Como en muchas obras de arte, el espacio negativo, el vacío, revela a veces mucha más información que el propio contenido. También en las ciudades. Los transeúntes de la avenida Marqués de Paradas llevan días fijando su mirada en apenas un metro cuadrado. Vacío, inerte, deshabitado, hueco, desocupado, frío. Un sencillo ramo de flores y una nota marca el lugar en el que hasta no hace mucho vivía Encarna. Llámenla indigente, nunca mendiga, pues no pedía. El lunes falleció, sorprendiendo la noticia a los vecinos de la zona, que extrañan a esta habitual de la calle.

«Se la echa de menos, pasar por Marqués de Paradas y no verla es como ir por la avenida de la Constitución y no ver la Giralda», confiesa Cristina, propietaria del Bar Sevilla, cercano a la casapuerta en la que vivía Encarna. Allí compraba, desde hace 21 años, el tabaco, unas dos cajetillas por día y el café de por la mañana. «Dinero siempre tenía, siempre pagaba», destaca.

Encarna, la indigente de Marqués de ParadasLos vecinos cuentan que Encarna tenía una pensión y que vivía también gracias a los cuidados de varias personas y organizaciones. No aceptaba comida, solo de su gente de confianza. «Al principio llegaba un Mercedes del que se bajaban para darle dinero», recuerda Cristina, quien ha confabulado mucho sobre la vida de Encarna. Nadie sabe sus apellidos ni su historia personal pero muchos señalan que era de una buena familia sevillana vinculada con la Marina.

«Mentaba mucho a los militares y a la Marina», asegura Antonio, un operario de mantenimiento del Centro de Salud de Marqués de Paradas. «Era muy culta, sabía leer y escribir pero no se comunicaba con nadie, huía de la gente», añade. «No pedía, ni aceptaba nada, nunca dio un problema y nadie se quejó de ella», explica Antonio. «Y era muy limpia, todos los días limpiaba el escalón, recogía las cosas y las volvía a ordenar», asegura Pepi, una operaria de Lipasam que la recuerda mientras que pasa la escoba por lo que en tiempo fue el hogar de Encarna.

La puerta accesoria del Centro de Salud de Marqués de Paradas, en el número 47 de la misma calle, lleva siendo la residencia de Encarna desde el año 1991, en los meses previos a la Expo del 92. Lugar de paso entre el centro y la estación Plaza de Armas, muchos son los viajeros que extrañan a Encarna. Se paran, preguntan por ella, se interesan por los dos perros con los que convivían y muestran su pésame.

Un vecino mira el cartel de Encarna

«Aquí pregunta una media de 30 personas al día por Encarna desde el lunes, cuando pusieron unas flores y una vela en el escalón», detalla Antonio Caballero, vendedor de la ONCE que monta su puesto todos los días a las puertas del centro de salud. «Era una persona muy querida en la zona», recalca. «Lo que no me explico, y es algo que se pregunta mucha gente, es cómo murió justo cuando la habían ingresado en una residencia de ancianos de Osuna, después de llevar una veintena de años sin que le pasara nada», cuestiona el cuponero.

La respuesta la aporta Cristina. «A un pájaro no se le puede enjaular». Hace cuatro meses los servicios sociales, varios policías y técnicos sanitarios se llevaron a Encarna. Después de permanecer unos meses en el Hospital de San Lázaro, ingresó en una residencia de Osuna. Según cuenta la propietaria del bar, Encarna padecía cáncer de estómago y quién sabe si su cuerpo no aguantó la terapia.

«Yo he estado a punto de pelearme por ella»

«’Cristina, no me quiero ir; no dejes que me lleven’, repetía me Encarna; y estoy convencida de que si la hubiesen dejado ahí todavía seguiría viva», afirma su amiga. «Cuando murió su último perrito creí que se moriría ella, pero no», confiesa Cristina. «Y nunca el pasó nada, ni una pelea, ni agresión… si acaso algún insulto por parte de niñatos con la borrachera», enumera. «Yo he estado a punto de pelearme por ella», añade Javier, camarero del Bar Sevilla. Nunca pasó nada.

Celosa de su vida, muy prudente, educada, culta y «arregladita siempre dentro de sus posibilidades». «A Encarna se le veía mucho postín, a pesar de estar en la calle; ya por último hablaba sola», revela María Isabel, una vecina de la calle Bailén. «Mencionaba un guardamuebles en Valencia, por lo que le pude sacar, vivía con un hombre que la engañó», desvela Cristina. «Algo le pasaría para que se echase a la calle», añade María Isabel. «Bastante ha sufrido; ahora, a descansar».

Los corrillos de vecinos en torno al número 47 de Marqués de Paradas intentan desenmarañar la historia de Encarna. Queda su hueco vacío. Apenas un metro cuadrado hacia el que los transeúntes miran sin ver a nadie.