¿Le gusta la canción española? Seguro que conoce, y es capaz de tararear, piezas como «María de la O», «Ojos verdes» o «Triniá». Incluso, y sin mucho esfuerzo, ubicará a sus autores, el célebre «dúo» de León y Quiroga.

¿Y si le decimos que esa «paternidad» no es correcta, y que en la fórmula del éxito de tantas y tantas coplas de la década de los 30 había un elemento más, un nombre más?

Ese nombre no es otro que el de Salvador Valverde, el escritor, poeta y letrista que gestó, al alimón, versos tan sonados como los de «Ay, MariCruz».

Valverde llega al mundo de la canción por casualidad, por capricho de una diva italiana. Maestro de formación, que no de ejercicio, se dejó seducir desde su juventud por el mundo de las letras, influido notablemente por Rubén Darío.

Pero no por la «literatura musical». A los 21 años publica su primera novela, «Sol de la tarde», y su poema «Canción de la Carabela» resulta premiado en un certamen onubense, haciéndose eco Madrid y Nueva York. Incluso trabaja como periodista en «La Unión».

Infancia y juventud «a la sevillana»

Valverde está en buena racha y decide, con gran pena, abandonar esa Sevilla a la que llegó con 4 años, tras quedar huérfano de padre y madre. Del pequeño Salvador, nacido en 1895, y de su hermana menor se termina encargando un tío, por parte del difunto padre, con casa en la calle Feria.

Carátulas de las comedias de Valverde, León y Quiroga basadas en sus éxitos musicales

Carátulas de las comedias de Valverde, León y Quiroga basadas en sus éxitos musicales

Es su infancia por los rincones del Parque de María Luisa, el Guadalquivir, la Feria de Abril y la Semana Santa la que conformaría ese gusto por la tradición más castiza y sevillana, que terminaría plasmando en sus canciones.

Se afinca en Madrid, aunque serán ambas ciudades el continuo enclave de sus creaciones. En la capital conoce a Olimpia D’Avigny en 1920, que se empecina en que Valverde escriba una letra para una melodía «desnuda». Tenía músico, pero no letrista.

De repente llega al mundo de la canción. Y al éxito. Aunque también al desdén de ciertos círculos literarios, que no entendían la nueva faceta, que fue desarrollando junto a Manuel Font de Anta, más conocido en Sevilla por su contribución a las marchas profesionales.

Juntos gestaron una decena de canciones de las que sobresale «La Cruz de Mayo», que interpretaron todas «las grandes» del momento. Entre ellas, Pastora Imperio.

El trío de los éxitos

Diez años después, en 1930, le sucede un episodio similar. De nuevo una artista, de nombre Rosarillo de Triana, le convence para escribir una letra en honor al pintor Julio Romero de Torres, recientemente fallecido.

Esta vez faltaba el músico, y Valverde, que meses atrás había conocido a Manuel López Quiroga, ávido de versos, contacta con él para dar forma a «Adiós a Romero de Torres», canción que finalmente hizo suya Conchita Piquer.

Ambos comienzan esta productiva simbiosis, pero de momento, sin exclusividad. Tanto es así que otro letrista, un joven Rafael de León, también colabora asiduamente con Quiroga.

Valverde, a la izquierda, junto a León y Quiroga en el estudio del músico

Valverde, a la izquierda, junto a León y Quiroga en el estudio del músico

A tenor de la calidad de los resultados, los tres deciden cerrar filas y dejar de trabajar con otros artistas. La fusión incluso germinaría en una editorial musical, «Ediciones Quiroga», pero, sobre todo, en 65 títulos indispensables de la canción española, amén de otro centenar que no fue editado ni grabado.

«María Magdalena», «Carcelera», «Bajo los puentes del Sena»… y los clásicos que abren este reportaje. Por hacer, elaboran hasta comedias de teatro basadas en las canciones, y los guiones cinematográficos de temas como «María de la O», con Carmen Amaya como protagonista.

Recuerdo perdido

¿Por qué entonces nadie sabe de Salvador Valverde? La respuesta llega en 1936, con la Guerra Civil y la marcada tendencia republicana del poeta.

La contienda le sorprende, junto a su esposa e hijo y a Rafael de León, en Barcelona. De ahí se exilian, a excepción del otro letrista, que se queda en la ciudad condal gracias a sus raíces aristocráticas, en Francia. Sería parada intermedia de su viaje a Argentina, una vez comprobada la vigencia de Franco en el poder.

Salvador Valverde junto a Miguel de Molina y Carmen Sevilla, en Buenos Aires

Salvador Valverde junto a Miguel de Molina y Carmen Sevilla, en Buenos Aires

Entonces se declara la «muerte civil» de Valverde en España, y cuando suenan sus canciones ya no se le menciona. Para más inri, León y Quiroga continúan su producción conjunta, e incorporan a un nuevo «tercero»: Antonio Quintero.

Valverde no volvería nunca más a Sevilla. Permaneció en Buenos Aires aprovechando sus orígenes natales, y allí crea el grueso de su obra, entre los años 40 y 70, junto a José Palomo, Ramón Zarzoso y Ramón Bastida, entre otros, además de cuentos, radionovelas, zarzuelas y espectáculos variados.

Ironías del destino, su primer éxito, el de la diva, se tituló «Olvídame». Como si se cumpliera un deseo por equivocación, la historia de la copla le dejaba fuera, hasta que sus familiares, en especial su hijo Salvador Valverde Calvo, recuperó su memoria.

Diez veces solicitó su inclusión en el nomenclátor hispalense, hasta que en 2003 el Ayuntamiento rotuló con su nombre una de las plazas del corazón de Torreblanca, aquella donde, un par de años más tarde, se inauguraría el Centro Cívico Juan Antonio González Caraballo.

Valverde nació en Buenos Aires, y allí murió en 1975, pero se puede afirmar, «con todas las letras» que su corazón era sevillano.