Cuenta la leyenda que la intercesión milagrosa de la Virgen salvó de perecer ahogado a un niño que había caído al pozo público situado en pleno centro de Sevilla. Encomendándolo sus padres a una pintura de la Virgen existente a pocos metros, vieron cómo las aguas aupaban al zagal hasta el brocal. En este hecho, que el cronista Luis de Peraza incluyó en su «Historia de Sevilla», está el origen del nombre de la plaza del Pozo Santo.

Las primeras referencias documentales al topónimo Pozo Santo se remontan a 1387, en 1665 aparece la expresión «calle del Pozo Santo», que alterna a lo largo de los siglos XVII y XVIII con «plazuela del Pozo Santo». En el plano de Olavide de 1771 figura como plaza, pero no así en el azulejo de la misma época situado en la fachada del hospital , que reza Calle del Pozo Santo. Las dudas se disiparían en el siglo XIX, desde el que se viene nombrando inequívocamente como plaza tanto en la documentación oficial como en el uso popular.

Tiene forma rectangular y pese a tratarse de un espacio de no mucha extensión, ha sido un lugar muy significado en la historia de Sevilla. Hoy está convertido en un aparcamiento de vehículos y su graciosa arquitectura popular ha desaparecido en buena parte, con los derribos de la casa frontera al hospital y las construcciones modernas del arranque de la calle Jerónimo Hernández, donde en los años sesenta perduraba aún el popular restaurante El 8. El pavimento es de asfalto, con aceras de losetas. Se instaló el alumbrado eléctrico en 1922, y hoy se ilumina con farolas sobre brazos de fundición.

Museo Pozo SantoCumple funciones residenciales, aunque puede decirse que toda la plaza está prácticamente ocupada por el gran edificio del Hospital del Santísimo Cristo de los Dolores, popularmente conocido como del Pozo Santo. Fue fundado en el siglo XVII por unas terciarias franciscanas, que en 1682 trasladaron allí el hospital para mujeres incurables que habían abierto dos años antes en la Venera, actual José Gestoso.

Muy ampliado en los siglos XVIII y XIX, el edificio ofrece una fachada con dos plantas y entresuelo, dividida en calles por pilastras que parten de un zócalo corrido. En su interior destaca el patio de columnas con arcos semicirculares. Es un edificio de grandes dimensiones, cuya trasera llega hasta la espalda de la iglesia de San Andrés, bordeando la calle Atienza.

En la fachada principal conserva un curioso portillo de ronda en forma de castillo de hierro, destinado en el pasado a guardar los partes de novedades de las patrullas de vigilancia en la ciudad. No hay vestigios del pozo cubierto y enrejado que dio origen al nombre. Según González de León, todavía existía en el siglo XIX.

«El citado pozo -escribe González de León- está cubierto, y en la octava de la Asunción de Nuestra Señora lo abren y se beben sus aguas». En esta plaza falleció el escultor del siglo XVI Jerónimo Hernández, razón por la que fue rotulada con su nombre, en 1899, una de las calles que parten de ella.

Interior del convento