Si hay algo que tienen en común todos los seres humanos es que, aunque algunos lo nieguen, todos cantan en la ducha. De hecho, la mítica escena de Gene Kelly en la que se marca lo que hoy definiríamos como un «lipdub», seguramente estaría inspirada en la valentía musical que todos sentimos cuando nos situamos bajo el cabezal de la ducha. ¿Resonancia? ¿Intimidad? no, lo de dar conciertos en el cuarto de baño acompaña al ser humano desde antes de nacer.

Lo primero que siente un ser humano cuando es engendrado son los latidos del corazón de su madre. ¿Y qué son los latidos? una serie de sonidos recuerrentes y, generalmente, regulares, es decir, ritmo musical. Es esta la razón por la que hasta a aquellos que defienden no ser amantes de la música se les acaba sorprendiendo, más tarde o más temprano, tarareando alguna melodía. ¿Y cuál suele ser la escena del delito armónico más habitual? La ducha.

Quien esté libre de «canturreos jabonosos», que tire la primera piedra. Pero todo esto debe de tener una explicación y quién mejor que un neuropsicólogo para dar respuesta a esta pregunta: ¿Por qué cantamos en la ducha? «El cante es una de las cosas inherentes al ser humano. Aunque la gente diga que no canta, la gente canta es algo que está programado en nuestro ser» explica José María López, neuropsicólogo de Atempra.

Pero por qué este fenómeno se da en la ducha tiene varias razones. La primera, la intimidad, «es raro que una persona que tiene 15 minutos para ducharse porque tiene que ir a trabajar, cante. Pero cuando es una ducha tranquila y relajada es cuando nos dejamos llevar por patrones de conducta más desinhibida» y es cuando salen a la luz las dotes musicales (que, siendo honestos, no todos poseen) adquiridas en los primeros días de vida.

Ahora bien, el cante bajo la ducha es una de esas artes que sacan lo mejor de uno mismo o, eso cree el intérprete. Es aquí donde entra en juego la segunda razón de esta pregunta que da pie a este reportaje: la resonancia. «No es que estés pendiente de la acústica ni que sea como la del nuevo auditorio de Fibes, pero sí se genera una especie de falsa resonancia en el cubículo. El agua y el vapor influyen en el sonido generando esa falsa experiencia de que esta sonando bien, aunque, para el que lo escucha desde fuera no sea así. Esa falsa apariencia para el que canta, refuerza la interpretación y te desinhibes aún más». He aquí la explicación de por qué algunos entran en la cabina de la ducha y parece que están saltando al escenario del Rock in Río.

Sencillo pero convincente. Y es que dicho así, si unimos la naturaleza humana con la intimidad y la falsa resonancia de la ducha todos acaban tomando el cuarto de baño como su estudio de grabación profesional. Es esa fuerza que tiene la música sobre el ser humano la que permite que la musicoterapia dé tan buenos resultados a pacientes de cualquier edad, sexo, raza o rango social.

«La música conecta con la parte del cerebro más creativa, más espiritual, menos racional, más apegada a las emociones. Es un recurso terapéutico importante. Desde siempre los ritmos se han utilizado de una forma o de otra, ejemplo de ello son las canciones infantiles que vienen de mucho tiempo atrás y han servido para educar a los niños desde tiempos inmemorales». Y eso, digan lo que digan los más tímidos, ocurre aquí, en China y en Ecuador, porque, lo creamos o no, mientras aquí en la ducha uno se marca la «Bohemian Rapsody» de Queen, en Japón habrá alguien que esté descargando adrenalina entonando alguna melodía de  Hikaru Utada (que para el que no lo sepa, es una cantante pop muy reconocida en el país insular).

La música, el amor-odio que pone la mente a prueba

Y  a veces son esas mismas canciones de ducha las que entran en nuestra mente un día y (quizá animados por la sensación de haber protagonizado el concierto de nuestras vidas) no hay manera de sacarlas de la cabeza. Es precisamente cuando este estado se prolonga en el tiempo, cuando se produce una sensación de amor-odio hacia dicha canción que uno no sabe si arrancársela de la cabeza a tirones o coger cinta adhesiva para pegar el beso y la flor de Nino Bravo y cortar por lo sano con el efecto bucle que la dichosa canción ha creado en tu cabeza.

«Hay que tener en cuenta que gran parte de esa culpa la tienen los publicistas y los productores de música» explica José María que admite que «los psicólogos le debemos mucho a Coca Cola. Ellos financiaron los primeros estudios de psicología subliminal, que aunque algunos dicen que no existe, esta totalmente demostrado que sí existe. Desde el mundo de la publicidad saben dónde tocar, mínimo, para llamarte la atención y esta demostrado que una de las cosas que más puede enganchar a la persona es un ritmo».

Así que, resumiendo. Cantar sobre la ducha es relajante, desinhibe y, con la tontería de la resonancia, sale uno del cuarto de baño con tres puntos más de autoestima. Pero, por favor, antes de elevar el telón del húmedo escenario, es fundamental elegir un buen tema musical, ya no por la dificultad de sacarlo de cabeza de uno mismo, sino porque luego la tararean en el autobus, trabajo o supermercado y, ya saben, «mal de muchos, consuelo de tontos».