Para comprender la vida de un barrio como Torreblanca tan sólo hace falta seguir el cauce de un canal de regadío que lo atraviesa, el conocido como «Canal de los Presos», o del Bajo Guadalquivir. Surcar su cuenca no sólo lleva desde Peñaflor hasta Trebujena, sino que además supone conocer un episodio clave de cuantos integran la historia reciente de Sevilla.

Hablar del canal es remontarse al plan de obras públicas del Gobierno de Franco, que contempló, en especial, actuaciones de índole hidráulica como las realizadas en el canal de Montijo, localidad de Badajoz, o en los de Rosarito y Alberche, situados en las toledanas Añover de Tajo y Talavera de la Reina, respectivamente. Se pensó que, expandiendo los sistemas de regadío, la capacidad productiva agrícola de España aumentaría exponencialmente, y entre esas actuaciones, la joya de la corona fue la canalización en el bajo Guadalquivir.

Proyecto estatal

Tras la Guerra Civil, en 1940 se creó el llamado Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas (SCPM), que durante sus dos décadas de vida gestionó un volumen de obras valoradas en los dos mil millones de euros de finales de los años cincuenta. Sin ir más lejos, como se desprende del libro «El Canal de los Presos (1940-1962)», coordinado por Gonzalo Acosta y Cecilio Gordillo, el presupuesto con el que contaron los trabajos en la zona de Sevilla, entre los que figuran los del Bajo Guadalquivir, ascendió a más de 207 millones de pesetas, pero la cantidad hubiera sido muy superior si las obras se hubieran llevado a cabo bajo las salarios estipulados en la época.

Porque, como su propio nombre indica, los trabajos fueron llevados a cabo por reclusos que recibieron el proyecto como una manera de escapar de la complicada vida en la cárcel e incluso de reducir su condena, a través de esta ocupación en favor del país. Según la Confederación General del Trabajo (CGT), «un día de trabajo equivalía a tres de condena».

La SCPM se nutría de los ministerios entonces llamados «del Ejército», que le suministraba vigilancia y organización, y del de Justicia, que hacía lo propio con la mano de obra. La presencia de este organismo se fundamentaba en la teórica intención de «utilizar las aptitudes de los penados, con el doble fin de aprovecharles en su propio beneficio moral y material y en el del Estado, aplicándolas a la ejecución de obras de utilidad nacional», según la Ley creada al respecto.

Las agrupaciones de trabajo, de las que llegaron a establecerse hasta ocho repartidas por diversos puntos de la península, estaban bajo el mando de un teniente coronel o comandante de Ingenieros con su correspondiente plana mayor, que debía garantizar la sanidad, la intendencia y los servicios técnicos, así como la ayuda espiritual, representada en la figura de un capellán, como se cuenta en la citada publicación.

Por debajo de la «cúpula», la organización la llevaban a cabo los propios represaliados, que no sólo se dedicaban a las obras en sí, sino que podían cumplir otras funciones como las de mecánico, médico, enfermero, listero, sastre, zapatero o encargado de economato, entre otras tantas.

Son los propios documentos de las SCPM los que arrojan luz sobre el número de trabajadores que pudo formar parte de la agrupación de Sevilla, situando la cantidad en 5.000 en el año 1943. La duración media de las personas en los trabajos se situaría, hasta 1946, en 16 meses. Los datos serían relativos en la segunda mitad de la década de los 40, cuando el personal penado comenzó a ser relevado por contratos a trabajadores libres. La mayoría eran los propios «libertos», como se les solía llamar, que tras su período de castigo no veían mejor solución que continuar trabajando en el canal.

El Canal de los Presos, en la actualidad

El Canal de los Presos, o del Bajo Guadalquivir, en la actualidad

El ventajoso regadío

Los orígenes del canal, sin embargo, habría que buscarlos en el siglo XIX, cuando empezó a inculcarse una mentalidad basada en el regadío, en la agricultura, como vías de crecimiento frente a la dominante tradición de los navegantes, tan presente en Sevilla desde su cenit como Puerto de Indias en el siglo XVI. Frente a proyectos que pretendían hacer navegable el cauce del Guadalquivir desde la capital hispalense hasta Córdoba, fueron ganando terreno otros que contemplaban excavaciones para asegurar el novedoso sistema de riego.

Sólo que los trabajos no se iniciaron hasta el año 1933. La Guerra Civil supuso un obligado impás, pero ya desde el mismo año 39 las obras se reanudaron hasta 1968, cuando se terminó de ejecutar el último tramo, a la altura de la gaditana Trebujena. No obstante, en los últimos ocho años las labores ya fueron llevadas a cabo como una actividad empresarial normal. Es decir, ya no participaban de ella reclusos.

La envergadura de la obra se comprende al conocer el amplio trayecto que cubre, de 158 km, en el que varias localidades del área metropolitana y de la Campiña de Sevilla, como Lora y Palma del Río, Carmona, La Rinconada, Dos Hermanas, Utrera o Alcalá de Guadaira se ven surtidas por el agua contenida en el pantano de Peñaflor.

Como en todo país que experimenta un conflicto bélico, sobre todo en su propio territorio, las condiciones económicas posteriores a la contienda siempre son cercanas a la penuria. En el caso que nos ocupa, se tradujo en escasez de medios técnicos, lo que dificultó la tarea de la excavación y construcción del canal, que a veces quedaba relegada al empleo de herramientas tradicionales como el pico y la pala.

Origen de las barriadas

Paralelo al avance de las obras se establecieron puntos donde se asentaban las agrupaciones de trabajo, como ocurrió en La Corchuela o Los Merinales, cerca de Dos Hermanas. Aunque la amplia mayoría de los reclusos que integraron las obras en el canal de Bajo Guadalquivir eran andaluces, la costumbre era emplear a personas de puntos alejados del lugar de las obras, lo que provocaba que los familiares mudaran su residencia a esas zonas cercanas a las agrupaciones de trabajo.

Este sería el germen de los barrios sevillanos de Torreblanca, Bellavista y también Valdezorras, amén del cambio que supuso en la demografía y la vida de las localidades que atravesaba el canal. Aunque estos sectores y municipios ya existieran, el canal de los presos ocupó buena parte de su historia, sobre todo lo relativo a la reinserción de los trabajadores una vez había finalizado su condena. Eran libres, pero no podían volver, por ley, a su lugar de procedencia.

En Torreblanca, el canal se hace aún más patente puesto que llegó a dividir el barrio en dos. Con el tiempo, la zona aledaña al cauce se fue degradando hasta que, en el año 2005 se culminaron trabajos municipales que la adecentaron y la dotaron de infraestructuras, entre ellas, zonas de juego, cerramientos que la hacen más segura y un nuevo puente, que ha mejorado la comunicación entre ámbas márgenes.

A finales de 2013, esta canalización pasó a llamarse oficialmente «de los Presos» en homenaje a aquellos trabajadores que lograron llevar a cabo un proyecto hidráulico de semejantes dimensiones en tan precario contexto. Lugar de la Memoria de los protagonistas de un desconocido episodio de la historia de nuestros barrios.