras de José Gestoso.

Lugar donde, en el siglo XVI, desarrollaba su actividad la pujante imprenta de los Cromberger / Fran Piñero

Lugar donde, en el siglo XVI, desarrollaba su actividad la pujante imprenta de los Cromberger / Fran Piñero

También fue notoria su viuda, su hijo y su oficial. Ella, Brígida de Maldonado, por encargarse de la producción hasta la mayoría de edad del vástago.

El vástago, Juan Cromberger, por hacer crecer aún más la empresa, a pesar de no compartir los intereses del socio de Jacobo.

Y el socio, Juan Pablos, por dar vida a la primera imprenta en America Latina en 1539 (en la actual Casa del Libro de Ciudad de México), cuyas planchas salieron de Sevilla.

Hacia «Pajaritos»

Vistosas fachadas y balcones  / Fran Piñero

Vistosas fachadas y balcones / Fran Piñero

En 1557 cesó la actividad con el malogrado nieto Jácome. Se abría así un largo período de cambios para la céntrica calle, que en 1665 pasó a conocerse como Pajaritos, y que a lo largo de los siglos se fue revistiendo de casas burguesas y vistosos palacetes que aún se conservan.

Como el número 14, que fue sede del Banco de España antes de su «mudanza» a la plaza de San Francisco.

¿Entonces por qué Pajaritos? No es arbitrario, aunque tampoco se basa en la alegoría del comienzo de este reportaje.

Según Tirso de Molina hubo una taberna con dicho nombre, que se extendió a la larga a todo el espacio.

Eso sí, entre 1918 y 1938 estuvo dedicada a Montes Sierra, ese nombre que hoy suena a Polígono Industrial pero que durante tres décadas figuró en el corazón de Sevilla, ese que una vez albergó una puntera imprenta.