Tal vez nunca haya reparado en ella. El trasiego, las prisas, y el parapeto que ejercen los copados naranjos y numerosos rótulos de la calle Feria le disculpan. Pero basta con levantar la mirada y ahí está, como dice la canción, «viendo pasar el tiempo».

De la fachada del número 61 pende una campana que, sin haber sonado nunca, cuenta épocas pasadas de la «Ancha de la Feria». En una historia que pocos parecen manejar.

«La campana crea mucha expectación a los clientes, pero no sabemos porqué ni desde cuando lleva ahí», explican desde el bar que ocupa la planta baja de la finca.

«Tal vez sea una vieja campana de la parroquia (Omnium Sanctorum)», comenta una vecina. «Creo que es el luminoso de una antigua farmacia», atisba un comerciante, mientras que otro histórico «feriante» le rebate asegurando que era una sombrerería «donde mi madre me compró el primer sombrero de ala ancha».

Las versiones varían según sea la familia que las cuente, y las generaciones que hayan pasado desde entonces. Porque habría que retroceder casi un siglo atrás, a esa calle Feria de Belmonte, que vivía justo enfrente, a la de Casa Labanda, comestibles La Pava o mercería El Metro, para encontrar la respuesta.

Unos colchones «sonados»

La campana, vista desde la acera opuesta al 61 de Feria / F.P.

La campana del 61 de la calle Feria / F.P.

«El número 61 era antaño una colchonería, de las primeras de Sevilla donde adquirir colchones de gomaespuma, lana o miraguano, y donde también se vareaban los colchones antiguos, o se podían comprar cortinajes y hasta almohadillas para los toros», explica Manuel Ávila, propietario de la casa y del local del número 43 en el que, precisamente, se encontraba El Metro.

«La tienda de sombreros ocupaba el espacio que hoy es un banco, y la entonces farmacia es ahora una peluquería», repasa Ávila.

La campana, de hierro y apliques de cristal, cuenta con una luz interna en vez de badajo, y «lleva décadas apagada aunque cumplía su función en su origen. Hace unos 90 años, y siempre en el mismo lugar», afirma Manuel.

Parece que la pieza buscaba ser reclamo más que otra cosa, al igual que «en otros países se colocaban, en vez de letreros, grandes objetos que identificaran el negocio».

Pero, ¿qué tiene que ver una campana con un colchón? Manuel Ávila lo aclara: «el propietario de la tienda se llamaba Pablo Carrión, y aprovechando que en aquella época había una zarzuela muy famosa llamada ‘Las campanas de Carrión’, no dudó en adjudicársela como símbolo».

Fue así como una obra decimonónica de Luis Mariano de Larra y Wetoret dio sentido a un relato que fue perdiéndose como aquel antiguo negocio, que mutó en exposición de muebles sevillanos, bazar de «todo a cien» y en su uso más reciente y alternante: la restauración.