Tal vez nunca haya oído hablar de él, tampoco habrá visto su nombre rotulando una calle ni su busto en una glorieta pero, por más desconocido e ignorado que sea, Willis Haviland Carrier cambió su forma de sobrevivir al verano. ¿Qué hizo para merecer tal consideración? Inventar el aire acondicionado. Un ingenio, a buen seguro poco valorado en Alaska, pero que en Sevilla se convierte en un elemento de primera necesidad.

Angola, Nueva York. Temperatura media en verano, unos 27 grados. En esta localidad, situada a la orilla del lago Erie, nace Willis Carrier, que desde joven demuestra un notable interés por arreglar máquinas de coser, relojes y todo cuanto cayese en su mano. Y si no había nada que arreglar, él lo inventaba. Su afición por las tecnologías y las matemáticas se traducen en una beca para cursar Ingeniería Eléctrica en la universidad de Cornell, título que consigue en 1901.

Sus buenas dotes lo llevan a dirigir el departamento de ingeniería experimental de la compañía Buffalo Forge Company, especializada en fabricar calentadores, sopladores y dispositivos de extracción y escape de aire. Cobraba diez dólares a la semana. Joven, con tan solo 25 años, patentó un sistema para controlar el calor y la humedad y la compañía lo pone a trabajar en sistemas de refrigeración en una empresa que llevaría su nombre, Carrier Air Conditioning Company.

Año 1902, a 6.029 kilómetros de Sevilla, Willis Carrier inventa el aire acondicionado. Aunque su definición como tal se atribuye al ingeniero Stuart H. Cramer.

Junto con seis socios y una inversión de 32.600 dólares funda Carrier Engineering Corporation y con ella lleva el aire acondicionado al Madison Square Garden. En 1914 instala la primera máquina en una casa de Minneapolis pero hasta los años veinte el aire acondicionado no tuvo un boom en su uso residencial. En Estados Unidos, su invento ayudó al comienzo de la migración a las zonas cálidas del sur. En Sevilla, su invento alivió -y alivia- el verano a sus habitantes.