Asesinatos, blasfemias, extraños animales, traiciones… El callejero sevillano revela las más singulares leyendas. Pasear por las calles del Casco Antiguo es adentrarse en una ciudad a medio camino entre la historia y la ficción. Susona, Sierpes, Hombre de Piedra… o Cabeza del Rey Don Pedro protagonizan la Sevilla de fábula.

La leyenda del último fantasma de Sevilla. Los desencuentros entre el rey Don Pedro I y la Iglesia fueron más que notorios, llegando incluso a generar malestar entre el papa Inocencio IV. Cuando murió su esposa, el monarca decidió casarse con otra mujer sin avisar a la Iglesia. Molesta por su actitud el Papa decide excomulgarlo, para lo cual envían a un sacerdote a que lo hiciera. La leyenda dice que el emisario de las noticias no pudo hacer lo que le habían ordenado y prometió que si no podía hacerlo en vida lo conseguiría estando muerto. Cuentan que por las noches, en el Barrio de Santa Cruz se escucha al sacerdote decir: ¿Dónde estás Pedro I? Te estoy buscando…

Rey Don Pedro IPedro I también protagoniza la leyenda que da nombre dos calles Cabeza del Rey Don Pedro y Candilejo. Dice una leyenda que el rey Don Pedro solía salir de noche a recorrer la ciudad de incógnito. En una de sus correrías tuvo un altercado con un desconocido, al que mató. Al día siguiente corrió la noticia de que un noble había sido asesinado aquella misma noche. El rey mandó averiguar lo ocurrido, prometiendo colgar la cabeza del asesino en el lugar del crimen. Una anciana testificó que podía identificar al culpable: el propio Rey, al que reconoció porque le crujían las articulaciones. El Rey reconoció su culpa y, para expiar su pena, mandó colocar una efigie suya en aquel lugar. El busto y nicho actual son obra de alrededor de los años de 1620-30, que sustituyen a otros más antiguos que había en el mismo lugar. Otros autores, no obstante, datan el busto en el año 1599, y lo atribuyen al escultor Marcos Cabrera.

La leyenda cuenta que la anciana portaba un candilejo para ver lo sucedido. De ahí viene el nombre de la calle desde donde la mujer se percató del asesinato.

La blasfemia explica el nombre de la calle Hombre de Piedra. El pecado, injuriar al Santísimo; el pecador, Matías alias «El Rubio», un bravucón que desde el siglo XV expía su culpa en una hornacina situada justo donde se cometió la irreverencia. O, al menos, es lo que dice la leyenda.

Según indica la leyenda, el protagonista de esta fábula se encontraba bebiendo en una tasca situada en la calle Buen Rostro. Corría el siglo XV. El tintineo de unas campanas anuncia la presencia del Santísimo en las inmediaciones de la taberna. Rápidamente, todos los allí presentes hincan la rodilla en el suelo menos «El Rubio». Matías, que se tenía por valiente, desafió la ley que obligaba a adorar al Santísimo a su paso y alardeó su hazaña. «No me arrodillaré, sino que me quedaré de pie para siempre». Y así fue.

Un trueno ensordecedor estalló sobre la calle y sobre el impío cayó un rayo que lo convirtió en piedra, hundiéndole en la tierra las rodillas que no quiso doblar, convirtiendo su cuerpo en piedra. Su torso se puede contemplar todavía en la calle que lleva el nombre del prodigio y el castigo: Hombre de piedra.

Calle SusonaLa calle Susona esconde una historia de traición. La Sevilla más macabra se cita en la calle de la Muerte, a los pies de la Judería. No busquen en los mapas esta vía por ese nombre, que desapareció de los callejeros en el año 1845. La traición está detrás del cambio de nomenclatura, que pasó a llamarse Susona por una bella judía que, según dicta la leyenda surgida en torno al hecho histórico de la conjura judeoconversa que tuvo lugar en 1480, traicionó a su familia para salvar la vida de su amado.

Para entender estos hechos hay que remontarse al 15 de marzo de 1391, el crisol cultural que vivió Sevilla en los siglos previos al descubrimiento del Nuevo Mundo esconden un oscuro suceso en el que unos 4.000 judíos perdieron la vida. La segunda judería del Reino de Castilla acogió dos revueltas provocadas por envidias de poder y atribuciones de fenómenos paranormales para justificar la devastadora presencia de la peste, que hacía estragos entre la población.

Como represalia, los judíos tramaron una sublevación hacerse con el control de la ciudad, buscando también el apoyo morisco. La cita se produjo en la casa de Diego Susón, judío converso, cabecilla de la revuelta. Este banquero vivía con su hija Susana Ben Susón, conocida en la ciudad como «la ferrosa hembra», que comenzó a verse con un joven cristiano de la nobleza sevillana.

El azar quiso que la joven Susona escuchase la conversación conspiradora y corrió a casa de su amado para intentar salvarle la vida. El cristiano dio aviso al asistente de la ciudad, Diego de Merlo, que ordenó detener a los implicados -incluido Diego Susón-, ahorcándolos en Tablada.

Tras la dominación de la conjura y la ejecución de los implicados, entre ellos su padre, arrepentida de su traición y de la vida de pecado, vivió cristianamente hasta su muerte, dejando en su testamento tan macabra cláusula. «Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás».

Las leyendas, en este caso más de una, también justifican el nombre de la calle Sierpes. Leyendas infantiles o caprichosa planimetría. El origen del nombre de la calle Sierpes baila entre diferentes teorías, todas protagonizadas por un animal: la serpiente. Llamada Espaderos, el siglo XV trajo consigo el cambio de nomenclatura a la calle más transitada de Sevilla.

Existen diversas hipótesis e incluso leyendas que tratan de explicar su nombre; desde que es debido a su serpenteante forma, hasta narraciones complejas que se antojan cuentos infantiles. Lo cierto es que algunos historiadores consideran que proviene de la Cruz de la Cerrajería (ubicada hoy día en la Plaza de Santa Cruz, e instalada hasta 1840 en la confluencia de Sierpes con la calle Rioja), ya que en otro tiempo y según la obra «El Cicerone de Sevilla» de Alejandro Guichot, pudo ser conocida como la Cruz de las Sierpes, o serpientes.