Sevilla conmemorará, entre septiembre de 2017 y junio de 2018, el cuarto centenario del nacimiento de Murillo, uno de sus pintores más afamados y necesarios.

Si en la primera parte de este reportaje se hacía un repaso por la vida del artista, marcada por un constante cambio de domicilio por los barrios de San Pablo, San Isidoro, San Nicolás, San Bartolomé o Santa Cruz, pero siempre con la ciudad como telón de fondo, en el texto que nos ocupa podrán explorarse otros ámbitos. Los de la obra y el homenaje.

7. «Museos»

No hay mejor legado, mejor huella para un artista que la de poder hacer un seguimiento de sus obras casi cuatro siglos después. Y que varias de ellas aún se conserven en la ciudad donde fueron gestadas.

«La visión de San Antonio», de Murillo, en la Catedral / R.R.

«La visión de San Antonio», de Murillo / R. Ruz

En el Museo de Bellas Artes de Sevilla se pueden encontrar tres de sus más de veinte inmaculadas, como son «La Colosal» (proveniente del convento de San Francisco), «La del Padre Eterno» y la «Inmaculada del Coro, o la Niña».

Asimismo se encuentra el emblemático lienzo de «Santa Justa y Rufina», la delicada «Virgen de la servilleta» o el dulcísimo «San Francisco abrazando al Crucificado», entre otras tantas creaciones.

Pero existen otros templos que bien podrían ser pequeños museos de Murillo. En la iglesia del Hospital de la Caridad, se contemplan, por ejemplo, «San Juan de Dios con un enfermo» o «Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos». Hay más producción del pintor entre sus muros, si bien otra parte fue expoliada en su momento.

Santa María la Blanca, en cuya transformación desde iglesia medieval a barroca tuvo el pintor un papel preponderante, alberga la «Santa Cena», muy interesante por ofrecer la cara más tenebrista de Murillo.

De igual o quizás más valía eran los lienzos semicirculares (medios puntos) de «El Sueño del Patricio» o «El patricio Juan y su esposa revelan su sueño al papa Liberio», que tras ser expoliados por el mariscal francés Soult en el siglo XIX volvieron a España en 1816, pero para quedarse en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Desde 1901 se encuentran en el Museo del Prado.

Por otra parte, en el Palacio Arzobispal figura la «Virgen del Rosario y Santo Domingo» e incluso en la Sección VI de la Audiencia Provincial de Sevilla existe un cuadro inmaculista atribuido a Murillo.

Pero no quedaría completo este compendio sin «acabar la visita» en la Catedral de Sevilla, donde se halla el imponente lienzo de la «Visión de San Antonio», o los ricos «Bautismo de Jesús» y «San Isidoro».

8. El callejero

«El Sueño del patricio», creado por Murillo para Santa María la Blanca, da nombre a una calle del Polígono San Pablo

«El Sueño del patricio», creado por Murillo para Santa María la Blanca, da nombre a una calle del Polígono San Pablo

Ningún artista tiene la presencia de Murillo en Sevilla. Ni siquiera Velázquez, el «Pintor de pintores» que decía Monet.

Desde el punto de vista del callejero, ambos artistas dan nombre a una céntrica calle, si bien la del «Pintor de la Corte» a menudo se integra como Tetuán en el acervo cultural.

La de Murillo, perfectamente situada por ser la zona que debió transitar el pintor en su infancia, conecta San Pablo con la plaza de la Magdalena, y hasta los años 40 recibía el nombre de «calle de Las Tiendas».

Si las obras de Velázquez rotulan diversas calles del Polígono de San Pablo, un total de siete cuadros de Murillo ofrecen su nombre a este Distrito de Artes, Flamenco y Toreo: «La adoración de los Pastores», «Buen Pastor Niño», «La cocina de los ángeles», «Gallega a la ventana», «Gallega de la moneda», «Martirio de San Andrés» y «Sueño del Patricio».

9. Inmortalizar el genio

Murillo, flanqueado por Miguel Cid y Juan de Pineda, a los pies de la Inmaculada / Raúl Doblado

Murillo, flanqueado por Miguel Cid y Juan de Pineda, a los pies de la Inmaculada / Raúl Doblado

Murillo fue el fundador de la Academia de Bellas Artes de Sevilla, un «regalo»para aquellos que quisieron consagrarse a tales disciplinas en el siglo XVII y sucesivos. El «detalle» fue correspondido un par de siglos después, cuando la institución planteó erigir un monumento a tan distinguido sevillano.

Así surge la escultura que corona el centro de la plaza del Museo, realizada en 1864 por Sabino de Medina sobre pedestal de mármol y bronce de Demetrio de Los Ríos.

Velázquez «contempla» todo el trasiego de la Plaza del Duque sobre su monumento, y ambos forman parte del grupo de los «Doce ilustres» del Palacio de San Telmo.

Pero además, Sevilla cuenta con otra representación de Murillo en piedra, a los pies de la Inmaculada de Collaut Valera, en el monumento de la plaza del Triunfo.

Allí se le reconoce como firme defensor de esta iconografía, junto al poeta Miguel Cid, el imaginero Martínez Montañés y el teólogo Juan de Pineda.

10. Jardines

Glorieta del pintor José García Ramos, en los frondosos Jardines de Murillo / Raúl Doblado

Glorieta del pintor José García Ramos, en los frondosos Jardines de Murillo / Raúl Doblado

Aunque no pudo haber mejor homenaje que colocar su nombre en una de las zonas más coquetas de Sevilla, los Jardines de Murillo, precisamente cuando se conmemoraba el tercer centenario del nacimiento.

Y es que no sólo fueron los de María Luisa los únicos espacios verdes que recibió la ciudad en la época. La zona en cuestión correspondía a la Huerta del Retiro, propiedad de los Reales Alcázares.

En 1862, Alfonso XIII cede el tramo que corresponde al Paseo Catalina de Ribera y, en 1911, el de los Jardines de Murillo en sí mismos. Eso sí, rotulados como tal en 1917, a propuesta del director del periódico El Liberal.

Según recoge el «Diccionario histórico de las calles de Sevilla», el Ayuntamiento reclamó insistentemente la cesión del otro trozo para «facilitar la comunicación del centro histórico con la recién inaugurada estación del ferrocarril, pues entonces el muro del Alcázar corría desde la calle San Fernando hasta la Plaza de Refinadores y Cano y Cueto».

Y para crear en los jardines, donde también se rinde homenaje al pintor costumbrista José García Ramos, un ensanche del barrio de Santa Cruz. Juan Talavera se encargó del diseño, a modo de salón, e incluyó bancos con azulejos de Mensaque y Vera, y capiteles visigodos y árabes, ya extintos.