La herencia literaria de Sevilla es cuestión de sobra valorada por sus ciudadanos. Nombres como Bécquer, los Álvarez Quintero o los Hermanos Machado gozan de un reconocimiento artístico que también se traduce en monumentos y rótulos en céntricas calles.

No obstante, no todos los nombres se manejan con igual soltura. Mucho menos cuando se trata de poetisas y literatas. Del selecto grupo de mujeres constituido por Mercedes de Velilla, Blanca de los Ríos o Antonia Díaz, entre otras, podría destacarse, por lo desconocido, a Concepción Estevarena.

Estevarena podría haber sido un mito literario, una figura de masas. Tenía todos los mimbres: murió muy joven, con una vida complicada, y en su estilo había señas que la acercaban a la esencia becqueriana más pura.

No en vano, poetas como Joaquín Caro Romero, no dudan en afirmar que «parece que Bécquer habla por su boca, en su modelo de sobriedad y limpieza expresiva. Sin excesos ni amaneramientos», a la hora de valorar su única y póstuma obra, «Últimas flores».

En dicha recopilación poética participaron desde José de Velilla, que se encargó de conformar la antología (y su prólogo), a Juan Antonio Cavestany o José Lamarque de Novoa, por nombrar solo algunos de los poetas españoles que dieron su último adiós en una singular «corona literaria».

Calle Concepción Estevarena / Google Maps

La calle Concepción Estevarena, en Alcosa, rinde homenaje desde 2006 a la poetisa desaparecida / Google Maps

Su extenso nombre (Rafaela María de la Concepción Ana de la Santísima Trinidad) crea la ilusión de un lujo aristocrático que no fue tal. Más bien lo contrario. Su madre falleció cuando ella contaba con diecisiete meses.

Desde entonces, y como hija única, Concepción vivió junto a su padre tiempos de escasez y deudas, que afloraron tras la muerte del progenitor, en 1875, llegando a vender su casa para saldarlas; y de represión, pues le tenía prohibida la creación literaria.

Como se relata en el prólogo de «Últimas flores», Estevarena apuntaba las rimas en la pared hasta memorizarlas, y entonces las eliminaba. Los versos no trataban de la ilusión del amor juvenil, sino de la levedad de la vida y la realidad inevitable de la muerte.

Estevarena y Sevilla

La escena cultural de la Sevilla de mediados del XIX impulsó a las musas de la poetisa, en especial al conocer a la familia Velilla, su gran apoyo, y su tertulia de la calle Manteros. Pero la tuberculosis frenó todo progreso, acabando con su vida en 1876 en Jaca, Huesca, localidad a la que se mudó por residir allí un primo suyo, chantre catedralicio.

Aún lejos de los jardines de María Luisa, y de la calle Siete Revueltas, que la vio nacer el 10 de enero de 1854, la ciudad quiso homenajear a Concepción Estevarena en 2006, cuando rotuló con su nombre una de las calles que conectan Escritor Alfonso Grosso con la avenida de Séneca, en el barrio de Alcosa.

El Ayuntamiento secundó la propuesta, de julio de 2005, del Grupo Aldea, en la que escritoras como Rosa García Perea o María Dolores Fernández Villamarciel reclamaban el reconocimiento a esa figura romántica por excelencia que fue Concepción Estevarena.

El Gran Mundo

En 1872 se puso en marcha en Sevilla una revolucionaria publicación dedicada «al bello sexo». No se confunda, no trataba de asuntos carnales sino de temática de gusto femenino, como «un lazo de unión entre todas las jóvenes españolas y eco fiel de la buena sociedad».

El Gran Mundo contaba con columnas de moda, poesía, teatro, revistas de salones, cuentos… Entre sus redactores se contaba Benito Mas y Prats, José de Velilla y, en la creación de versos, Concepción Estevarena.