El Guadalquivir y Sevilla. Sevilla y el Guadalquivir. Uno no se entiende sin el otro y, sin embargo, ha sido una relación plagada de incidentes, decisiones trascendentales y cambios drásticos. Esto se debe, por un lado, al crecimiento de la ciudad, que ha necesitado ocupar más terreno con el paso de los siglos y, por el otro, a la idiosincrasia del Guadalquivir, cuyos cambios en el nivel fluvial ha provocado sucesos catastróficos.

El Guadalquivir es el principal río del sur de la Península Ibérica. Cada una de las civilizaciones que se ha aprovechado de su gran valor le ha dado un nombre distinto. Los romanos lo llamaban Betis y los musulmanes le asignaron un término en árabe que significaba «río grande» y que, pronunciado, sonaba «al-wādi al-kabīr». De ahí vino su nombre actual.

La Spal fenicia

La primera Sevilla, el asentamiento fenicio llamado Spal, se localizó, hace unos tres mil años, en un altozano alargado, separado del Aljarafe y del santuario del Carambolo por una superficie inundable de unos 4 kilómetros. Situada en el extremo superior del gran estuario del Guadalquivir, era el lugar ideal para un asentamiento: conectado con el Océano Atlántico pero, al mismo tiempo, protegido de los ataques marítimos al no situarse en línea de costa.

Según explica el catedrático F. Borja Barrera, los cambios en el nivel del mar, así como los sedimentos que se fueron acumulando en la llanura, fueron los causantes de los cambios en el cauce del Guadalquivir. Durante el espacio de tiempo que va desde la fundación fenicia de Spal hasta su transformación en la Hispalis romana, el paisaje se consolida, y el río se vuelve aún más sinuoso, dificultando cada vez más el tráfico marítimo.
La colonia romana supondría un importante desarrollo, y llegó a contar con un importante recinto. Las nuevas construcciones invadieron los terrenos recién ganados al río. Había, sobre todo, instalaciones de apoyo a la actividad portuaria, necrópolis, infraestructuras industriales, áreas de viviendas… Con la caída del Imperio Romano, Sevilla recibiría el paso de vándalos hasta que los visigodos se asentaron definitivamente. En el año 712 la ciudad fue ocupada por los musulmanes pasando a ser conocida como Isbiliya.
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Dos versiones

A la hora de estudiar la realidad fluvial de Sevilla en las épocas romana y musulmana, los expertos se dividen entre dos versiones. Por un lado, hay estudios que aseguran que el Guadalquivir poseía dos brazos, uno de ellos llamado el ‘secundario’, que discurría por lo que ahora es el centro histórico, y que fue desecado durante la época musulmana para pasar a formar parte del entramado urbano. El recorrido aproximado de este cauce entraba por la zona de la Barqueta hacia la Alameda de Hércules y seguía aproximadamente por las calles Trajano, Campana, Sierpes, Tetuán, girando hacia el oeste y atravesando en diagonal la Plaza Nueva hacia la Puerta del Arenal, para reunirse con el cauce principal a las afueras de ésta.
Por otro lado, según excavaciones que han sacado a la luz sedimentos en el solar de San Juan de Acre, el brazo secundario no habría existido, sino que hubo solo un canal, que en su día fue desplazándose de este a oeste. Según F. Borja Barrera, que defiende esta tesis, el nuevo curso de agua que surgió tras grandes inundaciones, se convirtió poco a poco en el cauce principal del Guadalquivir, que convivió con el antiguo cauce romano hasta el momento de la construcción de la muralla almohade, cuando se fue desecando.

Riesgo de inundaciones

Las constantes inundaciones y los esfuerzos por preservar la navegabilidad del Guadalquivir han marcado la realidad de Sevilla. Además de ser constantes las intervenciones en su cauce, los diques han protegido siempre a la ciudad de las crecidas fluviales, empezando por la antigua muralla  y por complejos diques de contención. Muchas de las modificaciones en el entorno fluvial se han hecho a través de «cortas», canales artificiales que reducen los meandros del río y fomentan la línea recta.  Entre ellas destaca la Corta de Tablada entre Sevilla y la Punta del Verde. Tiene una longitud de seis kilómetros y en ella están enclavados los muelles actuales y las instalaciones del puerto. Con esta obra se suprimieron los codos de las Delicias, Tablada y Punta del Verde y se acortó el cauce del río en cuatro kilómetros. El cauce histórico del río es, actualmente y gracias a las intervenciones, una dársena inofensiva en cuyo interior se encuentra el Puerto, conectado con la vía fluvial por una esclusa.

El peligro de los arroyos

La amenaza de inundaciones también incluía a los arroyos. El Tagarete, el Tamarguillo, la Ranilla y también el río Guadaíra, han sido responsables de algunas de las riadas más importantes de la ciudad, de ahí que también se interviniese en sus cauces. El Tagarete no solo suponía un peligro, sino que impedía el desarrollo de la ciudad, pues discurría en paralelo a la antigua muralla, continuando por la actual calle San Fernando y desembocando en el Guadalquivir junto a la Torre del Oro. Después de varios intentos de soterramiento, se optó por desviarlo hacia el Tamarguillo. Este, a su vez, fue desviado hacia el río Guadaíra para facilitar el desarrollo de la Exposición Iberoamericana de 1929.