El próximo martes 21 dará comienzo la Velá de Santa Ana, una de las fiestas de mayor solera y que más momentos tradicionales ha dejado a lo largo de la historia hispalense. No en vano se trata de su celebración más antigua.

Resulta, pues, un buen momento para imaginar cómo era esa Sevilla de folclore, religiosidad y hábitos populares que nos precede, y nada mejor que la pintura como vehículo para emprender tal viaje.

A lo largo de la historia, en especial del siglo XIX, numerosos artistas plasmaron en sus lienzos diversas escenas de la vida sevillana. Uno de esos pintores fue Jean Baptiste Achille Zo, muy interesado en la temática exótica, lo que le llevó a inmortalizar corridas de toros y escenas de la cotidianidad.

La Plaza de San Francisco en 1850, según Achille Zo

La Plaza de San Francisco en 1850, por Achille Zo

Entre sus obras destaca un cuadro de la plaza de San Francisco del 1850, donde se pueden observar con detalle las vestiduras de los habitantes hispalenses de la época, o las arquerías del edificio que ocupa el solar del actual Banco de España, culminado en 1928. La fuente que centra la escena no es la actual, sino la pila del pato, por entonces situada en la plaza de San Francisco.

La Catedral fue otro de sus objetos de expresión, como ocurriera con tantos otros artistas. A menudo marco de celebraciones, como en la obra de Manuel Cabral Aguado-Bejarano «Corpus en Sevilla», de 1857, con la custodia de Arfe poco tiempo después de haber salido de la Puerta de San Miguel y avanzando por una abarrotada calle Génova; o «Fiesta en el cortijo», de 1889, donde la Giralda se atisba en la lejanía.

Populosa jornada de Corpus Christi, la plasmada por Manuel Cabral Aguado Bejarano en este cuadro

Populosa jornada de Corpus Christi, la plasmada por Manuel Cabral Aguado Bejarano en este cuadro

El pintor francés François Bousset también reflejó el día del Corpus, concretamente la procesión de las Santas Justa y Rufina, pero en un contexto absolutamente imaginario. Muestra la Giralda, sí, pero allá por el Palacio Arzobispal decide colocar una majestuosa cúpula de tintes bizantinos.

Volviendo a Cabral, existe un par de obras sobre el Viernes Santo, las dos con la Hermandad de Montserrat como protagonista y, en análoga disposición, aunque en enclaves diferentes. Uno se encuentra en los Reales Alcázares y otro en el Museo de La Habana.

«La Feria de Sevilla», aún en el Prado de San Sebastián, en los expertos trazos de Domínguez Bécquer

«La Feria de Sevilla», aún en el Prado

Y de la Semana Santa a la Feria de Abril. Andrés Cortés y Aguilar, autor sevillano, la pintó en su primera etapa, con el comercio de ganado como fin último, en «La Feria de Sevilla», de 1856. Existen tres versiones de este lienzo, una de ellas es propiedad del Ayuntamiento hispalense.

Por otra parte, el que fuera pintor de cámara de Isabel II, y considerado como uno de los principales artistas costumbristas, Joaquín Domínguez Bécquer, la plasmó ya ubicada en el Prado de San Sebastián.

Titulada igual que la de Cortés, la obra da buena cuenta de cómo era el emplazamiento,con la desaparecida Puerta de San Fernando en primera instancia; el muro, blanco por entonces, que «contenía» los Jardines del Real Alcázar y la Catedral al fondo. Curiosas son las pequeñas carpas, más cercanas a tinglados medievales que a las casetas que hoy conocemos, y que también aparecen en la zona derecha del lienzo.

Al tío de Gustavo Adolfo y Valeriano le llamaba poderosamente la atención los exteriores sevillanos, siempre llenos de vida, eso sí. Varios ejemplos los tenemos en «Baile en el exterior de una venta», también de 1867, o en su obra más reconocida, la de «Vista de Sevilla desde la Cruz del Campo».

La Feria y los toros. Binomio indisoluble. Temas que no pasaron desapercibidos. Del aspecto taurino sobresale una obra tan trágica como magistral, «La muerte de un torero», de José Villegas Cordero, u otra del citado Joaquín Domínguez, «la Plaza de la Maestranza», donde el coso se presenta, con cierta prespectiva, como un gran espacio abierto.

«Amanecer en Triana», evocadora instantánea, como todas las creadas por Sánchez Perrier, de especial gusto por la naturaleza

«Amanecer en Triana», evocadora instantánea creada por Sánchez Perrier, de especial gusto por la naturaleza

El Guadalquivir, marco y testigo de las principales fiestas sevillanas, aparece perfectamente consignado en la obra Sánchez Perrier. El paisajista sevillano, describe de una manera entre romántica e impresionista la ribera trianera en su «Amanecer en Triana», con el puente de Isabel II en la lejanía y los palos emergentes del agua, donde se ataban las humildes embarcaciones.

Igualmente interesantes son sus «Escenas de huertos extramuros de Sevilla», que puede contemplarse en el museo de Bellas Artes, u «Orillas del Río Guadaira con barco», en torno al 1890.

Pero no sólo de fiesta vivía el sevillano. Manuel Wssel de Guimbarda, pintor nacido en Cuba pero afincado en la capital hispalense durante veinte años, así lo refleja en «Vendedoras de rosquillas en un rincón de Sevilla» (pintura que abre este texto como fragmento).

«Fuente del Rey Moro», de Sorolla

«Fuente del Rey Moro», de Sorolla

La escena, que tiene lugar en el cruce de Conteros con la que hoy es Argote de Molina, habla de trabajo pero también de alegría, en las coloridas ropas de las reposteras, en los humeantes peroles, en las distendidas conversaciones que tienen lugar en las dos esquinas del cuadro, donde vemos otras dos profesiones: el aguador en la izquierda y el gabinete de «cortar y afeitar» bajo el soportal.

Otras obras de referencia del autor son «lavando en el patio», «patio sevillano» o «escena costumbrista en el Alcázar de Sevilla», todas en el museo CarmenThyssen de Málaga.

Es precisamente el Alcázar uno de los monumentos que más fascinación causaba entre los artistas foráneos. Mariano Fortuny captó la esencia del estanque de Mercurio con su impresionista «Estanque en los Jardines del Alcázar», de 1868. Sorolla, por su parte, repitió escenario con «Fuente del Rey Moro», y plasmó cada detalle de sus rincones y jardines en una serie de 20 cuadros como «La alberca», «Patio de danzas» o «Palacio de Carlos V».

A partir de diciembre de 2016, el sevillano podrá disfrutar de más de 300 obras de la Colección Bellver, propiedad del mecenas y apasionado del arte Mariano Bellver Utrera, que tendrán por fin sede expositiva en el Pabellón Real de la Plaza de América. Entre ellas, infinidad de cuadros costrumbristas, con varios de los nombres que integran este texto, y otros como el abanderado José García y Ramos. Escenas sobre lienzo de lo que fuimos y aún seguimos siendo.