Su nombre evoca a dulce y a incienso. Sus aceras son testigos mudos de encuentros, tropezones, prisas y esperas que se eternizan. Epicentro oficioso de Sevilla, la plaza de La Campana es el mayor escaparate al que asomarse para ver y ser visto. Un espacio solemne al que entrar silente y con paso racheado o en rumor de algarabía con el izquierdo por delante. Pero ¿de dónde le viene el nombre al punto cero de la ciudad?

Diversos autores, entre los que destaca la teoría de González de León, explican que «desde muy antiguo estaba en el enclave de la actual plaza el almacén donde el Ayuntamiento custodiaba todos los pertrechos para apagar y cortar los incendios públicos, en cuyo espacio estaba colocada una campana que era la que se tocaba en los casos de urgencia para convocar al pueblo y a los operarios para dar pronto auxilio y que, de esta campana, la calle tomó su nombre».

Plaza de La Campana vista desde la plaza del Duque

«El lugar más público de Sevilla», que diría el escritor Cristóbal de Chaves en el siglo XVI. Al menos desde el s. XVIII La Campana ha sido uno de los enclaves más importantes de la ciudad como centro comercial y recreativo de Sevilla, pues enlaza la calle Sierpes con la zona de la Alameda de Hércules, uno de dos ejes, sobre todo a lo largo del XIX y principios del XX, de la diversión y del comercio.

La abundancia de bares, cafés y establecimientos variados, así como el permanente trasiego de público le han otorgado el calificativo de «Puerta del Sol» sevillana, como dejó escrito el viajero francés decimonónico Antaine de Latour. Otros la han llamado metafóricamente el «corazón de Sevilla». Semejantes calificaciones están avaladas por la riqueza de datos que la documentación histórica arroja sobre este lugar. Ya en el s. XVIII había buñolerías y puestos de venta ambulante, que se intensifican en la centuria siguiente, la época de los grandes establecimientos, como el famoso café de la Campana o de Bordallo y la Cervecería Inglesa.

Pero el esplendor de La Campana como zona recreativa ha dado paso a una eminente actividad comercial. A ello ha contribuido poderosamente la desaparición de establecimientos de mucha solera, como el café Novedades, París o el Pasaje Eritaña, en los años 20.

Dada su condición de espacio noble, fue al menos desde el s. XVII paso obligado de procesiones religiosas y cívicas, desfiles militares, cabalgatas, manifestaciones y fiestas carnavalescas. Ese carácter no lo ha perdido del todo, aunque se ha visto sustituida, para ese fin, por otros enclaves urbanos. No obstante, sigue siendo el punto en el que comienza la llamada «carrera oficial», del desfile de cofradías de Semana Santa, para lo cual se instalan en esos días palcos y sillas.

Estado actual de la plaza de La Campana