Hormigón armado frente al ladrillo visto. Frío hierro contra cálidos azulejos. Sobriedad versus ornamentación. ¿Si le preguntan a un sevillano  qué edificio típico destacarían de la ciudad? La respuesta podría ser, obviando los recurrentes monumentos, la Adriática o el Ciudad de Londres, ambos de José Espiau; el de Pedro Roldán de la plaza del Pan; o el edificio de Telefónica de Juan Talavera. Pocos, muy pocos, acertarán a incluir en su elección el Cabo Persianas, el mercado de la Puerta de la Carne o la comisaría de la Gavidia. El siglo XX la arquitectura sevillana se divide entre los regionalistas y los racionalistas. Un pulso con un claro favorito.

El racionalismo no cuajó entre los sevillanos, que en el ideario popular siente mucho más cerca las fachadas ornamentadas del regionalismo que la total eliminación de elementos decorativos propia de su competidor. Mientras Le Corbusier construía la Maison Jauol en París y en Alemania Hans Scharoun levantaba las torres Romeo y Julieta; en Sevilla, la aplicación de una arquitectura racionalista daría como resultado una selección escasa.

La comisaría de la Gavidia.

La comisaría de la Gavidia.

En buena parte, por las decisiones de los gobernantes y otras instituciones, que -según las conclusiones del ciclo de la Semana de la Arquitectura  organizado por el Colegio de Arquitectos de Sevilla dedicada a este movimiento- «emprendieron continuas acciones que impedían el desarrollo de otra arquitectura que no fuese la del regionalismo sevillano, iniciando así una actitud que con el paso del tiempo resultaría ser muy limitadora».

Aun con tales condicionantes, la ciudad tiene a día de hoy un buen número de referencias de este movimiento arquitectónico, muchas de ellas incluidas en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz de la Junta de Andalucía. Estos ejemplos de la arquitectura racionalistas son el Mercado de la Puerta de la Carne, el conocido Cabo Persianas, la Estación de Autobuses del Prado, la Universidad Laboral, los bloques de la Plaza de Cuba, la Casa Duclós, la Casa Lastrucci o la controvertida Comisaría de Policía de la Gavidia.

Todos obedecen a las máximas imperantes en el racionalismo. Amplio dominio de los volúmenes primarios, la total eliminación de elementos decorativos y la aplicación de un sistema constructivo muy compatible con los nuevos criterios de funcionalidad y espacialidad, resumen de manera genérica las características esenciales de la nueva modernidad. El hormigón armado generaba una nueva técnica constructiva, y junto al vidrio y al hierro, permitía a los arquitectos alcanzar con mayor satisfacción los ideales buscados: no es casual pues asociar la nueva arquitectura con estos materiales.

Funcionalidad ante todo, estos edificios de ese periodo se relacionan con la transformación de la imagen urbana en lugares tan comprometidos como el casco antiguo. Esas dificultades incluyen el ensanche de la calle Imagen, que serviría para conectar el norte con el sur, o el edificio de la Jefatura de Policía de Ramón Monserrat Ballesté, construido sobre unos cuarteles militares, renuevan la imagen de la Plaza de la Gavidia. Un «muy buen edificio, de valor arquitectónico, aunque haya gente que no le guste estéticamente, y sin duda hay que conservarlo», explicaba el director de la muestra «Arquitectura del Racionalismo en Sevilla. Inicios y Contituidades», José Ignacio Sánchez-Cid.

A pesar de las continuas defensas del patrimonio racionalista, pregunten. Hagan la prueba entre sus amigos. ¿Qué edificio destacaría de la ciudad? La arquitectura racionalista hace mucho que perdió el pulso de la popularidad en Sevilla.