«El paradero de los necios, escarmiento forzoso, arrepentimiento tardo, prueba de amigos, venganza de enemigos, república confusa, enfermedad breve, muerte larga, puerto de suspiros, valle de lágrimas, casa de locos, donde cada uno grita y trata de sola su locura». El paso del escritor Mateo Alemán por la Cárcel Real de Sevilla lo marcó tanto que la interpretó con estas palabras en su el «Guzmán de Alfarache». El presidio más profuso en literatos y artistas acogió entre sus paredes a Bartolomé Morel, Alonso Cano, Martínez Montañés y a Miguel de Cervantes, quien maduraría allí las palabras que escribiría en el «Quijote», describiendo la trena como fuente de su inspiración.

Una entidad financiera ocupa el lugar que en tiempo fue la Cárcel Real, un edificio medieval reformado en los siglos XVI, XVII y XVIII y que se mantuvo en uso hasta el siglo XIX. El origen de esa institución está en el Repartimento que tuvo Sevilla tras la Reconquista de Sevilla por Fernando III en el siglo XIII. En 1418 el edificio se encontraba en ruinas y fue reconstruido a expensas de Doña Guiomar Manuel, una mujer caritativa que dio fondos para la construcción de la Catedral de Sevilla, donde está enterrada.

Cárcel Real de SevillaEl edificio siempre es narrado como un lugar masificado de presos, donde había que pagar importantes cantidades de dinero para tener una celda propia. Los retretes eran prácticamente pozos inmundos, la salubridad era casi nula y los presos, para evitar los castigos físicos, se metían en la mugre hasta el cuello y arrojaban el sucísimo barro a los guardias y verdugos. La inmundicia era tal que cuando Felipe II visitó la ciudad en 1570 y su cortejo pasó frente a la prisión se produjo tal griterío entre las reclusas pidiendo clemencia que el Rey pidió que el cortejo se detuviera.

«Tiene esta cárcel tres puertas. A la primera llaman de oro, porque lo ha de tener, y no poco, el que ha de quedarse en la casa pública o aposentos del alcaide», relata en su memoria pastoral el padre Pedro de León, un jesuita jerezano que asistía a los presos. «Hay cuatro tabernas y bodegones arrendados a catorce y quince reales de alquiler cada día. Y suele ser, el vino del alcaide, y el agua del tabernero; porque nunca faltan bautismos prohibidos en toda ley. Y aunque el asistente la visita cada martes y mira el vino que tienen para ver si está aguado y el precio a como se vende, hay cuidado de poner cuatro jarros de vino riquísimo, uno en cada bodegón y de aquél hacen muestra, dando a entender que aquél es el que venden a los pobres, siendo el que les dan la pura hiel y vinagre», añade el jesuita.

La Cárcel Real se encontraba en la calle Sierpes, cercana a la Plaza San Francisco, y su Cuerpo de Guardia tenía su sede en la vecina calle de Entrecárceles. Con la «alcaldía» del asistente Francisco Chacón, entre 1560 y 1566, se acuerda añadir al edificio una crujía de fachada y una nueva portada, pero para ello era preciso derribar unas casas propiedad de la Iglesia. A cambio se les ofreció el Cabildo viejo, situado en el Corral de los Olmos, y una tienda de especias en la Alcaicería. Sin llegar a un acuerdo definitivo con el clero, se derribaron las casas, lo que provocó la excomunión de Chacón.

Gracias a las gestiones del nuevo asistente, Francisco Hurtado de Mendoza, finalmente el edificio fue reformado por Hernán Ruiz II y Benabuto Tortello en 1569. Los planos de la prisión que se conservan en el Archivo Histórico Nacional son de 1716. Durante los siglos XVII y XVIII se realizaron varias reformas.

La cárcel subsistió hasta 1835 cuando se trasladó al antiguo edificio de los Agustinos Descalzos de Nuestra Señora del Pópulo, siendo este el comienzo de la cárcel del Pópulo. La cárcel se derribó y la parcela, de 42.163,18 metros cuadrados, se destinó a otros usos. Fue hotel, café y sede del Círculo de Labradores, para terminar siendo adquirida por el Banco Hispanoamericano. En la actualidad es sede de Caixabank, después de pasar por las manos de la Caja San Fernando. Una losa de 1905 y una placa de cerámica de 1984 recuerdan em la fachada lo que allí hubo. En la parte trasera se colocó el busto de Miguel de Cervantes en recuerdo de su estancia como recluso de la Cárcel Real.