Año 1808. España sitiada. El enemigo, Napoleón, dispone las huestes francesas de norte a sur. El cerco militar acorrala a la resistencia española, que a duras penas planta cara al bien armando ejército invasor. La huida está en dirección a Sevilla, donde importantes organismos se instalan para diseñar estrategias con las que frenar el avance napoleónico. Entre ellos, el Real Colegio de Artillería, que se asentó en el convento de San Laureano, una pieza clave en la victoria aliada.

Hoy es un espacio vacío, lúgubre, abandonado pero, hace 200 años, la iglesia de San Laureano jugó un importante papel en la lucha española contra la invasión francesa, que «interrumpió la muy útil y brillante trayectoria del Real Colegio de Artillería, centro docente exclusivo y preeminente en la España de la segunda mitad del siglo XVIII», explica el coronel de Artillería Guillermo Frontela, ex director del Centro de Historia y Cultura Militar. El asedio de Napoleón a la península ibérica obligó a la escuela militar a marcharse de Segovia, siendo Sevilla el lugar elegido para formar a los muy necesarios oficiales.

San Laureano

Medianera de San Laureano. | Millán Herce

Según los estudios del coronel Frontela, el Real Colegio queda instalado el 14 de marzo de 1809 en el Convento de San Laureano, perteneciente a los religiosos de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, inmediato a la Puerta Real, bajo el mando del coronel Francisco Dátoli, director accidental, y del teniente coronel Mariano Gil de Bernabé. Con ellos, cuatro capitanes, un subteniente, 48 caballeros cadetes, siete cadetes supernumerarios, 17 abnegados dependientes y Petra Ramos, la mujer de Gil de Bernabé, sus seis hijos y dos amas. En un mes, el alumnado sobrepasa las 150 plazas con jóvenes sevillanos, quedando en régimen externo al no haber suficiente alojamiento.

«El Colegio de Artillería en Sevilla sigue manteniendo el alto nivel de estudios que le caracterizaba. Algunos profesores siguen trabajando en la actualización de textos, incluso los mejoran en algunos aspectos, ya que profundizan en la ciencia y técnica artilleras al tener a su disposición una prestigiosa Fundición de Cañones de Bronce y la principal Maestranza de Artillería de España», añade.

Los problemas de espacio obligan al director del Colegio a solicitar un traslado a un edificio con capacidad para poder alojar a los oficiales, cadetes y dependientes, así como la administración necesaria para poder continuar con la formación. Se barajan cuatro posibilidades, el Real Colegio de San Telmo, el Convento de San Antonio de la Orden de San Francisco, la Universidad, antes Casa Profesa de Jesuitas, y el Cuartel de Artillería de la Plaza del Duque. Finalmente, el Colegio no se traslada y la solución pasa por la ampliación de San Laureano, unas obras que costaron 21.520 reales de vellón.

El teniente coronel Gil de Bernabé, además improvisa en su propia casa su proyectada «Academia Militar, destinada a formar de urgencia a oficiales de infantería y caballería con estudiantes universitarios. «A los alumnos se les ofrecía la instrucción básica del oficial, ordenanzas, contabilidad, manejo de las armas…», detalla Frontela. Lo hace con cuarenta alumnos, constituyendo la primera piedra para la creación de dicha Academia Militar en Sevilla en el Convento de San Antonio de Padua, «parte del ambicioso proyecto docente que había ideado para derrotar a los franceses», explica el coronel Frontela.

La amenaza francesa aconseja el 29 de diciembre de 1809 cerrar el Colegio de Artillería, pero antes son promovidos a subtenientes los 14 cadetes más aventajados, incorporándose a continuación a los ejércitos de operaciones. San Laureano «fue el eslabón clave para la resistencia de la Isla de León, donde el Real Colegio de Artillería y la Academia Militar de Sevilla siguieron formando a casi 700 oficiales de todas las armas, facilitando el juramento de Las Cortes y la Constitución de La Pepa», afirma el coronel Frontela.

La iglesia de San Laureano

Interior de la iglesia de San Laureano. | Millán Herce

El edificio, hoy

Con Sevilla capitulada, la iglesia de San Laureano fue expoliada por el mariscal Jean de Dieu Soult, al igual que éste hiciera con otras iglesias, como la del Hospital de la Santa Caridad. Del saqueo, Sevilla pierde obras de Zurbarán, Alonso Cano, Juan de Roelas, Herrera el Viejo o Francisco Pacheco. Muchas de ellas están hoy en el Museo del Louvre de París.

Los mercenarios regresaron en 1814 a San Laureano, donde un incendio y la desamortización inició un periodo en el que el inmueble quedó sin uso conocido. De manos privadas, a municipales y, entre tanto, una cesión a la Universidad de Sevilla. Crisis. Y San Laureano sigue olvidada, sin que los sevillanos tomen conciencia de que no hace mucho, este espacio jugó un importante papel en la guerra contra Napoleón.