Doce veces ha esquivado la muerte y ahora se ríe de ella. «Recuerdo los silbidos de las balas mientras que yo las esquivaba haciendo kung-fu», recuerda el vecino más longevo de la calle Feria. Genaro Reyes Capdepont alcanzó los cien años de edad el pasado 6 de enero. Ha vivido crisis, guerras y líos de faldas, que confiesa sin rubor, y todo lo ha superado haciendo gala de valentía. Su secreto, no perder nunca la sonrisa… «y comer, fumar y beber poco».

«Siempre fui muy valiente, nada me daba miedo; si había que ir, iba el primero, sin importar el riesgo», relata Genaro. Eran otros tiempos. España se batía en la Guerra Civil y al bueno de Genaro, recién llegado a Sevilla procedente de Villamanrique de la Condesa, le tocó hacer la mili justo un 18 de julio de 1936, día del alzamiento militar.

Del cuartel del Carmen de la calle Baños, se fue a campear por donde lo llevó la batalla. «Hasta doce veces tuve la muerte encima», rememora Genaro. «Un día recibí un balazo en el casco, debía venir rebotada porque no me llegó a atravesar; solo me hizo una pequeña herida», explica con memoria fluida este vecino de la calle Feria. «Otro día, mientras trepaba una higuera en Cerro Muriano, oí el silbido de una bala de cañón; tuve suerte y cayó en la tierra sin detonar», enumera. «También impactó una bala en la culata del fusil, me salvó la vida», afirma.

El capítulo más rocambolesco de su etapa como militar le valió una medalla al mérito. «Mi compañero y yo vimos que venía un tanque de frente, directo a nosotros; pensamos que no saldríamos de allí. Por sorpresa, frenó y, lejos de correr o escondernos, decidimos ir a por él lanzándole granadas y botellas incendiarias», narra con entusiasmo. «Con la humareda, conseguimos sacar a los soldados del tanque y nos hicimos con él; a cambio, nos dieron 500 pesetas y una medalla», detalla Genaro.

El día más feliz de su vida

Genaro y FelipaEl hambre, los horrores y el sinsabor de la guerra dio paso a la etapa más feliz de Genaro. A su llegada a Sevilla decide montar un negocio de ultramarinos en la calle Bécquer al que llamó Casa Genaro. Allí conoció a su esposa, Felipa, con la que tuvo cuatro hijos. «Cuando vi entrar a mi mujer por la puerta pensé que ella era para mí. Y así fue. Ha sido lo mejor de mi vida», recuerda este vecino centenario. «Fue un flechazo», confirma.

En ese establecimiento se ganó el cariño de sus vecinos. «Siempre traté de ayudar, incluso repartía todos los viernes unos cuatro pucheros a familias que no tenían que dar de comer a sus hijos», detalla. «Eso sí era crisis», afirma. «Todavía, a día de hoy, me paran por la calle y me dan muestras de ese afecto», explica.

Su buen hacer con el vecindario también implicaba satisfacer, siempre que la ocasión lo mereciese, las necesidades de las mujeres del barrio. «Me aprovechaba todo lo que podía con las clientes», relata. «Recuerdo que en la zona vivía un hombre que le daba mucho al vino. Mientras que él bebía, yo me acostaba con su mujer», narra entre risas. «Cuando todo el mundo me quería, sería por algo», ironiza.

De esos tiempos solo conserva el vicio de fumar puritos. «Me fumo uno cada mañana en el camino hasta el hogar del pensionista de Sánchez Perrier», asegura. A sus cien años, baja y sube las escaleras y anda sin más ayuda que un bastón; nadie lo acompaña en sus paseos por la calle. Y en el centro de día, cuenta por victorias los pulsos que les echa a sus amigos, todos, menores que él. «Ya me he cargado a unos pocos, y los que van a caer», bromea.

Genaro es seguidor del Sevilla Fútbol Club, «pero sin fanatismos», y aunque le gusta la Semana Santa nunca perteneció a ninguna hermandad. «No tenía tiempo, del trabajo iba a mi casa y de mi casa al trabajo», matiza. Nunca ha tenido un dolor de cabeza, nunca se ha recriado y apenas va al médico. Toma una única pastilla al día, «y por precaución para la próstata», puntualiza. Ha tenido cuatro hijos, 12 nietos y cuatro biznietos.

Sevilla ha cambiado mucho, «afortunadamente para mejor», y durante ese tiempo Genaro ha seguido fiel a su dogma. Su secreto, no perder nunca la sonrisa… «y comer, fumar y beber poco». Y con esa actitud promete dar guerra, esta vez sin fusiles de por medio, hasta los 105 años. «Esa es mi meta», confirma.