Hoy en día ejerce de mero acceso principal al centro más comercial de Sevilla, de nexo entre el circuito de negocios y el área de ocio en auge que es la Alameda de Hércules. Sin embargo, su historia esconde diversos y vistosos episodios, hasta el punto de ser durante décadas vía de referencia cultural en la ciudad.

Se trata de la calle Trajano, donde llegaron a coincidir tres emblemáticos teatros y un salón de baile, el taller de un afamado pintor y el local de ensayo-icono del flamenco que es la Academia Realito, lo poco que aún persiste del conjunto.

Habría que volver hasta el siglo XVII para arrancar con esta historia, cuando Francisco Pachecho, mentor de Velázquez, instaura allí su lugar de trabajo y gestiones.

En el siglo XIX, ya no sólo era el punto de encuentro de un reconocido pintor, sino del propio gremio, al albergar la Academia Libre de Bellas Artes.

La institución buscaba «el estudio del natural y ropages en todos los ramos del dibujo, pintura y escultura y particularmente del género de las acuarelas (sic)», según recogió Gómez Zarzuela.

De Puerco a Trajano

Entre ambas fechas hubo grandes diferencias. Para empezar por el nombre de la calle, que no homenajeó al emperador romano hasta 1845. Anteriormente se la conocía por un denominador bastante menos regio: Puerco.

Según el «Diccionario histórico de las calles de Sevilla», recibía este nombre desde, al menos 1384, aunque no hay constancia del motivo. Sí que es cierto que la limpieza y el buen olor no eran sus fuertes, especialmente por encontrarse bajo el firme las cloacas generales de la ciudad.

«Eran reiteradas las peticiones para que limpien calle y husillos y las quejas sobre el mal estado del empedrado», además de encharcarse con cierta asiduidad en el extremo de la Alameda, ya fuera por las crecidas del Guadalquivir o «cuando el agua anegaba los puntos bajos de la ciudad a través de los mismos husillos», añade.

Torre mirador del edificio donde se aprecia más claramente el sello de Aníbal González / Fran Piñero

Torre mirador del edificio donde se aprecia más claramente el sello de Aníbal González / Fran Piñero

Poco queda del caserío original, y mucho menos de esos teatros, como eran el Lope de Rueda, el Salón Oriente (posteriormente anexionado al Filarmónico, y donde se celebraban por Carnaval bailes de máscaras) o el Teatro del Duque, ya en la misma plaza neurálgica hispalense.

Se mantiene, en cambio, el Cervantes, reconvertido en cine (y con acceso desde Amor de Dios) aunque manteniendo la fisonomía interior, lo cual no deja de resultar llamativo en esta era de salas de proyección más asépticas y minimalistas.

Religiosidad y regionalismo

Aunque para llamativo, el edificio de la Compañía de Jesús y la Capilla de Los Luises. Y es que la calle Trajano incluso lleva la huella del regionalismo, y de la mano de uno de los grandes: Aníbal González.

Eso sí, en un estilo adaptado a la demanda de quienes iban a habitar el majestuoso inmueble que prácticamente linda con la calle Santa Bárbara.

Así, entre 1917 y 1920, González viró hacia el neogótico y el historicismo ortodoxo para gestar el espacio religioso, aunque dejando su impronta con el mirador cuadrangular que remata la fachada, en ladrillo visto.

Otro llamativo inmueble, tanto por su arquitectura como por su uso más definitorio, y también de Aníbal González, es el que ocupa el número 22. La icónica Sala X, cerrada en 2003, y que recogió el testigo de un local de variedades llamado Lido, un cine estándar y una sala de Arte y Ensayo.

Precisamente se levantó sobre el antiguo Teatro Lope de Rueda, que a su vez se erigió sobre el antiguo Hospital de Amor de Dios, que tampoco fue la única infraestructura sanitaria, con el Hospital de la Candelaria, en funcionamiento entre los siglos XV y XVII (donde hoy se encuentra el mencionado templo diseñado por Aníbal González).

Remate superior del edificio que, hasta 2003, albergó el Cine X de Trajano / Fran Piñero

Remate superior del edificio que, hasta 2003, albergó el Cine X de Trajano / Fran Piñero

Para completar el abanico de posibilidades festivo-culturales, y según el citado compendio, «la celebración de la velada de San Juan en la Alameda, a mediados del siglo XIX, extendía su animación hasta Trajano, con la ubicación allí de tenderetes y puestos ambulantes».

Una fiesta que seguramente contó con la presencia, en más de una ocasión, del bolero Manuel de la Barrera y de Félix González de León, cronista de Sevilla en el primer tercio del 1800, ambos empadronados en la calle.

Un evento que se desarrollaba cerca de lo que, en el primer siglo XX, se convertiría en piedra angular del baile flamenco: la Academia Realito, hoy transformada en establecimiento hostelero, siguiendo la estela del resto de negocios, dedicados a la restauración.