El Cerro de las Águilas, así en plural, se conocía en sus inicios el popular barrio de El Cerro del Águila. El motivo es que eran muchas aves de esta especie las que sobrevolaban ésta casi centenaria barriada sevillana, y tanto rondaban la zona que se le puso su nombre a esta zona residencial de la ciudad.

La «vida» de El Cerro del Águila está llena de luces y sombras. Luces porque se hizo grande gracias al esfuerzo y al «sudor» de los vecinos. Sombras porque la tragedia se ensañó con esta nueva zona que estaba creciendo al este de la ciudad cuando explotó del polvorín de Santa Bárbara.

Fue en 1922 cuando comenzaron a construirse las primeras viviendas. Era una oportunidad única para tener una casa en propiedad. El trazado parcelario se lo encargaron al famoso arquitecto Juan Talavera. El metro cuadrado en este terreno costaba por aquel entonces cinco pesetas.

Un precio muy asequible y más atractivo aún para aquellos que por su oficio pudieron hacerse sus propias casas. Incluso llegaron a llamar a las viviendas las «casas autoconstruidas» por el gran número de albañiles que se mudaron al barrio y edificaron sus hogares.

Ya en la década de los años 30, el barrio fue cogiendo forma, se abrió el primer mercado de abastos y se inauguró la fábrica Hytasa que ayudó más si cabe a la expansión del barrio.

Explosión del polvorín de Santa Bárbara

Explosión del polvorín de Santa Bárbara

Según cuentan la ilusión de los cerreños era patente, pero en un abrir y cerrar de ojos vieron truncados todos sus sueños al estallar el polvorín de Santa Bárbara. El 13 de marzo de 1941 se produjo la explosión, dejando totalmente destrozada 10 manzanas de alrededor. La onda expansiva fue tal que se rompieron cristales de la Plaza de España.

La reconstrucción de El Cerro del Águila no se hizo esperar y, con el impetú que caracteriza a los vecinos de este popular barrio, se levantó de nuevo en un mes, tan sólo no se pudieron recuperar 100 viviendas.

El Cerro del Águila unido ha sabido «capear» las adversidades, una unión que sigue hoy día presente en cada uno de los hogares en el que hay un cerreño. Se identifican por el fervor que sienten por su hermandad, por su parroquia y por el barrio en sí. ¿Quién no ha oído decir de un vecino del cerro que no le hace falta salir de sus barriada para tener todo lo que necesita?