Cada Martes Santo, desde la calle Aníbal González 28, suena un rezo hecho cante al paso de la Virgen de los Dolores que enmudece a los miles de hermanos y fieles de la Hermandad del Cerro del Águila, que se congregan en los alrededores para escuchar la saeta de un vecino más: José Pérez Leal, «el Sacri».

La historia del Sacri está indisolublemente unida a la de la parroquia del barrio, en la que fue primero monaguillo y después sacristán, una parte de su vida que recuerda «con mucha nostalgia» y de la que no ha querido desprenderse nunca, de ahí que siga conservando su apodo -«el Sacri»- como nombre artístico.

«Yo he visto cómo construían la parroquia del Cerro, y fue en el coro de la iglesia donde empecé a cantar. Parte de mi niñez y adolescencia la he pasado entre sus cuatro paredes. Recuerdo que era yo quien arreglaba el paso entero de la hermandad a base de colocar puntillas en la madera muy bien clavadas para que luego no se deformara nada y que me ocupaba tambien de limpiar la cera», declara el Sacri.

Hoy día, su devoción a la hermandad de su barrio la expresa en cada saeta que le canta a su Virgen de los Dolores: «Todo lo que tengo se lo entrego en cada cante. Yo me he criado con ella, pues fui yo quien la traje a la iglesia, cuando el cura Antonio Gómez Villalobos y un servidor fuimos en un taxi a recogerla al taller del escultor Sebastián Santos, autor de la talla», subraya.

Su vinculación con el Cerro «sigue muy presente» aunque destaca que «ya no tengo tantas amistades como antes, pues el barrio ha cambiado mucho y han llegado muchas personas más  jóvenes que se han establecido en la zona, y aunque todo el mundo sabe quién es el Sacri, yo cada vez conozco a menos vecinos», señala el saetero.

El Sacri es uno de los cantaores más reputados de la Semana Santa, siendo el ganador de la última edición de la Saeta de Oro, un reconocimiento que antes que él ganaron figuras de la talla de Antonio Mairena, Naranjito de Triana o Pepe Peregil.

Su vena artística encuentra antecedentes consanguíneos en un familiar lejano, Manuel Escacena, «quien fue un famoso cantaor flamenco», y también en su hermana «que ha triunfado cantando en América, país en el que ha estado viviendo muchos años», apunta el Sacri. Precisamente, fue junto a su hermana cuando él se arrancó a cantar su primera saeta: «Fue en la Avenida de la Constitución, a la Virgen Macarena, cuando sólo tenía unos 15 años de edad, en un momento en el que me vino la inspiración y me puse a cantar».

A raíz de entonces, «me entró el gusanillo por la Semana Santa y me empezaron a llamar para cantar saetas». Su estilo fue forjándose a base de beber de los mejores, pues «fui recopilando saetas de Pepe Pinto, de Manolo Caracol o de Manuel de Centeno, y cogí lo mejor de cada uno».

Su casa en las afueras de la ciudad es un verdadero museo cofrade, donde guarda multitud de condecoraciones y premios que ha recibido de las hermandades de Sevilla y provincia. No obstante, reconoce que tiene «una espinita clavada», y es «un reconocimiento de mi Hermandad del Cerro», aunque señala a continuación que mientras llega, al menos, ha tenido la «satisfacción» de ser nombrado «cerreño del año».