«Al negocio no le quedan mas de ocho o diez años de vida; yo lo heredé de mis padres, pero ni loco lo quiero para mis hijos», confesaba Francisco Aguilar, propietario de la carbonería de la calle Parras, al periódico ABC de Sevilla en diciembre de 1981. El, por aquellos días, más joven de los carboneros sevillanos erró en su vaticinio. Hoy, más de 30 años después, su hijo Luis, el mayor de cuatro, mantiene abiertas las puertas de este comercio tradicional, la última carbonería de Sevilla.

Carbonería de la calle Parras

Detalle de la carbonería. | P. Barahona

Las paredes ennegrecidas marcan el tic tac de un reloj que parece haberse detenido en un tiempo muy lejano. Atravesar el dintel de la carbonería de la calle Parras, en pleno centro de Sevilla y a escasos metros de la basílica de la Macarena, es entrar de lleno en un museo de usos y costumbres populares con mucha vida. Dicen que vende carbón, pero realmente comercia con el calor, con el fuego, el primer descubrimiento de la historia del hombre. Una tecnología que ha avanzado tan deprisa en el último medio siglo que ha acabado con un provechoso negocio, el de los carboneros. Extinto en gran parte de España pero que aún da lumbre en Sevilla.

«Antes había una carbonería en cada calle, ahora solo quedo yo en Sevilla», asegura Luis Aguilar, propietario de la carbonería de la calle Parras. Él heredó el negocio de su padre, Francisco, que a su vez lo recibió del suyo, Manuel, que hizo lo propio del primer carbonero -que se sepa- de la familia, Francisco Aguilar, quien inició esta actividad en la Cruz Verde.

- ¿Le daría pena que se perdiera el negocio?
- Sí, pero no podemos obligar a nadie. No tengo hijos, pero sí sobrinos, y ya vienen por aquí de vez en cuando. Algunos más que otros.
-¿Le gusta su trabajo?
- No es que me guste o me disguste, solo sé que aquí estoy bien. No tengo jefe; no se gana mucho dinero, la verdad, pero tampoco tengo muchos gastos, no tengo estrés…

Con más de cien años a sus espaldas, la carbonería es -a pesar de lo que muchos puedan pensar- un negocio que mantiene su clientela. El trasiego de compradores es intermitente pero constante. «Sobre todo ahora, en invierno», afirma Luis. «Hay quien tiene chimenea y solo la enciende en Navidad y viene a buscar la leña», añade. Muchos de sus asiduos vienen a comprar la bombona de butano, los hay que buscan por carbón para las barbacoas o cisco de picón, que ha repuntado su consumo por mor de crisis y «porque el que lo prueba, se engancha».

«El cisco de carbón o el de picón dan un calor mucho más confortable que el que pueda dar una estufa eléctrica, lo que pasa es que en los años ochenta promovieron una feroz campaña de publicidad contra el picón a favor de los calentadores eléctricos», recuerda. «Metieron mucho miedo, totalmente infundado», garantiza Luis, que defiende las bondades de los braseros «siempre que se tenga la casa bien ventilada».  «’Pero ¿todavía hay gente que tiene braseros en casa?’, me preguntan. ‘Sí, todavía quedamos gente privilegiada’, respondo».

Con las manos tiznadas, Luis atiende a María de los Ángeles, cliente habitual de esta carbonería. «Es más calentito, cuando se entra en casa se nota el calorcito de la copa, la tengo caldeadita», explica esta vecina de San Jerónimo que ha renunciado a la comodidad y limpieza de las estufas eléctricas a favor del calor tradicional del cisco picón. «Lo uso de toda la vida», afirma. «Le echo alhucema y da un olor muy agradable», señala.

Por poco más de un euro al día calienta su casa. «Echo el picón por la mañana y me aguanta hasta por la noche», explica María de los Ángeles, que compra en la calle Parras por la calidad de sus productos, «de encina de Badajoz». El cisco de picón y de carbón está a 0,65 euros el kilo y el carbón a un euro. Braseros, badilas, alhucema, romero… completan la oferta de un negocio poco abierto a las innovaciones.

Redes sociales, página web… y leña, «que vendemos desde hace diez años», estas son los pocos cambios que ha sufrido el sector a lo largo de su historia reciente. La bomba para despachar petróleo ya es una reliquia que solo sirve para atestiguar la antigüedad del espacio.

Años 60 y 70, se acabó el petróleo

Recorte de ABC de Sevilla

Recorte de ABC de Sevilla del 6 de diciembre de 1981.

Carbón, petróleo, gas y eléctricidad. La evolución en las cocinas ha relegado a la tradición a favor de «más comodidad y mejor limpieza», explica Luis, quien defiende que «se ha perdido calidad, porque la comida como mejor sale es con carbón». Aunque se sigue cocinando con carbón, «pero para que suene a moderno lo llaman barbacoa», defiende el carbonero.

El diario ABC de Sevilla publicaba en diciembre de 1981 un reportaje en el que se avisaba del fatídico desenlace para el gremio. «Las carbonerías han sucumbido ante el gas butano», titulaba la periodista Charo Fernández. En él, varios carboneros trataban de explicar el porqué de su inminente desaparición. «las mujeres se han vuelto muy cómodas y no quieren guisar con el carbón, ni tampoco se molestan en encender el brasero, aunque ya no haya que aventarlo, porque se enciende fácilmente con alcohol y papel de plata», señalan los carboneros en el artículo. «Yo me metí en esto por mi padre», afirmaba Francisco, el padre de Luis. «Y me arrepiento, -sigue-. Ni muerto lo quiero para mis hijos», aseguraba.

Más de treinta años después, su hijo Luis sigue despachando carbón en la de la calle Parras. Todos sus vecinos, incluido su padre, vaticinaron el final para este centenario negocio. Todos erraron. El tizne inunda todo el local. Por ahora, el futuro seguirá siendo de un negro sinónimo de vida para la última carbonería de Sevilla.