Gustavo y María Rosa son una pareja de lo más peculiar. Cada día, se levantan juntos, desayunan juntos, van al trabajo juntos, almuerzan juntos, duermen la siesta juntos… Todo el día juntos. Aunque más que juntos, son inseparables. Al menos eso es uno de ellos, un agapornis que recibe los mimos de la propietaria de un clásico negocio de la calle Águilas.

Si, por un casual, entran en este negocio situado en las inmediaciones de la plaza de La Alfalfa y encuentran a la dependienta con un agapornis enganchado a su oreja, no se alarmen. Es algo habitual. Desde hace dos años, Gustavo –que es como se llama el pájaro– es la mascota de María Rosa Hinojosa.

El agapornis de la calle Águilas«Él no se cree pájaro, él se siente persona», afirma la propietaria. «El mayor castigo que le puedes imponer es meterlo en una jaula y equipararlo al resto de mascotas», cofiesa María Rosa, quien no logra separarse del animal en ningún momento. De hecho, para salir a la calle debe burlar el marcaje aunque a veces no lo consiga.

«Un día salí al supermercado, como hago siempre, después de engañarlo y dejarlo con mi hija; Gustavo se escapó y salió volando. Me encontró y se quedó a las puertas del híper esperando a que saliera», recuerda María Rosa.

Gustavo es aficionado al baile, «los que lo ven –relata la dueña– dicen que marca los pasos como Michael Jackson» y pierde los papeles delante de un plato de pringá o de arroz con gambas. «Gustavo es muy importante en mi vida, me da mucha compañía», confiesa María Rosa. «Mi marido no está celoso porque ya está acostumbrado», puntualiza.

Tal es el amor que esta familia profesa a los pájaros que han hecho de su bazar multiprecio una tienda de mascotas en las que venden canarios, diamantes, periquitos, cotorras, ninfas, hámsters, conejos… y comida y productos para todos ellos. «Lo paso mal cuando vendo un pájaro y si veo que el comprador no va a cuidarlo como es debido, no se lo vendo», aclara la dueña del establecimiento.

«No sé por qué pero los pájaros se nos dan muy bien, Gustavo no es el primero; hubo un tiempo en el que los clientes me traían los gorriones que se encontraban por la calle para que yo los cuidase», revela María Rosa. «He tenido una ninfa que se llamaba Heidi y que era la delicia del barrio», confiesa. «Los niños venían a jugar con ella, era muy querida», recuerda. Ahora, desde hace dos años, el agapornis Gustavo es el rey alado de la calle Águilas.