Durante casi cuarenta años, Francisco Luque Vera fue profesor y tutor del colegio San Francisco de Paula, un lugar que consideraba «su casa». Según afirmaba, dar clases suponía «la ilusión diaria del trabajo, el trato afable con los compañeros y los padres». Francisco Luque falleció el pasado 5 de febrero a los 67 años de edad a causa de una enfermedad, dejando una huella imborrable tras ser un referente para muchas generaciones.

Las muestras de cariño expresadas a través de las redes sociales han dejado patente que era una persona querida y admirada por sus alumnos. «Siempre lo recordaré», «de mis mejores maestros de la infancia», «profesor de los de verdad» o «gran profesor y mejor persona» son algunos de los mensajes que han dedicado al docente. Llegó al colegio en el año 1974, como maestro interno y, «además de dar clases en Primaria, desempeñó funciones de ATS durante muchos años, jubilándose en 2013».

Su trayectoria profesional, junto con la de otros compañeros que cumplían más de 35 años de forma ininterrumpida en el colegio, fue reconocida en 2011. Destacó entonces «la necesidad que tuvo el centro de adaptarse al siglo XXI». «La evolución y el plan de trabajo del colegio así lo requería, al igual que la instauración de la tecnología», manifestó.

Oriundo de Castilleja del Campo, estudió en la Escuela de Magisterio. Su amigo, compañero y mentor, Joaquín Leflet, recuerda en una carta dirigida a Luque que «al terminar la carrera, trabajamos de Interinos en la Escuela Pública hasta que nos fuimos a la mili». En ella relata cómo el destino les unió en el San Francisco de Paula y les permitió compartir profesión durante casi cuarenta años, cuando Luque trabajaba de interino en Carrión de los Céspedes. «Supe por don Luis Rey que hacía falta un maestro que además debía cuidar del internado. Hablé con él y le dije que yo conocía uno de total confianza. Y así fue como nos encontramos en San Francisco de Paula».

Y no le defraudó. Lo califica como «más un padre que un maestro para los alumnos», y en la misiva destaca sobre todo su profesionalidad, responsabilidad y humanidad. «Un defensor a ultranza de la creatividad en el aula», pues pensaba que «el objetivo principal de la educación debía ser formar personas capaces de hacer cosas nuevas y no simplemente repetir lo que otros antes hicieron, inspirando a los alumnos el deseo de aprender cada día algo nuevo».

«La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo», solía decir «siguiendo a Paulo Freire». Desde su jubilación, Francisco Luque se alejó de las aulas pero se pudo acercar más a su pueblo, «estar con los amigos, pasar más tiempo con su nieto y procurar mayor dedicación a su otra pasión, los trabajos artísticos».