En la esquina de Fernán Caballero con Monsalves, en un local situado en una de las placitas con más encanto del Centro, entra don Antonio, un hombre mayor de toda la vida de la zona del Museo. Como cada día, acude a tomar su cafelito a primera hora de la mañana. Lleva años haciendo esa rutina. Allí está también don Carlos, leyendo su periódico. Minutos después, una pareja de policías nacionales se acerca al bar. Santos, el gerente, bromea con don Antonio…

–Ahí viene la Policía, don Antonio, ¿ha hecho usted algo?

Pero los agentes de la nacional no venían a llevarse a don Antonio, sino a desayunar como cada día. Porque la clientela de Casa Santos es una familia… que a partir del año que viene quedará huérfana. Después de 52 años dedicado a este negocio, Santos se jubila junto a su mujer Regla, y el local pasará de nuevo a sus dueños de siempre, la familia Recio, pero perderá la esencia ganada durante más de medio siglo.

Santos Chamarro García es natural de El Burgo de Osma, provincia de Soria, que se vino a Sevilla con 15 años para ser aprendiz, a la casa y negocio de Juan Recio García y su mujer, a los que considera sus segundos padres. Trabajó en el bar Casa Soria, del difunto Juan, como Santos llama a su maestro, hasta que en 1994 se hizo con la gestión del establecimiento, que pasó a denominarse Casa Santos, y así ha permanecido hasta ahora.

El negocio, de ultramarinos, bebidas y cafetería, especializado en chacinas y conservas, lo ha llevado desde entonces con su mujer, la chipionera Regla Mellado. Un soriano y una chipionera que se han granjeado el cariño de la clientela, muy selecta, y de la que han formado parte personalidades como los presidentes de la Junta de Andalucía –durante el tiempo en que Presidencia estaba en el Palacio de Monsalves–; el ex entrenador del Real Betis Balompié, Paco Chaparro; o del mundo del espectáculo y la televisión, como Agustín Bravo.

Santos cuenta que el más campechano de todos ellos era José Rodríguez de la Borbolla, del que cuenta la anécdota que, viendo con su nieto el Resucitado, se le acercó para saludarle afectuosamente. También cuenta que una Madrugada entró en Casa Santos el que fuera su teniente de navío cuando sirvió en la marinería de San Fernando, don Guillermo Cervera, que lo reconoció años después de haber servido junto a él y le propinó un abrazo dentro del mostrador para sorpresa de toda la clientela.

Y es que este matrimonio ha atendido a generaciones enteras, de abuelos a nietos, viendo crecer a los vecinos del barrio del Museo. Su carácter abierto y alegre le ha llevado a conservar la clientela a pesar de los tiempos tan difíciles. Porque Casa Santos es el claro ejemplo de un bar al que acuden, no sólo por el producto que ofrecen, sino por su personal.

«Esto tiene un caché. Aunque parece muy antiguo, la tienda y el bar se ayudan mucho una cosa con la otra», afirma. Otro de los secretos de su éxito es que en este lugar no engañan con el producto, y siempre ponen jamón de jabugo de calidad a buenos precios. No obstante, ese sabor añejo que le concede encanto a Casa Santos, no será para siempre. «La persona que entre tiene que hacer una reforma grandísima», comenta Santos sobre los futuros gestores del negocio, y «eso tiene el agravante de que a lo mejor la gente no te entra».

Se trata, como él mismo comenta, de un trabajo «muy esclavo». «No he podido disfrutar de mis hijos. Abría a las 7 de la mañana y llegaba por la noche, cuando ya estaban durmiendo. Ahora quiero disfrutar de mis tres nietos lo que no he podido disfrutar con mis hijos», señala.

Santos que cumplió el pasado fin de semana 66 años, dice que a todo el mundo al que le ha contado que se jubila le ha dado mucha pena, «pero al mismo tiempo se alegran por mí, porque descanso». Le quedan dos meses, ya que a año nuevo, vida nueva. Entonces, será Maruja, la mujer del que fuera su maestro, quien se haga cargo de alquilar de nuevo este local.

Ésta es la historia de un negocio que, aunque desaparecerá, quedará guardado en la memoria de todos los vecinos que por allí han pasado, generación tras generación. Mientras, clientes como don Antonio o don Carlos, seguirán acudiendo a esa recoleta plazuela cercana al Museo para tomar su café y leer el periódico.