Agentes secretos, contraespionaje, tapaderas, confidentes, la Gestapo… Sevilla vivió un activo papel en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Aliados y las Potencias del Eje se disputaban metros en las muchas batallas que asolaron Europa mientras que en el sur de España, una nación teóricamente neutral, se tramaban argucias para inclinar la contienda de uno y otro lado. Muchas de ellas urdidas por nazis que se afincaron en la capital andaluza y en cuya actuación estuvo uno de los hitos para la caída del Tercer Reich.

La falsa neutralidad de países como España o Portugal hicieron que ambos fuesen transitados por una buena nómina de espías que trataban de inclinar la contienda para sus respectivos interesados. Los portugueses, dada su filiación con Londres, apoyarían a los Aliados; por su parte, los españoles patrocinarían veladamente la causa de las Potencias del Eje. La península Ibérica era clave por su posición y, de forma superlativa, el sur del Sur, donde se controlaba el Estrecho de Gibraltar, paso obligado del Mediterráneo para buques y submarinos.

Pero, además de su relevante posición, Andalucía llegó a abastecer a los alemanes de cítricos, aceite, lana, corcho, resinas y minerales. Wolframio, en concreto, que abundaba en España e interesaba a los alemanes para el blindaje de la maquinaria bélica nazi.

«De aquella unión nacieron consorcios como Sofindus, la Sociedad Financiera e Industrial, fundada en 1938 conforme a los acuerdos hispano-alemanes firmados. España tendría un papel claramente de ‘abastecedor’ de materias primas a la economía de guerra alemana, también como medida obligada para mitigar la deuda contraída en la guerra española con los alemanes», explica el experto periodista José Manuel García Bautista, autor entre otros de libros como «Nazis en Sevilla».

Bernhardt-himler-con-franco

Bernhardt y Himler con Franco.

Sofindus operó hasta el año 1945 bajo las órdenes de Johannes Bernhardt, un jerarca nazi y un militar que alcanzó el grado de general honorario de las SS, poseedor del 60 por ciento de la sociedad. «Una tapadera», explica García Bautista. De hecho, «en julio de 1945 los Aliados pidieron que el consorcio Sofindus les fuera transferido para depurar responsabilidades, comprobar hasta donde estaba implicado el permisivo gobierno español», detalla el experto. Bernhardt era el hombre de Goering en España y su nombre apareció en la lista de 104 nombres que los Aliados hicieron llegar a Franco al término de la contienda.

Más allá de que Andalucía fuese proveedor del Tercer Reich, en Sevilla se alojaron espías nazis enviados con el objetivo de sabotear a los Aliados. Entre ellos destacan los Clauss, Adolf y sus hijos Ludwig y Adolf, que «fueron tremendamente activos», detalla García Bautista, quien no duda de la filiación de los hermanos a la inteligencia alemana en Sevilla.

Los hermanos Clauss se movían en círculos frecuentados por altas autoridades nazis en la capital andaluza, como Patricio A. Drexel, considerado como el jefe de la Gestapo en Sevilla, que operó en la ciudad desde 1936 a 1944. Por encima de este estaba el cónsul Gustav Draeger, que frecuentaba el hotel Inglaterra para cumplir con los rigores de la diplomacia al tiempo que lideraba, según relata García Bautista, la inteligencia militar en el sudoeste de España.

«Los ingleses extraían mineral en Huelva pero en Sevilla obtenían la información», detalla García Bautista. «Y donde estaban los ingleses, estaban los alemanes», añade. Los alemanes frecuentaban el barrio de Santa Cruz, Draeger vivía en la calle Fabiola; también actuaban en pisos francos de la Macarena o en el entorno del círculo de Labradores de la calle Sierpes.

En este ir y venir de informaciones, Draeger -amigo de Gonzalo Queipo de Llano- y los hermanos Clauss protagonizaron uno de los episodios más relevantes en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Pero, lejos de ayudar a su país, los alemanes asentados en Sevilla resultaron ser piezas claves en caída del Tercer Reich.

Se trata de la operación «Mincemeat», un plan urdido por los ingleses para engañar al alto mando alemán. Los Aliados hicieron creer a los espías afincados en Sevilla que habían encontrado en la playa de El Portil el cuerpo sin vida del comandante de los Royal Marines William Martin con información muy importante en la que se señalaba el desembarco de tropas aliadas en los Balcanes y Cerdeña.

Adolf Clauss fue el primero en manejar tan importante información para los alemanes. Rápidamente la pasó a Draeger y este al alto mando alemán. La inteligencia determinó la veracidad de la información y Hitler ordenó al mariscal Rommel, «el zorro del desierto» -general de los Afrika Korps-, a Grecia y no a Sicilia, donde desembarcaron los Aliados sin mucha resistencia «cambiando el curso de la guerra», como reza en la lápida del Comandante Martin en el cementerio de Huelva.

«En Sevilla se gana la guerra en el Mediterráneo», afirma García Bautista. «Los Clauss y Draeger se lucieron, aunque el plan estaba muy bien trazado por Montagu». Así, la inteligencia nazi en Sevilla colaboró, por mor de su mal tino, en la caída del Tercer Reich.