Sevilla respira flamenco por cada calle, cada rincón, cada bulevar. Las profundas transformaciones en la fisonomía y estilo de vida de la ciudad durante el siglo pasado hacen que sea necesaria una guía para no pasar por alto ningún detalle de esa Sevilla racial, que cada dos años se reactiva con la Bienal de Flamenco.

Es por ello que el Ayuntamiento hispalense ha trazado tres rutas, bajo el programa «Un río de flamenco», en el que se especifican las paradas obligatorias que todo aficionado o curioso debe realizar. Por ejemplo, en el Casco Antiguo.

El punto de partida podría ser lo más evidente, los monumentos. Para eso, nada mejor que dirigirse a la Alameda de Hércules, que por otra parte fue foco fundamental del flamenco más bohemio en el comienzo del siglo XX, en un momento en que Triana comparte su protagonismo de siglos.

En el extremo norte, cuando poco queda para que arranque Calatrava, encontrará tres estatuas, dispuestas en un llamativo orden ascendente. Como curiosidad, ese fue uno de los emplazamientos de la Pila del Pato antes de ocupar su actual lugar en la Plaza de San Leandro.

Ruta ideada por Turismo de Sevilla

Ruta ideada por Turismo de Sevilla

La primera de ellas, casi un busto, representa a Pastora Pavón, «La niña de los Peines», y se trata de una escultura realizada en 1968 por Antonio Illanes, al que los sevillanos reconocerán por su labor como imaginero de tallas religiosas como la Virgen de la Paz. Aunque gravemente enferma, la propia artista asistió a la inauguración de su monumento.

A continuación, y en imponente posición sedente, se halla Manolo Caracol. El crítico de flamenco José Antonio Blázquez impulsó la creación de esta estatua, a manos de Sebastián Santos, que se estrenó en 1990. Tras ocupar el espacio sur de la Alameda, e incluso varios años desapercibido en el interior del recinto de la Casa de las Sirenas, llegó al enclave actual en el año 2009.

La «tríada» la completa la escultura de Chicuelo, que sin ser una figura del flamenco, bien merece ser mencionada en esta ruta por la estrecha vinculación que siempre ha existido entre este arte y la tauromaquia.

La razón de este emplazamiento viene ligada a que los tres vivieron en ese entorno. Caracol, por ejemplo, se crió en el antiguo Corral de los Chícharos, hoy calle Lumbreras, a la altura de lo que actualmente es un hotel.

Aunque vecina de la Alameda, Pastora Pavón nació en el barrio de San Román, concretamente en la calle Butrón. En cambio, su hermano menor, Tomás, símbolo de la debla trianera, vino al mundo en el número 16 de la calle Leoncillos.

Nacidos en Sevilla

Monumento al «Niño Ricardo»

Monumento al «Niño Ricardo»

Conocer los lugares de nacimiento de los genios del flamenco siempe suscita tierna curiosidad.

Saber que, por ejemplo, el excepcional cantaor de fandangos, Manuel Vallejo, diera sus primeros pasos por el callejón de Padilla, aledaño a San Luis; que Manuel Escacena, nacido en la calle Pedro Miguel, fuese el delirio de las vecinas de la calle Feria o que no lejos de los Pavón, en la calle Sol, Manuel Vega «El Carbonerillo» fue descubriendo Sevilla.

Hablar de Vega es recordar a un guitarrista de raza, el «Niño Ricardo», al que la ciudad homenajea en su callejero en una de las perpendiculares de Francisco Carrión Mejías.

Tampoco falta su monumento, que luce en la plaza del Cristo de Burgos, incluso un hotel que lo evoca, y que se encuentra en la propia casa en la que nació el músico, en la calle Alhóndiga.

Por su parte, el nomenclátor hispalense también rememora la figura de Antonio «El Bailarín», junto a la muralla de los Reales Alcázares.

Sin embargo, habría que volver a la Alameda de Hércules para conocer que el artista nació en la calle Álvaro de Bazán, esquina con Santa Clara. Un azulejo así lo atestigua.

Los negocios flamencos

Muchos de estos cantaores, y otros tantos que querían probar suerte, fueron forjando su garganta y temple en unos negocios que, sin pretensión inicial, terminaron por ser los «auditorios populares» del flamenco. Bares, kioscos, tiendas de ultramarinos o colmaos eran a diario lugar de tertulia y de cante.

En la Alameda por ejemplo existía el Colmao de La Sacristía, el de Los Majarones o el de Las Siete Puertas, así como el Kiosco de Pinto, donde actuó por primera vez como artista profesional el citado Manuel Vallejo.

Antiguo rótulo de la Academia Realito, hoy bar / José Galiana

Antiguo rótulo de la Academia Realito, hoy bar / José Galiana

No se debe terminar el repaso a la Alameda más flamenca sin hablar de dos escuelas. Una de cante y otra de baile. Dos auténticas instituciones.

Por una parte, la de Adelita Domingo, niña prodigio que formó a tantas y tantas cantantes de canción española. Por ejemplo a Paquita Rico, Antoñita Colomé, Paloma San Basilio y, ya más recientes, Tamara o Pastora Soler.

La otra es la de Realito, sobrenombre de Manuel Real, el flamenco que llegó a actuar ante el mismo rey Alfonso XIII.

Desde la calle Trajano compartía e impartía sus conocimientos de danza, esos que le acreditaba su Cátedra en el Conservatorio hispalense hasta que cerró su academia en 1967. Su fachada sigue recordando que entre esos muros hubo arte. Todo el que la Alameda de Hércules, y el centro de Sevilla, rezuman.